Hace algunos años, en una comunidad de la región Caribe, una madre me dijo algo que no he podido olvidar: “No necesito lástima, necesito una oportunidad real para mis hijos”. Esa frase cambió mi manera de entender el liderazgo.
En Colombia hemos aprendido a admirar muchas veces a quienes hablan más fuerte, no necesariamente a quienes transforman mejor. Confundimos liderazgo con poder, visibilidad con influencia y propósito con discurso. Y esa confusión ya le está pasando factura al país.
Recorriendo los territorios entendí algo que ningún libro me había enseñado: liderar no es tener todas las respuestas. Es tener la capacidad de sostener preguntas difíciles sin perder de vista para quién y para qué se lidera.
Llevo más de 18 años trabajando con comunidades, familias, jóvenes y niños en escenarios profundamente desafiantes. Allí aprendí que la pobreza no es únicamente falta de recursos; también es ausencia de oportunidades, de referentes y, muchas veces, de esperanza. He visto madres que solo quieren una posibilidad distinta para sus hijos y jóvenes con talento que nunca han tenido una oportunidad real de demostrarlo. Y entendí que las comunidades no necesitan compasión pasajera, sino estructura, acompañamiento y condiciones para construir futuro.
Esa comprensión transformó mi manera de liderar. Porque la bondad verdadera no es ingenuidad ni amabilidad superficial. Es la capacidad de reconocer el dolor del otro y convertir esa comprensión en decisiones concretas. La empatía sin acción es insuficiente. Pero la acción sin humanidad también pierde el rumbo. Hoy estoy convencida de que la bondad sin estructura no transforma. Y la estrategia sin humanidad termina destruyendo aquello que dice construir.
Por eso el liderazgo que genera impacto no nace del ego ni de la necesidad de reconocimiento. Nace de la integridad. De la capacidad de tomar decisiones difíciles sin desconectarse de sus consecuencias humanas.
En un país donde las brechas siguen definiendo destinos, necesitamos líderes capaces de entender que estrategia y humanidad no son opuestas. Son interdependientes.
Trabajar desde el territorio cambia por completo la manera de tomar decisiones. Ya no se optimizan únicamente indicadores. Se está respondiendo por vidas, oportunidades y futuros posibles. Eso no te hace menos estratégico, te obliga a serlo más. Porque cuando se entiende la dimensión humana de las decisiones, la estrategia deja de ser un ejercicio de eficiencia y se convierte en un ejercicio de responsabilidad.
La honestidad también deja de ser un valor decorativo. Se convierte en una decisión diaria. Porque la confianza sigue siendo el activo más importante para construir transformaciones sostenibles.
Y por eso es tan importante ocupar los espacios donde se toman decisiones. No como ambición personal, sino como responsabilidad colectiva. Porque cuando quienes tienen convicciones deciden quedarse al margen, esos espacios no quedan vacíos. Los ocupa alguien más y las decisiones que se toman allí terminan impactando a millones de personas.
Después de años trabajando en el territorio tengo una convicción: construir país empieza por trabajar todos los días en la mejor versión de uno mismo. Un líder no se improvisa. Se construye con valores, disciplina, autocontrol y una empatía que se traduzca en acción.
Porque liderar bien implica hacerse una pregunta incómoda de manera permanente: ¿Qué impacto tendrá mi decisión en la vida de otros? En un país como el nuestro, esa pregunta debería estar en el centro de todo liderazgo.
Porque el futuro no necesita líderes perfectos. Necesita líderes capaces de combinar humanidad con estructura, empatía con ejecución y propósito con responsabilidad.
Paola Dávila-Pestana Porto, CEO Fundación nu3
