Durante muchos años, cuando hablábamos de logística internacional, una de las primeras preguntas era: ¿cuánto cuesta el flete? Comparábamos tarifas, negociábamos con las navieras y aerolíneas, buscábamos el mejor precio y, si era posible, algunos días libres adicionales.
Claro que el precio sigue siendo importante. Pero hoy, después de tantos años trabajando en esta industria, creo que hay una pregunta mucho más importante: ¿Cuánto le cuesta a una empresa que su mercancía no llegue cuando la necesita?
Porque una cosa es ahorrar unos cientos de dólares en un flete y otra muy diferente es perder miles de dólares porque una carga llegó una semana tarde. Y esto lo vemos todos los días.
Una empresa compra una materia prima en Asia. Negocia durante días buscando la mejor tarifa y finalmente consigue un precio excelente. Todo parece estar resuelto. Hasta que algo cambia. El barco modifica su itinerario, el puerto se congestiona, se pierde una conexión, no hay espacio o simplemente la fecha estimada de llegada empieza a moverse: tres, cinco, ocho o diez días.
Mientras tanto, en Colombia hay alguien esperando esa carga. Puede ser una planta que necesita la materia prima para continuar produciendo, un cliente esperando un pedido, un almacén sin inventario o un proyecto que no puede avanzar porque falta una pieza.
Y ahí entendemos algo que para mí es fundamental: El flete era solamente una parte del costo.
En logística internacional podemos tener un excelente proveedor, un buen producto y haber negociado un muy buen precio, pero si nuestra cadena logística no tiene la capacidad de reaccionar cuando algo cambia, todo lo anterior puede perder valor.
Y hoy los cambios son permanentes. Conflictos internacionales, congestiones portuarias, cambios de rutas, falta de espacios, temporadas altas, restricciones, cambios regulatorios o situaciones que hace algunos años parecían excepcionales y que hoy hacen parte de nuestro día a día.
Por eso creo que hacer bien la logística ya no significa únicamente conseguir una buena tarifa. Significa anticiparnos y tener un plan B antes de necesitarlo.
Saber qué alternativas tenemos si un barco se retrasa. Evaluar cuándo vale la pena cambiar una carga de marítimo a aéreo. Entender cuándo debemos esperar y cuándo debemos actuar. Tener proveedores y rutas alternativas y, sobre todo, contar con información que nos permita tomar decisiones a tiempo.
Porque no todas las cargas son iguales y tampoco tienen la misma urgencia.
Para una empresa, diez días adicionales pueden no representar mayor impacto. Para otra, esos mismos diez días pueden significar una línea de producción detenida, una venta perdida, una penalidad o, peor aún, un cliente insatisfecho.
Por eso siempre he creído que para hacer una buena logística primero debemos entender el negocio de nuestro cliente.
No se trata solamente de mover un contenedor, una caja o unos kilos de un país a otro. Tenemos que entender qué hay detrás de esa carga: ¿Qué pasa si no llega? ¿Cuánto cuesta cada día de retraso? ¿Cuánto tiempo tenemos para reaccionar antes de que una operación se convierta en un problema?
Es ahí donde la logística deja de ser simplemente transporte y se convierte en una decisión estratégica para las compañías.
Durante muchos años se pensó que el objetivo del área de logística era conseguir el precio más bajo posible. Hoy creo que el objetivo debe ser diferente: Tomar la mejor decisión para que la mercancía esté donde el negocio la necesita, cuando la necesita.
A veces la mejor decisión será un barco. A veces será un avión. En algunos casos será esperar. Y en otros será pagar un poco más para proteger una producción, una venta o el compromiso que tenemos con un cliente.
Y eso también es ahorrar. Porque el flete más barato no siempre termina siendo el más económico.
Si una carga llega tarde y obliga a comprar de emergencia, genera horas extras, detiene una producción, incumple una entrega o hace perder un cliente, el ahorro inicial desaparece rápidamente.
La logística internacional dejó hace mucho tiempo de ser una actividad que ocurre detrás de las empresas. Hoy debe estar sentada en la mesa donde se toman las decisiones del negocio.
Y creo que ese es uno de los grandes cambios que estamos viviendo en nuestra industria: nuestro verdadero valor no está solamente en mover mercancías. Está en anticiparnos, reaccionar y darle alternativas al cliente para que pueda tomar mejores decisiones.
Porque al final, antes de cerrar una operación preguntándonos únicamente cuánto cuesta el flete, deberíamos hacernos otra pregunta: ¿Cuánto vale para nuestro negocio llegar a tiempo?
Muchas veces, cuando respondemos esa pregunta, cambia completamente la decisión.
Magda Orozco, CEO de Ec Cargo
