Cuando decaía la esperanza y creímos que podríamos sufrir una nueva frustración, Estados Unidos dio el empujón que Venezuela necesitaba. Nadie puede reprochar a un pueblo sometido a una tiranía criminal, que ha luchado lo indecible, de manera pacífica, por recobrar la libertad durante cinco lustros en las calles, que aceptara la ayuda de Washington.
No se trata del derrocamiento de ningún presidente elegido en las urnas, ni de una invasión ilegítima, sino de capturar o dar de baja a los capos de la mafia que tenían secuestrado a todo un país. Maduro, Cilia, Diosdado, los hermanos Rodríguez y Padrino arruinaron la Venezuela próspera, que acogía a millones de migrantes, y generaron el mayor éxodo de la historia americana. Y, como muchos anticipamos, la mafia solo abandonaría el poder a la fuerza.
Supone, además, una victoria para Marco Rubio, María Corina Machado y los congresistas republicanos que presionaron para que la Casa Blanca tomara cartas en el asunto.
Nunca antes había estado Venezuela en la agenda prioritaria de Washington y, menos aún, con una estrategia tan brillante como la de los dos mencionados. En lugar de insistir en el camino equivocado de una negociación con Miraflores que solo fortalecía a la mafia chavista, como hizo Biden, Rubio le quitó el disfraz de presidente a Maduro y lo puso en su lugar: el jefe prófugo del Cartel de los Soles, rodeado de peligrosos lugartenientes. Antes Machado había logrado la proeza de demostrar, con las actas que Petro no quiso reconocer, su triunfo arrollador en las urnas. Por tanto, había un presidente legítimo —Edmundo González— y una banda de narcotraficantes que le robaron el resultado.
Después vendría el aval del Premio Nobel con el discurso del presidente de dicho organismo, que destruía la falaz narrativa de la extrema izquierda y avalaba la cruzada de María Corina. Faltaba su llegada a Oslo, una escapada necesaria para que no corriera el riesgo de morir asesinada. No existe otro político en la oposición con su liderazgo popular y su estatura de estadista, capaz de conducir la transición hacia la democracia.
Cuando Barack Obama celebró la muerte de Osama Bin Laden en Pakistán, no recuerdo que la ultraizquierda planetaria bramara contra la Casa Blanca. Aquel gran presidente se limitó a actuar en defensa de Estados Unidos puesto que el líder terrorista representaba una amenaza para sus ciudadanos y el mundo occidental.
Ahora que Trump tomó la iniciativa, Petro decide ponerse en el lado equivocado de la Historia al alinearse con Putin y demás sanguinarios dictadores. Y eso que a ninguna nación le conviene tanto que Venezuela recupere la democracia como a Colombia, si bien para el Pacto Histórico, miembro del Foro de São Paulo, suponga un revés de cara a los próximos comicios.
La llegada a Miraflores del gobierno que triunfó en las elecciones del 28 de julio de 2024, con la consiguiente ruptura de la alianza chavista con el ELN y otras bandas criminales, significará un cambio radical en la política de seguridad y de paz en ambas naciones. Y más adelante irán destapando los lazos inconfesables que unieron a Hugo Chávez y Nicolás Maduro, con Gustavo Petro y compañía.
Pero nadie se puede llamar a engaño. Reconstruir una nación en ruinas, tanto desde el punto de vista económico como institucional, no será una tarea sencilla ni rápida. Pero nada será peor que lo vivido en estos 26 años de chavismo, y no podemos olvidar que el 90 % de los venezolanos quieren vivir en democracia y libertad.
