OPINIÓN

Paula Restrepo

¿Tenía que temblar Colombia para que despertáramos?

No se debe esperar a que vuelva a temblar la tierra para que se sacudan los corazones de los colombianos. Ojalá podamos decir en unos años: Ese fue el momento en que Colombia despertó.
31 de agosto de 2026 a las 2:27 p. m.

Es triste pensar que tenía que pasar algo como lo que vivimos en Colombia el lunes 10 de agosto para que empezáramos a pensar, aunque fuera por un instante, en lo frágil que es todo aquello que damos por seguro. En cuestión de segundos podemos perder la vida, la casa, el patrimonio construido durante años, la empresa, el empleo, los proyectos y hasta esa tranquilidad con la que nos acostamos pensando que mañana todo seguirá estando ahí.

El sismo ocurrido el 10 de agosto de 2026 fue de magnitud 7.4 con epicentro en San José del Palmar, Chocó, y una profundidad de 103 kilómetros. El Servicio Geológico Colombiano lo calificó como el evento sísmico de mayor magnitud registrado en Colombia en lo que va del siglo XXI. A las pocas horas, más de 12.000 personas de alrededor de 900 centros poblados habían reportado haberlo sentido.

Pero más allá de la magnitud, de las imágenes, de las pérdidas y de la angustia que hemos vivido estos días, este terremoto debería sacudirnos en otro lugar: en la conciencia.

Porque cuando la tierra tiembla no pregunta cuánto tenemos en el banco, en qué barrio vivimos, cuál es nuestro apellido, qué profesión ejercemos, qué cargo ocupamos, cuántos títulos acumulamos o a qué estrato pertenecemos. Ante la posibilidad real de perderlo todo, esas diferencias que muchas veces parecen tan importantes desaparecen y volvemos a nuestra condición más elemental: somos seres humanos, somos vulnerables y necesitamos del otro.

Y entonces ocurre algo maravilloso en medio de la tragedia: aparece la solidaridad.

De todas partes empiezan a llegar ofrecimientos. Las familias buscan qué donar, las empresas se movilizan, aparecen voluntarios, centros de acopio, campañas, alimentos, agua, ropa, medicamentos y recursos. Colombianos dentro y fuera del país preguntan cómo pueden ayudar. Personas que nunca se han visto sienten como propio el dolor de alguien que seguramente tampoco conocerán.

Eso habla de la grandeza de nuestra gente y debemos reconocerlo. Pero precisamente porque esa capacidad existe, hay algo que me parece profundamente paradójico y que no puedo dejar de preguntarme:

¿Por qué necesitamos una tragedia para recordar que el otro existe?

¿Por qué tiene que caerse una casa para que nos preocupe quien nunca ha tenido una vivienda digna? ¿Por qué tiene que ocurrir un terremoto para que nos conmueva una familia que no tiene qué comer? ¿Por qué necesitamos ver imágenes desgarradoras en televisión o en las redes sociales para sentir la necesidad de ayudar?

No estoy diciendo, ni por un segundo, que no debamos volcar toda nuestra solidaridad hacia quienes hoy enfrentan las consecuencias del terremoto. Hay que hacerlo con toda la fuerza posible. Hay personas que perdieron familiares, viviendas, negocios, empleos, patrimonio y tranquilidad. Necesitan atención inmediata, acompañamiento, reconstrucción y presencia institucional y ciudadana.

Lo que estoy diciendo es otra cosa: no deberíamos necesitar un desastre natural para activar nuestra solidaridad.

La otra tragedia que ocurre todos los días

Mientras Colombia se moviliza por los damnificados, existe otra emergencia mucho más silenciosa que no comenzó el 10 de agosto y que probablemente seguirá existiendo cuando las cámaras dejen las zonas afectadas: la pobreza.

El terremoto ocurrió en segundos. La pobreza no tiene epicentro, no produce réplicas que puedan medirse con un sismógrafo, no siempre ocupa titulares y pocas veces logra movilizar en unos cuantos días a un país entero. Sin embargo, también destruye sueños, familias, oportunidades y vidas. Y las cifras deberían estremecernos.

