OPINIÓN

Lina Cáceres

No están cayendo los influencers. Está madurando una industria

La economía de los creadores atraviesa una nueva etapa: el número de seguidores ya no es suficiente y la confianza, la comunidad y la profesionalización empiezan a definir el verdadero valor de la influencia.
31 de agosto de 2026 a las 5:26 p. m.

Durante las últimas semanas hemos visto titulares que hablan de “la caída de los influencers”: creadores que pierden seguidores, audiencias que cuestionan y juzgan más, y una mirada mucho más crítica frente a la publicidad, la exposición de la vida privada y la responsabilidad sobre lo que se publica.

Pero creo que estamos interpretando mal el fenómeno.

No estamos viviendo la caída de los influencers. Estamos viendo la caída de los influencers sin comunidad.

Y los números respaldan esta transformación.

Según Goldman Sachs Research, la creator economy podría pasar de 250.000 millones de dólares en 2023 a 480.000 millones de dólares en 2027. Es decir, estamos hablando de una industria cercana al medio billón de dólares.

En Colombia existe otra señal importante. Aunque todavía no contamos con una medición oficial específica de la creator economy, la economía cultural y creativa, un universo mucho más amplio al que pertenecen muchas de estas actividades, generó en 2025 47,8 billones de pesos de valor agregado, equivalentes al 2,89 por ciento del valor agregado nacional, y más de 820.000 empleos, según cifras oficiales.

Esto ya no es una tendencia de redes sociales. Es una economía. Y aquí aparece una primera pregunta que deberíamos hacernos antes de regular: ¿cómo vamos a construir las reglas de una industria que todavía ni siquiera hemos dimensionado estadísticamente de manera independiente?

Esta es, además, una industria muy joven. En menos de dos décadas ha atravesado tres grandes etapas.

La primera fue la atención: los pioneros entendieron el poder de las redes, construyeron audiencias gigantescas y se convirtieron en los nuevos protagonistas del entretenimiento.

La segunda fue la monetización: esos seguidores se transformaron en campañas, productos, servicios y empresas.

Hoy estamos entrando en la tercera: la economía de las comunidades. Aquí ya no gana necesariamente quien acumula más seguidores, sino quien logra construir confianza, credibilidad y sentido de pertenencia.

Una audiencia te ve. Una comunidad confía en ti.

Y hay algo que pocas veces reconocemos: esta ha sido una de las industrias más democratizadas de nuestra generación.

Para entrar no había que pertenecer a una gran familia, tener una empresa detrás o esperar a que un ejecutivo te diera una oportunidad. Una persona con un teléfono, talento y una buena idea podía construir una audiencia desde cualquier lugar.

Y muchos de esos creadores hicieron algo todavía más importante: se profesionalizaron y autorregularon mientras construían la industria.

La ciudadanía que exige la transformación tecnológica

Crearon empresas, contrataron equipos, aprendieron sobre propiedad intelectual, publicidad, contratos y responsabilidad frente a sus audiencias. Muchos establecieron límites sobre las marcas con las que trabajan, los productos que recomiendan y la manera como comunican sus relaciones comerciales.

¿Han existido errores y malas prácticas? Por supuesto. Como en cualquier industria.

Y quien tiene la capacidad de influir sobre las decisiones de millones de personas debe asumir responsabilidades proporcionales a ese poder.

Pero no podemos construir la regulación de toda una industria a partir de sus peores casos. Ni podemos confundir profesionalización con penalización.

Por eso considero tan importante la conversación que abre la Sentencia T-241 de 2026 de la Corte Constitucional, que exhortó al Congreso y al Ministerio TIC a avanzar en la regulación de los derechos y deberes de creadores de contenido, influencers e intermediarios comerciales.

Pero quiero subrayar ambas palabras: derechos y deberes. Porque hemos hablado muchísimo de las responsabilidades de los creadores y muy poco de sus derechos.

Detrás de una campaña puede haber marcas, agencias, plataformas, productoras, abogados y grandes estructuras corporativas. Del otro lado, muchas veces existe una persona, o un equipo pequeño, cuyo principal patrimonio son su imagen, su reputación y la confianza de su comunidad.

Y demasiadas veces las reglas llegan predeterminadas: derechos de imagen desproporcionados, exclusividades amplias, condiciones de pago impuestas y responsabilidades concentradas en el talento.

Por eso estoy a favor de regular. Pero la regulación de una industria democratizada también debería construirse democráticamente.

Antes de legislar, entendámosla. Midámosla. Escuchemos a quienes la construyeron.

Colombia tiene una oportunidad extraordinaria de sentar en una misma mesa a creadores grandes y pequeños, legisladores, managers, agencias especializadas, marcas, plataformas, expertos y consumidores para crear en conjunto unas reglas que protejan a las audiencias sin desconocer a quienes generan esta economía.

Protejamos al consumidor. Protejamos la privacidad. Exijamos transparencia y responsabilidad. Pero protejamos también al creador y reconozcámoslo como empresario, trabajador, titular de derechos, generador de propiedad intelectual y constructor de valor económico.

Y no confundamos esta transformación con el fin de los influencers.

Los influencers no están desapareciendo. Está desapareciendo una forma de entender la influencia.

Los seguidores dejaron de ser suficientes. La próxima etapa pertenecerá a quienes hayan construido algo mucho más difícil de conseguir y todavía más difícil de conservar: la confianza de una comunidad.

Esto no es el final de los influencers. Es la madurez de una industria. Y las reglas de su próxima etapa deberían construirse con ellos, no solamente para ellos.

Lina Cáceres, fundadora y CEO de Latin World Digital y vicepresidenta del departamento digital de desarrollo de artistas, comercial y nuevos negocios