OPINIÓN

Ana Catalina Cárdenas

La presencia ejecutiva empieza cuando dejas de actuar

En esta columna, una reflexión sobre cómo la verdadera presencia ejecutiva no se construye desde la apariencia ni desde fórmulas prefabricadas de liderazgo, sino desde la autenticidad, la coherencia y la capacidad de actuar desde la propia identidad. En un entorno que premia la visibilidad, plantea que el liderazgo más poderoso sigue naciendo de la verdad personal.
30 de abril de 2026 a las 10:55 p. m.

Adam Grant lo demuestra con evidencia en su libro Originales: quienes realmente transforman el mundo no son los más atrevidos ni los más carismáticos. Son quienes tienen el valor de actuar desde quienes son, sin formatear su identidad para encajar en lo que el entorno espera de ellos.

Esa distinción importa más de lo que parece.

Durante años, el desarrollo del liderazgo ha operado bajo una lógica opuesta: formatear a las personas para que se ajusten a un molde de lo que “debe verse” como un líder. Más control aquí, más contundencia allá, menos emoción en esta reunión, más estrategia en aquella presentación.

El resultado suele ser un líder funcional, pero no necesariamente un líder presente.

Grant lo ilustra con un patrón que se repite: los líderes que dejan huella no son los que mejor leyeron el manual. Son quienes, en el momento en que el entorno les pedía conformidad, eligieron coherencia.

El CEO que defiende una decisión impopular porque está alineada con los valores de la organización, y no porque sea la más cómoda. El ejecutivo que reconoce públicamente lo que no sabe, en lugar de proteger una imagen de omnisciencia. El líder que dice lo que piensa en la sala equivocada, sabiendo lo que eso puede costar.

Todos ellos comparten algo: no estaban actuando. Estaban siendo.

El poder que incomoda es el que transforma

La presencia ejecutiva fue definida durante décadas por lo observable: gravitas, comunicación, apariencia. Pero la investigación más reciente es contundente: la autenticidad, la capacidad de escuchar para aprender y la coherencia entre valores y acción tienen hoy un peso que antes no tenían.

Ya no basta con proyectar autoridad. Hay que encarnarla.

Desde mi rol puedo evidenciarlo con claridad. Lo que vivimos en el programa de Presencia Ejecutiva que coconstruimos con el equipo de LHH Colombia lo confirma una y otra vez.

No trabajamos sobre el talento; trabajamos sobre las capas que lo cubren.

Los líderes no llegan sin capacidades. Llegan con versiones de sí mismos que han ido ajustando para encajar. Y cuando ese ajuste acumulado se desmonta —cuando alguien deja de administrar su presencia y empieza a habitarla— algo cambia de manera visible e irreversible.

Ese trabajo se sostiene sobre seis dimensiones que no enseñan a actuar como líder, sino que acompañan a descubrir al líder que ya existe.

Todo comienza con la autenticidad y la autoconciencia: saber quién se es, desde dónde se lidera y qué valores no son negociables.

Sin esa base, todo lo demás es actuación.

De ahí se desprende la relación con el poder y la influencia. Grant muestra que los originales no esperan permiso para ejercer influencia; aprenden a hablar sin ser silenciados, a construir coaliciones de aliados y a elegir el momento correcto para actuar.

Ejercer poder con criterio es una competencia, no un rasgo de personalidad.

La tercera dimensión es la comunicación estratégica y persuasiva.

No se trata de elocuencia técnica, sino de coherencia entre lo que se cree y lo que se dice. Los líderes que más movilizan a otros no son los que hablan mejor, sino los que hablan desde un lugar real.

La cuarta es la credibilidad y la marca personal, construida en la consistencia entre palabras y acciones a lo largo del tiempo.

No se declara: se acumula.

La presencia más poderosa no es la que se aprende como un guion. Es la que se cultiva como una práctica.

La quinta dimensión es la mentalidad de networker: la capacidad de construir capital relacional con intención, entendiendo que la influencia se amplifica a través de otros.

Los líderes con presencia no operan en solitario. Saben que mover el mundo requiere mover también a las personas que los rodean.

Y la sexta —la más visible y, muchas veces, la más subestimada— es el lenguaje no verbal y las posturas de poder.

El cuerpo comunica antes que las palabras.

La forma en que alguien ocupa el espacio, gestiona el silencio o sostiene la mirada habla. Y habla más alto de lo que creemos.

Grant sostiene que la originalidad no es un rasgo fijo: es una elección libre.

Lo mismo ocurre con la presencia ejecutiva.

No es algo que se tiene o no se tiene. Es algo que se construye, se entrena y se despliega con conciencia, con propósito y desde lo más auténtico de cada quien.

Al final, la pregunta no es cómo proyectar más presencia.

La verdadera pregunta es cuánto de ti mismo estás dispuesto a traer al liderazgo.

Porque la presencia que deja huella no nace de una técnica.

Nace de quien se tiene el valor de ser.

Catalina Cárdenas, directora de Desarrollo del Talento & Liderazgo