Durante años, las conversaciones sobre movilidad en América Latina se han concentrado en infraestructura, tráfico y tecnología. Se habla de kilómetros de vías, sistemas integrados y modelos de transporte. Pero muy pocas veces de algo mucho más cotidiano y profundamente determinante: la movilidad también tiene género.
Las mujeres no solo se movilizan para trabajar. Cargan trayectos invisibles: el colegio, el mercado, los cuidados, los adultos mayores, las múltiples paradas intermedias que rara vez aparecen en los mapas de planeación urbana. La ciudad les exige moverse más, pero muchas veces les devuelve menos tiempo.
Cuando una mujer pierde tres horas al día movilizándose, no solamente pierde tiempo. Pierde descanso, productividad, oportunidades, tranquilidad. El tiempo, especialmente para muchas mujeres, sigue siendo una de las formas más invisibles de desigualdad.
Desde el mundo de los asuntos públicos esa realidad aparece constantemente. Detrás de cada conversación sobre regulación, plataformas o micromovilidad, terminan surgiendo preguntas mucho más humanas: ¿Quién tiene opciones para moverse? ¿Quién puede trabajar con flexibilidad? ¿Quién puede reducir horas improductivas de trayecto? ¿Quién puede regresar tranquila a casa?
No vive igual la ciudad quien tiene vehículo privado y tiempo disponible, que quien invierte horas eternas en desplazamientos para cumplir simultáneamente con trabajo, cuidado y responsabilidades familiares. La movilidad revela, quizá como pocos temas, las desigualdades estructurales de una región como la nuestra.
Seguimos discutiendo movilidad como si fuera únicamente infraestructura, cuando en realidad también es una discusión sobre productividad, acceso y autonomía.
La tecnología no es una amenaza para el transporte
No se trata de adoptar tecnología por moda ni de presentar las plataformas de movilidad compartida como soluciones perfectas. Se trata de reconocer que ciertas herramientas tienen el potencial real de cerrar brechas históricas: ampliar alternativas, reducir tiempos muertos y acercar oportunidades a millones de personas.
En ese sentido, plataformas como Yango han entendido que ofrecer movilidad en Colombia no puede limitarse a conectar un punto A con un punto B. La seguridad durante el trayecto es parte integral del servicio. Por eso han desarrollado herramientas que permiten monitorear los viajes en tiempo real, detectar situaciones inusuales y garantizar acompañamiento a quienes se mueven por nuestras ciudades.
No es tecnología por tecnología. Es tecnología puesta al servicio de algo concreto: que moverse no implique miedo.
Las ciudades colombianas tienen una oportunidad real hoy. Pero aprovecharla requiere que gobiernos locales y empresas dejen de verse como actores en tensión y empiecen a construir juntos marcos regulatorios que pongan a las personas, y especialmente a las mujeres, en el centro.
La movilidad compartida bien regulada, con datos, con diálogo y con perspectiva humana, puede ser uno de los instrumentos más poderosos para transformar la calidad de vida urbana. Pero eso no ocurre solo con buena tecnología. Ocurre cuando hay voluntad política de legislar con visión de largo plazo y empresas dispuestas a ser parte activa de la solución.
Las ciudades del futuro no serán las que tengan más infraestructura o más tecnología. Serán las que entiendan mejor cómo viven, y cómo se mueven las personas dentro de ellas.
El reto no es mover más vehículos. Es construir ciudades donde las mujeres puedan moverse con más libertad, más tiempo y menos miedo.
María Villate Gaitán, gerente de Asuntos Gubernamentales y Políticas Públicas de Yango Colombia
