Había una vez, hace muchísimo tiempo, un reino tan grande que parecía un jardín infinito. Ese reino se llamaba Persia, y su primer gran rey era un hombre llamado Ciro el Grande. Pero este no era un rey como los de los cuentos, que solo querían conquistar todo. Ciro entendía que, para hacer crecer su jardín, no debía arrancar las flores, sino cuidarlas. Así, permitió que cada pueblo conservara sus lenguas, sus religiones y sus costumbres, mientras el control se sostenía a través de una estructura administrativa común.
Y aunque el Imperio Persa desapareció con el tiempo, la idea de que un territorio puede unirse sin destruir su diversidad y que el poder necesita una administración eficiente, sigue siendo una de las preguntas más difíciles de responder en los Estados actuales. El mismo Alejandro Magno se convirtió en un heredero persa, porque entendió que su sistema de poder era demasiado sofisticado: lo conquistó, lo adoptó y trató de transformarlo en algo nuevo.
Hoy hablamos de pluralidad, de inclusión, de diversidad. Pero, en la práctica, el poder sigue intentando hacer lo contrario: simplificar, homogeneizar, controlar. Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿cómo es posible que un imperio que logró organizar la diversidad sin destruirla haya derivado en Estados que hacen exactamente lo opuesto?
Irán conserva algo esencial: la idea de que el poder no es solo territorio, sino estructura. No opera únicamente dentro de sus fronteras; construye influencia más allá de ellas, articula redes y proyecta presencia sin necesidad de ocupar. Sin embargo, desde 1979 funciona como una república atravesada por una estructura religiosa en la que el poder último no está en lo elegido, sino en lo autorizado. Existe un presidente, un parlamento y unas instituciones visibles, pero por encima de todos hay una figura que define los límites del sistema y orienta sus decisiones fundamentales.
La historia, claramente, no continuó en línea recta. E Irán no es Persia. Pero precisamente esa es la lección: la evolución del poder no siempre es progreso. Cambia de forma, se vuelve más complejo, más institucional, incluso más sofisticado en apariencia. Pero eso no significa que sea más justo, ni más eficiente, ni siquiera más estable.
El Estado moderno se presenta como una evolución del poder: instituciones, leyes, representación. Sin embargo, en su intento por organizar sociedades cada vez más complejas, ha desarrollado otra característica menos visible: la necesidad constante de ordenar, clasificar y controlar. Sistemas más avanzados en la forma, pero no necesariamente más capaces en el fondo, encuentran hoy un nuevo punto de tensión: la identidad.
Individuos que ya no encajan en una sola categoría, culturas que se transforman y pertenencias que se superponen. Lo nacional, lo cultural, lo religioso y lo personal ya no coinciden necesariamente en una sola definición, y aun así el Estado moderno insiste en hacerlo. Quiere definir quién eres, ubicarte en una categoría y determinar qué lugar ocupas, reduciendo a cada persona a su documento de identidad para decidir si pertenece o no a una idea de nación que el propio Estado necesita mantener como estable.
El resultado es una tensión permanente entre lo que la sociedad dice ser y lo que realmente puede sostener. Porque clasificar no es comprender y ordenar no es integrar. Es como organizar una biblioteca solo por el color de las portadas: todo queda en orden, pero nadie entiende realmente de qué trata cada libro. Mientras el discurso contemporáneo celebra la diversidad, el sistema sigue necesitando simplificar al individuo para poder administrarlo.
El Imperio Persa no fue perfecto. También cayó. Pero Ciro el Grande entendió, hace miles de años, algo que hoy seguimos sin resolver: que la diversidad no es un problema que deba corregirse, sino una realidad que debe asumirse como parte estructural del poder. Su fortaleza estuvo en construir un sistema capaz de sostener múltiples identidades sin romperse; en lugar de imponer, integró, y en lugar de reducir la diferencia, la absorbió como parte de su funcionamiento.
Ahí radica su verdadera sofisticación: no gobernó a pesar de la diversidad, sino gracias a ella.
Juliana del Sol Bastidas Rodríguez, CEO de COLCDA S.A.S
