Todos hemos oído hablar del fenómeno de El Niño, pero pocos comprendemos su verdadero impacto.
Cada cierto tiempo aparecen noticias sobre sequías, embalses en niveles críticos o posibles racionamientos. Pareciera un problema que ocurre lejos de nosotros y sobre el que poco podemos hacer. Pero me pregunto: ¿realmente entendemos qué significa y cómo impacta nuestra vida diaria?
Colombia tiene una de las mayores reservas de agua dulce del mundo y, aun así, hemos vivido racionamientos y embalses en mínimos históricos. La sostenibilidad se convirtió en una palabra cotidiana, pero sigue siendo un concepto lejano para muchos. Cuidar el agua no es solo un compromiso ambiental; también es una decisión económica y una responsabilidad colectiva.
Quizás el problema no es la falta de información. Hoy hablamos cada vez más de sostenibilidad, de cambio climático y de responsabilidad ambiental. Estos conceptos están presentes en las empresas, en los medios de comunicación y en las conversaciones de todos los días. Sin embargo, me pregunto si realmente hemos logrado traducir estos conceptos en algo simple y cercano para las personas. Porque cuando un concepto tan importante se vuelve repetitivo, corre el riesgo de convertirse en paisaje.
Dejar correr el agua mientras nos cepillamos los dientes, mientras lavamos los platos o tomamos duchas más largas de lo necesario, sí tienen un impacto. Y aquí aparece un enorme reto para las empresas que trabajamos alrededor de la conducción y el uso del agua: educar.
Nuestro papel va mucho más allá de ofrecer productos o servicios. Tenemos la responsabilidad de ayudar a que las personas comprendan, con conceptos sencillos, el verdadero significado del ahorro y cómo pequeñas decisiones generan grandes cambios.
Muchos desconocen, por ejemplo, que cerca del 30 % del consumo de agua de un hogar proviene del sanitario y que las duchas representan entre un 20 % y un 25 % adicional. Tampoco saben que hoy existen sanitarios y griferías que permiten optimizar el consumo de agua sin afectar la experiencia de uso. La tecnología para ahorrar ya existe; el desafío consiste en lograr que las personas la conozcan, la comprendan y la incorporen en su vida diaria.
Pero esta conversación no debe centrarse únicamente en el cuidado del planeta. También existe un impacto económico muy concreto. Cada litro de agua que consumimos se refleja en la factura que llega a nuestros hogares. Entender cómo consumimos y cómo podemos hacerlo de manera más eficiente también significa cuidar el bolsillo de las familias.
Además, existe otra consecuencia que pocas veces consideramos: en Colombia, cerca del 68 % de la energía eléctrica se genera a través de centrales hidroeléctricas. Cuando el agua escasea, el impacto no solo se siente en el abastecimiento para los hogares; también puede afectar la generación de energía y la estabilidad de todo un sistema.
Por eso la pregunta es inevitable: ¿Necesitamos volver a vivir racionamientos de agua y de energía para ocuparnos de aquello que nos corresponde?
La buena noticia es que cada vez más ciudades y organizaciones entienden que la sostenibilidad no es una tendencia, sino una necesidad. Bogotá fue reconocida recientemente por su estrategia de financiamiento verde para impulsar infraestructura sostenible y proyectos de movilidad limpia. Son señales positivas de que el desarrollo y la protección de los recursos pueden avanzar de la mano.
Sin embargo, el verdadero cambio ocurrirá cuando cada persona comprenda que la sostenibilidad no es un concepto técnico ni una responsabilidad exclusiva de los gobiernos o las empresas. Es una decisión diaria. Una suma de pequeñas acciones que, multiplicadas por millones de personas, pueden marcar una enorme diferencia.
No se trata de hablar más del problema; se trata de que las personas lo comprendan y actúen antes de que la escasez vuelva a recordarnos el valor de nuestros recursos.
Porque al final, el agua solo parece infinita… hasta que empieza a faltar.
Ana María Delgadillo Velásquez, gerente general de Stretto Colombia.
