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| 3/9/2019 4:58:00 PM

Caudillismo versus democracia

Las diferencias en las culturas políticas de Colombia y Venezuela tienen raíces históricas. Sobre este tema tuvo lugar un debate hace 100 años entre el joven director de El Tiempo, Eduardo Santos, y el escritor Laureano Valenilla Lanz, que hoy todavía tiene una sorprendente vigencia.

Caudillismo versus democracia juan vicente Gómez. GÓmez, dictadOr de Venezuela por casi treinta años, fue uno de los muchos caudillos que han marcado la historia de ese país Foto: Getty image

Este año la publicación de uno de los libros más influyentes en la historia intelectual de Venezuela cumple 100 años. El Cesarismo Democrático, una férrea defensa de la dictadura de Juan Vicente Gómez y del caudillismo en América salió en Caracas en 1919 y encendió a su vez una sonada polémica en la prensa entre su autor, Laureano Valenilla Lanz, y el entonces editor de El Tiempo, Eduardo Santos, quien más adelante llegaría a la Presidencia de la República.

Para eduardo Santos, uno de los rasgos distintivos de Colombia es que ha sido tierra estéril para las dictaduras. Foto: EDUARDO SANTOS. 

En momentos en que Venezuela parece en un punto de quiebre por la pérdida de legitimidad de Nicolás Maduro, y en que las tensiones entre ambos países se han elevado a niveles alarmantes, es oportuno recordar una de las grandes polémicas intelectuales entre Colombia y Venezuela. Este debate ilustra, como pocos episodios de la historia binacional, matices y diferencias en las culturas políticas de las hermanas repúblicas.

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El Cesarismo Democrático recoge una colección de ensayos publicados por Valenilla Lanz en 1919 para marcar el primer centenario de la independencia. El autor era el principal escudero intelectual de Juan Vicente Gómez, el dictador venezolano que duró 27 años en el poder. Aunque lo escribió durante su gobierno, y es, a todas luces una defensa abierta del régimen gomecista, en el libro no abundan las referencias directas al dictador. Valenilla avanza su argumento a través de ensayos históricos sobre la independencia. En uno de los capítulos más importantes del libro, titulado ‘El gendarme necesario’, Valenilla resume su tesis central: “Cualquiera que lea la historia de Venezuela encuentra que, aun después de asegurada la independencia, la preservación social no podía de ninguna manera encomendarse a las leyes sino a los caudillos prestigiosos y más temibles”.

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Lo interesante no es la defensa de la dictadura, pues ejemplos de eso abundan. Tampoco la idea de que las repúblicas latinoamericanas no estaban listas para que las gobernaran leyes y constituciones. Lo novedoso es que parte de la defensa del caudillismo que hace Valenilla se basa en su supuesto carácter democrático. Se pregunta uno, ¿democrático? Según Valenilla, sí. Según él, en Venezuela el caudillismo permitía llegar al poder a “los hombres representativos, los exponentes genuinos de las masas populares sublevadas”.

Valenilla señala que la independencia en Venezuela fue a su vez una revolución social y destaca su carácter igualitario. En esto, según el autor, el proceso independentista venezolano se diferencia del neogranadino, donde hubo mayor estabilidad y continuidad de las élites criollas. Para Valenilla, esa diferencia abrió una posibilidad de movilidad social en el país vecino. Su definición de democracia se basa en la posibilidad de que cualquier hombre, por humilde que sea, pueda convertirse en el caudillo.

Valenilla cree en la evolución social, a la manera de Herbert Spencer, y su programa para el progreso material de Venezuela podría ser el del cirujano de hierro que pedía Joaquín Costa para España, el de Porfirio Díaz en México o del ‘Orden y Progreso’ en Brasil. Valenilla dictamina que la receta para Venezuela pasa por “la multiplicación de carreteras y vías férreas, por la inmigración de gente europea, es decir, haciendo lo que se está haciendo en Venezuela desde hace doce años al amparo de un Gobierno fuerte, dirigido por un hombre de Estado, por un patriota consciente de sus deberes”.

