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Llegó la hora de apostar por la investigación

Por: Gabriela Delgado*

El coronavirus demostró que el Estado y el sector privado deben jugársela por la ciencia, la tecnología y la innovación para lograr una independencia tecnológica. Ese compromiso tiene que ir más allá de los discursos y debe estar acompañado de grandes inversiones.


Mientras que los países desarrollados cuentan con toda la infraestructura habilitante que permitió a los sistemas sanitarios, de educación y de ciencia integrarse rápidamente para atender el diagnóstico y manejo del virus SARS-CoV-2, agente etiológico de la covid-19, países como Colombia expusieron, de cruda manera, las consecuencias de una desfinanciación histórica de la ciencia y la tecnología. Desde el hisopo usado en la toma de las muestras nasofaríngeas hasta cada reactivo y cada máquina utilizados en el diagnóstico del nuevo coronavirus son importados. Por ende, el uso masivo de todos estos materiales e insumos en las naciones productoras impidió que el país contara con lo necesario para muestreos masivos en la población colombiana (como una medida para el manejo individual y colectivo de la enfermedad).

Aun así, los grupos de investigación dedicados al estudio de virus, de microorganismos, a la biología molecular y a la inmunología, entre otros, han puesto al servicio del sistema de salud sus capacidades, en una rápida interacción entre la academia y el Estado. En buena hora, el Instituto Nacional de Salud y las secretarías de Salud de los entes territoriales atendieron los llamados de la academia y de las asociaciones científicas para generar las alianzas necesarias a fin de responder a este reto de la humanidad. Una ventaja de contar con buenos técnicos en estas dignidades administrativas. La asertiva reacción ha conllevado a que hoy Colombia cuente con más de 93 laboratorios avalados para el diagnóstico de covid-19, de los cuales 26 están en Bogotá.


Inversión en ciencia, tecnología e innovación. 

Sin embargo, la disponibilidad de los reactivos y de los equipos, su costo y calidad para atender el diagnóstico siguen siendo las principales limitaciones para incrementar el muestreo, pero lo es también el talento humano con competencias en biología molecular. Esos ejércitos de personal capacitado que están a disposición de los sistemas sanitarios de los países desarrollados son parte de las limitaciones en nuestro medio. Esto denota la manera en la que las deficientes políticas de ciencia y educación superior han conducido a menospreciar las ciencias básicas, a promover pregrados y posgrados que “sí tengan pertinencia en la industria y en la economía”. Los profesionales que se forman con competencias en biología molecular se integran a programas de pre y posgrado en áreas de las ciencias básicas, esas que generan nuevo conocimiento para el cual no se sabe con certeza cuándo y de qué manera se verá materializado en un bien o servicio.

Luego de justificados reclamos por parte de la comunidad científica, hacia el naciente y ausente Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (MinCiencias) se cambió la destinación de los recursos del Fondo de Investigación en Salud (FIS) y se lanzaron convocatorias para investigación en la covid-19. La gestión de nuevos recursos era fundamental para generar esas condiciones habilitantes y así estar preparados para futuros retos. Eso no está mal, lo importante es tenerlo en cuenta para que, cuando se rediseñen políticas públicas, no se asuma que comprar máquinas y construir laboratorios fue suficiente para sentirnos satisfechos con la inversión en ciencia. Esa es una parte. Lo que sigue debe ser la financiación decidida y sostenida de programas de posgrado. Las máquinas y los ladrillos no son quienes hacen el diagnóstico, como tampoco son los ventiladores los que permiten la recuperación de un paciente en la uci. Es el recurso humano formado, capacitado y dignamente remunerado el que salva vidas.

También es fundamental resaltar que otras investigaciones no se pueden detener, que esta crisis dejará aún más vulnerables a las instituciones de educación superior públicas y también las privadas. Por ende, garantizar recursos y hacer políticas que eviten la desfinanciación de proyectos que vienen en curso es parte de los retos de la pandemia. Garantizar la financiación y las condiciones para la función misional de la investigación es fundamental. Sería una buena noticia la asignación de cerca de 203.000 millones de pesos, derivados de los saldos apropiados y no comprometidos (logrados en la mesa de diálogo entre el Gobierno nacional y el movimiento universitario en 2018). Esperamos que esa cifra se adicione al presupuesto del MinCiencias para 2021, no que se incorpore en lo proyectado en el Presupuesto General de la Nación. Se debe levantar el techo presupuestal, de lo contrario será un falaz logro de la ciencia y la educación superior en Colombia.

Las universidades suministran el 25 por ciento de los recursos invertidos en el país en investigación y desarrollo (I+D).

Las universidades suministran el 25 por ciento de los recursos invertidos en el país en investigación y desarrollo (I+D).

La retórica debe estar acompañada de acciones. También hemos fallado en la apropiación social del conocimiento, lo cual se explica en la baja adherencia a medidas sanitarias efectivas en algunas poblaciones (distancia física, uso de tapabocas, lavado de manos, suspender visitas y paseos) para la prevención del contagio de covid-19. Hay que generar confianza y despolitizar el discurso de la ciencia.

Esta pandemia debe inducir a repensarnos seriamente. Debemos pasar a la urgente construcción de las políticas de largo plazo para prepararnos mejor para futuras emergencias; esta pandemia nos mostró la vulnerabilidad por no invertir en ciencia. Debemos generar una estructura en la que las ciencias básicas tengan el lugar preponderante sobre la innovación y la competitividad. La ciencia básica es el pilar; el orden de los factores sí altera el producto, tenemos la triste evidencia.

*Profesora de la Universidad Nacional y asesora de la Secretaría Distrital de Salud de Bogotá