De acuerdo con el DANE, en 2025 el 28 por ciento de los colombianos se encontraba en situación de pobreza monetaria. Estamos hablando de 14.446.726 personas. Es cierto que la cifra representa una mejoría importante frente al 31,8 por ciento de 2024 y que cerca de 1,79 millones de personas dejaron esa condición en un año; reconocer los avances también es necesario. Pero ninguna mejoría estadística debería hacernos perder de vista la dimensión humana de que más de catorce millones de colombianos continúen viviendo en pobreza monetaria.

Más doloroso todavía es saber que en 2025 la pobreza monetaria extrema afectaba al 9,6 por ciento de la población, es decir, a 4.972.388 personas. Casi cinco millones de colombianos en una condición en la que los ingresos no son suficientes siquiera para cubrir adecuadamente las necesidades alimentarias básicas.

Y la desigualdad territorial sigue siendo enorme. Mientras la pobreza monetaria en las cabeceras municipales fue del 24,6 por ciento, en los centros poblados y zonas rurales dispersas alcanzó el 39,5 por ciento. En pobreza extrema la brecha resulta todavía más fuerte: 6,9 por ciento en las cabeceras frente a 19,1 por ciento en las zonas rurales y centros poblados.

Pero hay un dato que, después de este terremoto, adquiere un significado todavía más fuerte. El epicentro estuvo en Chocó y, según las cifras departamentales publicadas por el DANE para 2025, Chocó fue el departamento con la mayor incidencia de pobreza monetaria del país: 65,3 por ciento. Más de seis de cada diez personas.

El terremoto hizo visible en segundos territorios de el Chocó, que ya cargaba profundas vulnerabilidades. Y al igual que allí, Colombia tiene miles de familias que llevan años viviendo su propio terremoto todos los días.

Hay personas que esta noche se acostarán sin haber comido lo suficiente. Hay madres haciendo cuentas imposibles para decidir entre comprar alimentos, pagar los servicios o adquirir medicamentos. Hay adultos mayores solos, niños cuyo futuro se define demasiado pronto por el lugar donde nacieron, familias hacinadas, trabajadores que se levantan de madrugada y aun así no logran cubrir sus necesidades básicas, campesinos alejados de oportunidades, emprendedores endeudados intentando salvar sus negocios y los empleos que dependen de ellos.

Y hay otra pobreza de la que pocas veces hablamos: la de quienes aparentemente están bien.

La sociedad los llama, de una manera deliberadamente provocadora, los “ricos vergonzantes”. Personas que viven en determinado sector, tienen una vivienda, conservan un carro, estudiaron una profesión o proyectan una imagen de estabilidad, pero financieramente apenas sobreviven. Trabajan para pagar, se endeudan para sostenerse y cualquier enfermedad, pérdida de empleo, fracaso empresarial o imprevisto puede ponerlos al borde del abismo

Por eso creo que necesitamos comprender que el estrato de una vivienda no necesariamente cuenta la historia de la familia que vive dentro de ella. Detrás de una puerta que parece estar perfectamente bien puede haber desempleo, endeudamiento, enfermedad, soledad, división, angustia o una familia haciendo malabares para poder llegar al final del mes.

Sería absurdo que, movidos por la solidaridad, termináramos enviando cantidades excesivas de determinados productos a unas zonas mientras, quizás a pocos kilómetros, una familia que no fue afectada directamente por el terremoto continúa sin tener qué comer.

Una emergencia exige prioridad, por supuesto. Quien acaba de perder su vivienda necesita ayuda inmediata. Quien quedó herido necesita atención. Quien perdió su negocio necesita apoyo para levantarse. Pero una cosa no debería volver invisible la otra.

Una vivienda indigna no debería importarnos solamente cuando se cae. Un niño no debería volverse visible únicamente porque aparece en las imágenes de una emergencia. Una familia que lleva diez años sobreviviendo no debería conmovernos menos porque su tragedia ocurrió lentamente y no en un minuto.