Por eso se requiere un gendarme necesario, un César democrático. Para Valenilla, un pueblo ignorante no está preparado para la democracia, al contrario de lo que pensaban muchos liberales decimonónicos que consideraban que la extensión del sufragio era parte del progreso material y moral de los pueblos. En este tema, destaca a los radicales colombianos que redactaron la Constitución de Rionegro como los más ingenuos del continente. Al contrario de lo que estos pensaban, “el César democrático es siempre el representante y el regulador de la soberanía popular. Él es la democracia personificada, la nación hecha hombre. En él se sintetizan esos dos conceptos al parecer antagónicos: democracia y autocracia”.

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Contrasta a Venezuela con Colombia, donde, para Valenilla “el pueblo colombiano permanece todavía inmóvil, apegado a sus tradiciones, sumiso a la Iglesia católica, respetuoso de las jerarquías sociales”. En las páginas de su libro comenzamos a vislumbrar un lenguaje de las diferencias entre los dos países que se puede reconocer hasta hoy. Para los venezolanos, la Colombia andina, lanuda, reynosa, disfraza detrás de su tradición republicana a una sociedad apenas cambiada desde la colonia. Por otro lado, está una imagen de Venezuela como una ‘pardocracia’ compuesta por el ‘bravo pueblo’ del himno y gobernada por caudillos llaneros. Se trata del inicio de caricaturas mutuas que se reducen a viejos y trillados estereotipos: Esparta y Atenas; Bolívar y Santander; el costeño y el cachaco.

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La publicación del cesarismo desató una feroz respuesta de Eduardo Santos, entonces director de El Tiempo y joven figura del liberalismo moderado que tenía sus raíces en la Unión Republicana. Santos respondió en las páginas de El Tiempo: “Quédense estos ensayos de cesarismo para otros pueblos, que el nuestro –el más independiente, el más digno de la América– sí ha sabido demostrar cómo no obraron con imprevisión ni con empirismo los fundadores de nuestra nacionalidad, que se apresuraron a sustituir el prestigio personal del caudillo con el prestigio impersonal de la ley.”

Santos puso el dedo en la llaga cuando dijo que “este cesarismo se llama democrático porque cualquier hijo del pueblo, por humilde e ignorante, puede llegar a ser el César”. Para Santos, la extracción social del César era irrelevante: dictadura es dictadura. En cambio, respondió, que Colombia comparte con Chile “el honor y la cordura de haber sacado nuestros gobernantes de las clases sociales educadas. No nos hemos dado jamás a un guapo vulgar. Todos nuestros presidentes han pasado por la escuela y por la universidad, todos sin excepción de uno solo. Nuestro bastón presidencial no anda en las maletas de los soldados de fortunas”.

La respuesta de Santos tiene algo de puritano y de victoriano. Algo, podría haber dicho Valenilla, de hipocresía bogotana. Al final del día, Santos era un liberal que escribía en plena hegemonía conservadora, cuando los liberales estaban excluidos del poder. Se puede decir también que Santos pecó de optimista. Terminó su artículo en una nota triunfal diciendo que “afortunadamente el cesarismo de todos los matices, que en el fondo es uno mismo, va siendo cosa del pasado. Los pocos casos que, como excepciones aún subsisten en esta hora de liberación mundial, están destinados a desaparecer rápidamente”. La historia, en este caso, no lo absolvió.

La respuesta de Valenilla no se hizo esperar: “Yo le pregunto, ¿quién es el pueblo de Colombia? ¿Las cien familias que desde la independencia vienen figurando en el Gobierno, constituyendo las dos oligarquías que se han disputado el poder, llamándose liberales y conservadores? Todos los colombianos se envanecen diciendo que sus gobernantes han sido siempre los letrados; y yo le pregunto también: ¿supieron consolidar la unidad nacional? En cien años de independencia, ¿no han tenido tantas guerras como nosotros? Sus finanzas, ¿han estado jamás en mejor situación que las nuestras? Sus vías de comunicación, ¿se han multiplicado acaso?”.

Anticipa que le van a argumentar que Marco Fidel Suárez había sido el hijo de una lavandera diciendo: “Me replicarán con la condición humilde del doctor Suárez, y, ¿no se la están enrostrando constantemente, irrespetando a ese venerable anciano?”.

