OPINIÓN

Paola Dávila-Pestana

Colombia somos todos

Tras el terremoto que vivimos, la respuesta ante la emergencia revela la capacidad que tenemos como país para unirnos, sumar esfuerzos y permanecer junto a las comunidades para que puedan recuperar sus hogares, vínculos y proyectos de vida.
31 de agosto de 2026 a las 9:28 p. m.

Hay momentos en los que la vida nos cambia en cuestión de segundos. Un enorme desafío llegó sin avisar y nos puso frente a una realidad que nadie estaba preparado para vivir. El impacto ha sido incalculable.

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Es muy duro escuchar las noticias, cada una con una historia distinta, con nombres, familias y vidas que cambiaron para siempre. Pero es aún más duro vivirlo, recorrer los territorios, mirar de cerca lo que quedó y sentir el vacío y el silencio de quienes ya no están.

Es duro caminar por calles destruidas, ver edificios que desaparecieron y encontrar lugares que antes estaban llenos de vida y que hoy guardan silencio. Porque detrás de cada lugar destruido hay una historia. Detrás de cada puerta que ya no existe hay una familia. Y detrás de cada silencio hay una ausencia que no se puede explicar con palabras.

También está el duelo. Ese dolor que apenas comienza y que permanecerá mucho tiempo después de que las cámaras se hayan ido.

Pero en medio de todo ese dolor aparece algo extraordinario: la fuerza de un país que responde.

Te encuentras con una primera dama que, solo con mirarla, sabes que va a hacer todo lo que esté a su alcance para cumplir sus promesas; una mujer con un sentido social que despierta un agradecimiento que nace del alma. Un presidente que no descansa. Y un equipo que lo rodea con un solo propósito: hacer que las cosas pasen y hacerlas en tiempo real.

Alcaldes y gobernadores en primera línea, atendiendo a sus comunidades y buscando respuestas para sus territorios. Una sociedad civil que se moviliza y no descansa, con una única preocupación: llegar rápido, llegar bien y hacerlo de la mejor manera posible para minimizar el dolor de las familias. Fundaciones de la mano del Gobierno nacional y del sector productivo. Todos sumando capacidades, recursos, conocimiento y voluntad.

Todos somos uno solo frente a esta emergencia. Y nosotros también tuvimos que parar. Estábamos haciendo nuestros proyectos, nuestros planes, nuestros compromisos y nuestras metas. Pero entendimos que ya no podíamos seguir trabajando en lo mismo.

Corriendo descalzos

Todos nos hemos volcado hacia aquello que hoy llora nuestro país. Tuvimos que abrir otro frente, un frente que no tiene fecha de cierre. Porque una emergencia comienza en un momento, pero superarla requiere mucho más tiempo. Este nuevo frente permanecerá abierto hasta que sepamos que las familias están nuevamente de pie; hasta que quienes necesitan alimentos tengan qué comer, quienes perdieron su hogar tengan dónde vivir y quienes atraviesan el dolor encuentren acompañamiento.

Porque ayudar no es solamente llegar rápido. Es saber permanecer. Y cuando la meta es una sola, las diferencias pierden importancia y las capacidades se suman.

Unos llevan alimentos. Otros, agua. Otros, atención. Otros ponen vehículos, bodegas, equipos, profesionales o recursos económicos. Cada quien aporta lo que puede y lo que sabe hacer mejor. Todo suma, todo cuenta.

Y entonces aparece una mano amiga que viene de otro lugar, que habla otro idioma, que tiene otra historia y que, sin embargo, llega con un único propósito: hacer que tu dolor sea un poco más llevadero.

Una mano que no pregunta quién eres y simplemente llega. Porque frente al dolor, las fronteras desaparecen y entendemos que la solidaridad también es un lenguaje universal.

Cuando todo se alinea y todos entendemos que tenemos el mismo propósito, conectamos todos. Dejamos de preguntarnos quién lo hace y empezamos a preguntarnos qué hace falta para que suceda.

Hoy, a pesar de nuestra emergencia, tenemos con qué responder a quienes más lo necesitan. Tenemos personas dispuestas a ayudar, instituciones movilizadas, empresas comprometidas, fundaciones presentes en los territorios, gobiernos trabajando y una sociedad civil que no es indiferente.

Tenemos, sobre todo, la voluntad de levantarnos. Porque reconstruir no significa solamente levantar paredes. Significa recuperar la confianza, acompañar el duelo, reconstruir vínculos y devolver la posibilidad de imaginar un futuro.

La emergencia no termina cuando se retiran los escombros. El verdadero reto comienza cuando hay que reconstruir la vida. Por eso necesitamos permanecer, acompañar y hacer que la ayuda se convierta en oportunidades para volver a empezar.

Estoy convencida de que de las caídas resurge una esperanza más fuerte, pero, sobre todo, más sostenible. Una esperanza que nos permite reconstruir lo que perdimos y construir mejor lo que viene.

No podemos controlar las fuerzas de la naturaleza, pero sí podemos decidir cómo respondemos frente a ellas. Podemos acercarnos, ayudar y actuar. Podemos convertir la solidaridad en acción y la acción en transformación. Hoy Colombia tiene una enorme tarea frente a sí, pero también tiene algo inmenso: la capacidad de levantarse.

Porque cuando entendemos que el dolor de uno también nos pertenece, dejamos de ser muchos para convertirnos en uno solo.

Colombia somos todos.

Y vamos a salir adelante. No lo duden.

Paola Dávila-Pestana Porto, Global CEO de Fundación nu3