Tenemos que pasar de una solidaridad que reacciona al desastre; a una solidaridad que actúa desde la conciencia.

Ayudar también exige gestionar

La solidaridad es maravillosa, pero la solidaridad sin organización puede terminar convertida en desperdicio, duplicidad, inequidad e incluso corrupción.

Hoy todos queremos enviar algo. Ropa, alimentos, agua, medicamentos, elementos de aseo, dinero, colchonetas y muchas otras ayudas. La intención es buena, pero ayudar no significa simplemente llenar un camión con lo que tengamos disponible.

Antes de enviar hay que preguntar: ¿Qué necesitan realmente?

Puede suceder que una comunidad tenga suficiente ropa pero necesite agua potable; que otro municipio reciba alimentos para varias semanas mientras un sector cercano esté completamente desabastecido; que unas familias reciban varias ayudas y otras ninguna; que productos terminen vencidos porque llegaron más de los necesarios o que recursos entregados con enorme generosidad se pierdan entre intermediarios.

Por eso insisto en algo que para mí es fundamental: la solidaridad también necesita gestión.

Necesita información, planeación, coordinación, responsables, inventarios, tecnología, control, auditoría y trazabilidad.

Cuando un ciudadano entrega un mercado, una empresa dona cien millones de pesos o una organización envía toneladas de alimentos, debería existir un mecanismo para saber qué se recibió, quién lo recibió, dónde se almacenó, quién lo custodió, a qué municipio fue enviado y finalmente a qué familias llegó.

No podemos dejar la generosidad de todo un país a merced de la improvisación. Y mucho menos a merced de los avivatos que aparecen en cada tragedia.

Deberíamos tener centros de acopio oficiales y confiables, distribuidos estratégicamente, con protocolos claros de recepción, clasificación y entrega; centros donde los recursos estén custodiados y donde exista información pública sobre lo recibido y lo entregado. Hoy tenemos tecnología suficiente para hacerlo.

Necesitamos información que nos permita identificar quién no tiene ingresos suficientes, dónde existe inseguridad alimentaria, qué hogares tienen adultos mayores solos, personas con discapacidad o enfermedades graves, dónde hay niños fuera del sistema educativo, cuáles familias enfrentan desempleo, cuáles viviendas están en condiciones críticas y qué personas necesitan asistencia inmediata actualizado a la fecha.

Pero también necesitamos identificar capacidades: quién necesita empleo, quién tiene un oficio que puede fortalecer, quién necesita capacitación, quién podría emprender, qué pequeñas empresas necesitan acompañamiento y qué comunidades pueden desarrollar proyectos productivos y esto no da espera.

Porque tampoco se trata de convertir la solidaridad en asistencialismo permanente.

Cuando alguien tiene hambre, hay que darle comida. No hay discusión posible. Cuando una familia acaba de perder su vivienda, hay que darle un lugar donde dormir. Cuando alguien necesita medicamentos, hay que conseguirlos. Primero hay que atender la emergencia.

La ayuda inmediata resuelve una necesidad. La educación, el empleo, el emprendimiento, la formación, la salud, el acceso a oportunidades y el desarrollo productivo permiten que las personas reconstruyan su vida.

No debemos simplemente administrar pobreza. Tenemos que construir caminos para salir de ella.

Cuando las cámaras se vayan

Hay niños que tendrán temor de volver a dormir. Personas que sentirán angustia ante cualquier movimiento. Familias que perdieron seres queridos. Personas que vieron desaparecer en segundos el patrimonio construido durante veinte o treinta años. Emprendedores que deberán comenzar de cero y trabajadores que no saben si conservarán su fuente de ingresos.

Por eso la reconstrucción debe ser integral. Necesitamos recuperar infraestructura, tejido social, salud emocional, actividad económica, empleos, pequeños negocios, escuelas, comunidades y confianza.

