OPINIÓN

Karen Giraldo

Los cuatro pilares de la grandeza

Más que ofrecer respuestas, algunos libros tienen la capacidad de hacernos nuevas preguntas. ‘Diario de un CEO’, de Steven Bartlett, propone 33 leyes para los negocios y la vida que invitan a revisar cómo nos lideramos, cómo comunicamos y cómo construimos nuestros equipos.
25 de agosto de 2026 a las 9:42 p. m.

Hace un mes recibí un regalo de personas que realmente me conocen. Me entregaron un libro: Diario de un CEO, de Steven Bartlett.

Aún no lo termino. Y quizá esa sea precisamente una de las cosas que más me ha gustado de esta lectura: no sentir que tengo que llegar rápidamente a la última página, sino permitirme detenerme en aquellas ideas que me generan preguntas, que me confrontan y que, de alguna manera, encuentro reflejadas en mi propia experiencia como líder.

Bartlett plantea 33 leyes para los negocios y para la vida. Entre ellas, hay una reflexión que particularmente me ha llamado la atención: los cuatro pilares de la grandeza. Mientras los leía, tuve una sensación curiosa. Muchos de estos conceptos ya hacían parte de mi manera de trabajar y de entender el liderazgo, pero nunca los había organizado de esta manera. Por ello, quiero compartirlos aquí.

El primer pilar: el yo. Este pilar está relacionado con nosotros mismos y quizá sea el más difícil, porque liderar empieza por una persona que vemos todos los días frente al espejo.

El autocuidado, el autocontrol, la conducta, la autoestima y la manera como reaccionamos frente a las dificultades hablan mucho más de nosotros que cualquier discurso sobre liderazgo. Es difícil pedir disciplina cuando nosotros somos indisciplinados, pedir calma cuando respondemos desde la impulsividad, inspirar confianza cuando nuestras propias decisiones generan incertidumbre. Por eso, antes de dirigir equipos, proyectos o empresas, tenemos que aprender a dirigirnos a nosotros mismos.

El segundo pilar: la historia. Bartlett plantea una idea que me parece poderosa: quienes saben contar historias cautivadoras, estimulantes y emotivas tienen una enorme capacidad de influir.

Y cuando lo pienso, es cierto. En la vida conocemos personas que, sin decir demasiado, logran captar nuestra atención. Personas cuyo tono de voz, narrativa, gestualidad o manera de transmitir una idea consigue que queramos escucharlas.

Liderar también es saber contar una historia.

Es lograr que las personas comprendan por qué hacemos lo que hacemos, hacia dónde queremos ir y por qué vale la pena acompañarnos en ese camino.

Una buena historia no solamente vende un producto. Puede vender una visión, una cultura, un propósito o un sueño. Porque las personas no siempre se comprometen con lo que haces; muchas veces se comprometen con la razón por la que decidiste hacerlo.

El tercer pilar: la filosofía. Este pilar está construido a partir de nuestras creencias, valores y principios. Es aquello que, en buena medida, determina nuestras decisiones y nuestro comportamiento.

Y esto me lleva a una reflexión que considero fundamental para cualquier persona que tenga la responsabilidad de liderar equipos: Lo que creemos termina reflejándose en lo que hacemos. Cuando conocemos a una persona y observamos cómo actúa frente al éxito, frente al fracaso, frente a los conflictos y frente a los demás, comenzamos a identificar sus principios.

No podemos predecir completamente el comportamiento humano. Sería ingenuo pensar que podemos hacerlo. Pero sí podemos aprender a observar.

Podemos identificar quién actúa desde la responsabilidad, quién tiene capacidad de adaptación, quién cumple su palabra, quién trabaja desde la ética y quién puede aportar determinadas capacidades a un proyecto.

Conocer la filosofía de las personas que nos rodean nos ayuda a construir equipos más coherentes y a ubicar a cada integrante en espacios donde realmente pueda aportar.

El cuarto pilar: el equipo. Este es, desde mi perspectiva, el que termina conectando todos los anteriores.

Bartlett plantea que uno de los factores que determinará nuestro éxito es elegir con quién vamos a trabajar. Y qué gran verdad.

Un equipo no es simplemente un grupo de personas reunidas en una oficina, alrededor de una mesa o conectadas a un mismo objetivo. Un verdadero equipo es una combinación de talentos, personalidades, conocimientos, valores y capacidades que logran complementarse.

Una de las grandes lecciones que he aprendido en este camino es que aprender a delegar también es una forma de confiar. Pero para delegar correctamente primero hay que conocer a las personas: conocer sus fortalezas, sus oportunidades de mejora, su manera de pensar, su capacidad de resolver, su filosofía, sus motivaciones.

Solo así podemos entregar las responsabilidades correctas a las personas correctas.

Cuando profundizo en estos cuatro pilares, encuentro algo que me resulta interesante: sin conocerlos formalmente, durante años he intentado aplicarlos en mi propia manera de liderar. Hoy, al leerlos, puedo ponerle nombre a muchas de las decisiones que he tomado: trabajar primero en mí misma, aprender a comunicar una visión, rodearme de personas que compartan determinados valores y aprender a delegar para permitir que otros también crezcan.

Pero también me queda claro que el liderazgo no es un lugar al que se llega. Es un proceso permanente. En el liderazgo, siempre habrá una nueva pregunta que hacernos. Y tal vez esa sea una de las claves para seguir creciendo.

Karen Giraldo, CEO de Mike Pizarro Plastic Surgery