Después de más de medio siglo dedicado a la mecánica industrial, Germán Espejo Forero regresó a la música cuando la vida lo dejó sin rumbo tras la muerte de su esposa. En la Banda Sinfónica de Anapoima, la trompeta se convirtió en un refugio y en una forma de volver a empezar, mientras comparte con niños y jóvenes el valor de la música como camino de vida.
SEMANA: ¿Qué significa la música para usted?
Germán Espejo (G. E.): La música es el respiro para el alma. Es una fuente de inspiración para progresar, prosperar y dar todo por la vida. La música une, la música armoniza y es lo más bello del universo.
SEMANA: Antes de integrarse a la banda, usted atravesó momentos difíciles de salud y de vida personal. ¿Cómo influyeron en su relación con la música?
G. E.: En 2015 sufrí un infarto en el miocardio que me limitó mucho en mi trabajo como mecánico industrial. En 2020 sufrí un ACV que terminó de frenar mi actividad económica.
Mi esposa sufrió conmigo todo ese proceso y posteriormente falleció, en 2022. Todo eso fue muy duro, y después de quedarme solo y sin ningún norte fue cuando la música volvió a aparecer en mi vida.

SEMANA: ¿Cómo llega usted nuevamente a la música y cómo se une a la Banda Sinfónica de Anapoima?
G. E.: Cuando era joven aprendí a tocar trompeta en la banda salesiana del centro Don Bosco, pero luego me dediqué a la mecánica industrial y pasaron casi 55 años sin tocar un instrumento. Tras la muerte de mi esposa, en 2022, me quedé solo y sin rumbo.
Me trasladé a Anapoima, donde vivía mi hija. Allí uno de mis hijos vio ensayar a la banda y comentó que yo había sido trompetista. El profesor me invitó a presentarme. Al día siguiente fui, pasé una prueba básica de solfeo y confirmaron que aún conservaba conocimientos musicales. Sin importar que tuviera 71 años, me integré a la banda, donde llevo ya dos años.

SEMANA: ¿Siente que la música y la banda han sido parte de un proceso de sanación?
G. E.: Definitivamente. Ha sido un proceso de sanación espiritual y física. Después del ACV quedé con medio cuerpo paralizado y la parte izquierda de mis labios prácticamente muerta. A raíz de la práctica constante de la trompeta, poco a poco he ido recuperando sensibilidad en los labios. Además, mi calidad de vida ha mejorado mucho.
SEMANA: ¿Qué papel tuvo su esposa en su vida musical y cómo la recuerda hoy?
G. E.: Mi esposa fue la principal animadora de mi vida artística. Desde muy joven me acompañaba a los desfiles y presentaciones de la banda salesiana. Nunca faltó a un toque mío. Por eso hoy, en recuerdo de ella y para honrar su memoria, asumo la música con mucha responsabilidad.

SEMANA: ¿Cuál es el recuerdo más bonito que guarda con su esposa relacionado con la música?
G. E.: La serenata de la noche de bodas, previa a la noche de bodas. Yo le di una serenata, no con una orquesta, sino con un conjunto de guitarra, interpretando piezas como A unos ojos, que dice: “Tus ojos, que contemplo con delirio, tienen la calidez del agua”.

SEMANA: ¿Qué ha significado para usted compartir la música con niños y jóvenes?
G. E.: Compartir con niños ha renovado mi vida. Me ha dado un refresco en la salud y en el espíritu. Toco con niños de 8, 9, 10, 12 y 14 años, y también con algunos jóvenes que ya están en la universidad. Ellos nunca han tenido en cuenta la diferencia de edad. Me tratan con cariño, me llaman amigo y me han acogido como uno más dentro de la banda.
SEMANA: Para cerrar, usted ha hablado de la unión que se crea a través de la música. ¿Qué representa para usted tocar en colectivo, especialmente en una banda?
G. E.: No hay nada que una más que la música. En la música es muy difícil que un músico toque exclusivamente solo. En la banda hay casi 50 o 60 muchachos y dependemos mutuamente.
Nos ayudamos y nos colaboramos para que todo salga bien y para que todos hagamos lo mejor que podemos, para agrado nuestro y deleite del público. Esa integración es muy necesaria, sobre todo en este momento en el que hay tanta división en el mundo.