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Valenilla centra su argumento en un determinismo sociológico. “Si en Venezuela existe el caudillo, –y existirá hasta que el medio social y económico se modifique–, en Colombia mientras no suceda lo mismo, preponderará la Iglesia católica como el más poderoso y eficaz fundamento del orden social”. En Colombia, escribía Valenilla, hay un ‘cesarismo teocrático’. Debido a la quebrada y difícil geografía montañosa, “la única cabeza visible de la unidad colombiana era el arzobispo de Bogotá, porque adonde no llegaban las órdenes del gobierno nacional llegaban las del prelado”.

Valenilla acusa a Santos de “exhibirse ante sus compatriotas y copartidarios como guardián del sacro fuego republicano, algo así como una vestal de levita y sombrero de copa”. Y remata diciendo que sostendrá su argumento “mientras el Estado social y político de Colombia no varíe, y su señoría ilustrísima, el arzobispo de Bogotá, no deje de ser, como hasta ahora, el gran elector de la república”.

***

¿Qué se puede concluir de este debate? Para comenzar, como dice el historiador Fréderic Martínez, que “dos repúblicas hermanas no son dos repúblicas gemelas”. Colombia y Venezuela han ido en contravía una de la otra en momentos claves de su historia. Cuando en Colombia imperaba la Regeneración, en Venezuela gobernaba el liberalismo amarillo de Guzmán Blanco. La larga dictadura de Juan Vicente Gómez coincidió con la hegemonía conservadora y el comienzo de la república liberal.

Los dos países sincronizaron sus péndulos políticos en 1958 cuando el Pacto de Punto Fijo en Venezuela y el Frente Nacional dieron inicio a un proceso de democratización en ambos países. Pero a final del siglo, una vez más las hermanas repúblicas avanzaban en sentido contrario con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999.

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Con el chavismo volvió una visión venezolana de Colombia –y una colombiana de Venezuela–, que tiene sus orígenes en este debate en torno al cesarismo democrático. En 1999, esta revista le dedicó una carátula a Chávez titulada ‘El Rey Caribe’, en que Chávez apareció con charreteras y uniforme de general como cualquier caudillo llanero de la independencia. Por su lado, en el mismo año Chávez afirmó que Colombia estaba gobernada por “una rancia oligarquía, heredera de la misma que conspiró contra el proyecto bolivariano y mandó matar al Libertador”.

A Chávez, también hay que reconocerlo, el destino le dio una papaya histórica. De los tres presidentes colombianos que le tocaron, Pastrana era hijo de un expresidente, Santos sobrino nieto del propio Eduardo Santos, y Uribe, si bien no venía de la rancia oligarquía bogotana, encarnaba como pocos la caricatura de Valenilla de un conservatismo colombiano y montañero.

Pero lo interesante es ver que estas visiones no nacieron con Chávez, sino que reflejan estereotipos de vieja data. Se fundamentan en los mitos de identidad nacional en los que cada nación creó una imagen de sí misma reflejada en el espejo de la otra. Lo que Valenilla describía como una oligarquía teocrática, los bogotanos lo entendían como la Atenas suramericana. Lo que Santos veía como un caudillismo tropical, los venezolanos lo veían como una vibrante pardocracia racial.

Eran mitos, al final de cuentas, pero a punta de mitos se va creando la identidad de una nación.

Años después, la superioridad republicana de los colombianos dio paso a una apenas disimulada envidia. La riqueza petrolera trajo una temprana modernidad a Venezuela en los años sesenta, mientras Colombia seguía siendo, en palabras de López Michelsen, el Tíbet de Suramérica.

Maduro y duque encarnan las culturas políticas divergentes que han caracterizado a los dos países.

Y ahora, 100 años después de la publicación del Cesarismo Democrático, Colombia y Venezuela se encuentran otra vez en orillas opuestas. Sería facilista caer en un determinismo histórico y concluir que nada ha cambiado ni puede cambiar. Que mientras Colombia avanza como república, con todos sus tropiezos, Venezuela está condenada a un cesarismo cada vez menos democrático.

Pero más allá de utilizar este debate para reafirmar viejos y trillados estereotipos, la lectura de Valenilla invita a una reflexión. Por su lado, Colombia no ha sido ajena a los cantos de sirena cesaristas. El estado de opinión que invocaba José Obdulio Gaviria, por ejemplo, tiene claros ecos de cesarismo democrático. Y por el otro lado, la valiente lucha que adelantan los venezolanos desde la Asamblea Nacional demuestra un temple republicano que rehúsa aceptar que Venezuela está condenada al cesarismo. 

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