Y probablemente el momento más difícil llegará después, y entonces veremos realmente cuánto duraba nuestra solidaridad.

Tal vez uno de los problemas más graves que puede tener una sociedad no sea solamente la pobreza, sino acostumbrarse a ella.

Nos hemos acostumbrado tanto a algunas imágenes que dejaron de conmovernos. La persona debajo del puente se convierte en paisaje. El niño pidiendo dinero en el semáforo se vuelve parte de la rutina. La familia que no tiene comida parece un problema de alguien más.

Ahora bien, Colombia necesita empresarios fuertes, inversión, generación de riqueza, compañías rentables, emprendedores, empleo, productividad y crecimiento.

Quien tiene dinero puede aportarlo. Quien tiene conocimiento puede enseñar. Quien tiene una empresa puede generar empleo. Quien tiene una profesión puede donar algunas horas. Quien tiene contactos puede abrir oportunidades. Quien tiene tiempo puede acompañar. Quien tiene capacidad de formar puede formar. Todos tenemos algo que aportar.

Por eso, imagino una Colombia donde las necesidades puedan encontrarse con las capacidades. Una familia necesita reconstruir su vivienda y una empresa puede donar materiales; una universidad puede aportar conocimiento técnico; profesionales pueden acompañar; una fundación puede ejecutar; la comunidad puede participar y el Estado puede financiar y garantizar que todo se haga correctamente. Todo identificado, medido, controlado y auditado.

Que no solo tiemble la tierra

Cuando un país todavía tiene 14,4 millones de personas en pobreza monetaria y casi cinco millones en pobreza extrema, no podemos observar esas cifras como simples porcentajes dentro de un informe. Detrás de ellas hay seres humanos. Y no se trata de generar culpa. Se trata de generar Conciencia y responsabilidad.

La tierra ya se movió. Ahora necesitamos mover la indiferencia, la burocracia, la corrupción, los sistemas que no funcionan, la improvisación, la falta de coordinación y esa costumbre tan nuestra de creer que los problemas de Colombia siempre pertenecen a alguien más y empecemos hacernos cargo.

Yo creo profundamente en este país. Creo en nuestra gente, en quienes madrugan a trabajar, en nuestros empresarios y emprendedores, en nuestras mujeres, nuestros jóvenes, nuestros campesinos, nuestros profesionales y nuestras comunidades. Y precisamente porque creo en Colombia, creo que debemos exigirnos más. No podemos conformarnos con conmovernos. Tenemos que actuar. No podemos conformarnos con donar. Tenemos que tomar acciones.

No podemos limitarnos a reconstruir aquello que se cayó. Tenemos que tener el valor de preguntarnos qué cosas ya estaban rotas antes de que temblara la tierra.

Y, sobre todo, para que acompañemos a las personas afectadas no solamente mientras necesiten un mercado, sino hasta que puedan recuperar verdaderamente su autonomía, sus medios de vida y su esperanza.

Porque el hambre no necesita un terremoto para convertirse en tragedia. La pobreza tampoco. La soledad tampoco. La desesperanza tampoco.

No esperemos que vuelva a temblar la tierra para que vuelva a temblarnos el corazón.

Ojalá podamos decir en unos años: Ese fue el momento en que Colombia despertó.

Porque reconstruir una carretera es importante. Reconstruir una vivienda es indispensable. Reconstruir un pueblo puede tomar años. Pero reconstruir nuestra manera de mirarnos como colombianos puede transformar generaciones enteras.

Esa es la reconstrucción que yo quisiera realmente ver.

Porque quizá el mayor homenaje que podemos hacerles a quienes hoy están reconstruyendo sus vidas sea que, cuando reconstruyamos sus casas, sus negocios, sus escuelas y sus comunidades, no volvamos también a reconstruir nuestra indiferencia. Que cuando la tierra deje de temblar, nosotros no volvamos a dormirnos a ser indiferentes.

Paula Andrea Restrepo Giraldo, CEO de Sigmacore