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| 11/24/2018 3:21:00 PM

La masacre de las bananeras: ¿cuántos muertos hubo?

Han pasado 90 años de la trágica huelga que acabó en un baño de sangre y marcó la historia nacional. El país todavía se pregunta cuántas personas murieron. Por Óscar Alarcón Núñez

Masacre de las bananeras: 90 años de la tragedia que marcó a Colombia Según un cable del embajador gringo, el número de muertos "superó el millar". Foto: Jorge Restrepo

¿Cuántos murieron en las bananeras? Nadie lo sabe, ni se sabrá jamás. García Márquez, en Cien años de soledad, dice que 3.000. El propio general Cortés Vargas precisa: ¡47! ¿Acaso son pocos? Hoy 50 muertos en cualquier parte es un juego. Y si el mismo autor de la masacre –porque fue masacre y tragedia– da esa cifra, 47, hay que imaginar lo que significaba ese número hace 90 años en la plaza de un pueblito, como era Ciénaga entonces. Pero fueron más, no tantos como los que narra la ficción de García Márquez ni tan pocos como informó en su momento el autor de los hechos. Un documento desclasificado de la época, que el embajador de Estados Unidos en Bogotá, Jefferson Caffery, envió a su gobierno, dice: “Tengo el honor de informar que el representante de la United Fruit Company me dijo ayer que el número total de huelguistas muertos superó el millar”.

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Según un cable del embajador gringo, el número de muertos "superó el millar"

La zona bananera era una parte del departamento del Magdalena, llena de fincas, en cuya explotación participaba la United Fruit Company, una empresa norteamericana que pagaba jornales criticables ceñidos a la legislación laboral que entonces no contemplaba horas nocturnas, dominicales, vacaciones ni mucho menos incapacidades por enfermedad. Todo lo enmendaban con comisariatos que importaban mercancías y vendían a precios reducidos. Los obreros y los incipientes sindicatos de la época comenzaron a hacer peticiones económicas para contrarrestar la injusticia social, ante la mirada displicente de los funcionarios extranjeros y de las autoridades gubernamentales. Cansados de que no los oyeran, el 11 de noviembre de 1928 unos 5.000 trabajadores se congregaron frente al edificio de la Gobernación en Santa Marta con banderas blancas y consignas pacifistas. Como resultado de esa manifestación, en la noche acordaron realizar un paro general a partir de las seis de la mañana del día siguiente.

Algunos de los líderes de la huelga posaron para esta foto histórica. Se trata de Pedro María del Río, Bernardino Guerrero, Raúl Eduardo Mahecha, Nicanor Serrano y Erasmo Coronell.  

Ante esa situación, el gobernador José María Núñez Roca se comunicó con el gobierno central para comentar la grave situación que se avecinaba y solicitar ayuda y colaboración. En esa época en que el país era tranquilo, en que el presidente Miguel Abadía Méndez madrugaba a las siete de la mañana a dictar su clase de derecho constitucional en la Universidad del Rosario, la amenaza de un paro obrero en el sector que explotaban los norteamericanos no pasaba inadvertida. El ministro de Guerra, Ignacio Rengifo, mano derecha del mandatario y aspirante a reemplazarlo en la primera magistratura, cogió el toro por los cuernos y escogió a su persona de confianza, el general Carlos Cortés Vargas, para que se dirigiera a Ciénaga con un batallón del régimen Nariño de infantería y asumiera como jefe civil y militar de la zona. Llegó a Santa Marta el 13 de noviembre y desde entonces comenzaron las desavenencias con el gobernador Núñez Roca, quien buscaba un arreglo cordial entre las partes. Con ese fin había tenido varias reuniones con el representante de United Fruit Company, Thomas Bradshaw.

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Cortés viajó luego de Barranquilla y puso bajo su mando un regimiento acantonado en esa ciudad. En seguida tomó el camino a Ciénaga y observó –según relata Alfredo Iriarte– que los soldados que llevaba para sofocar la huelga también eran costeños. En consecuencia, los huelguistas celebraron su llegada con fragorosas manifestaciones de júbilo. Muchos de los soldados eran parientes, amigos y compadres de los obreros con quienes terminaron confundidos en grandes abrazos y todos fraternizaban al calor del ron, los bollos de yuca, las arepas de huevo, el pescado frito con patacones y la amistad entrañable de quienes solo se diferenciaban en la indumentaria. Los huelguistas habían acampado en los playones de Ciénaga. Con rapidez y astucia, el jefe civil y militar hizo retornar la tropa costeña en grupos reducidos a cuarteles en Barranquilla, al tiempo que solicitaba por telegrama el envío de tropa “cachaca”: santandereanos, boyacenses, “rolos”, antioqueños, caucanos, pastusos…

De no ser por un joven Jorge Eliécer Gaitán, el país no se hubiera enterado de la tragedia

La tragedia

El paro seguía su curso y cada vez la búsqueda de un arreglo, que patrocinaba el gobernador Núñez Roca, se veía más lejana. La United perdía 30.000 pesos diarios por la parálisis. En la noche del 5 hubo una gran manifestación en la que hablaron los dirigentes del movimiento, entre ellos Luis Eduardo Mahecha, quien invitó a sus compañeros a no temer a la muerte, poniendo como ejemplo a Jesucristo, que murió en el Gólgota por un ideal favorable a toda la raza humana. Y concluyó su oratoria: “Camaradas, mañana probablemente la metralla del gobierno os desplazarán porque está turbado el orden público. Pero, camaradas, no tembléis, firmes, que vuestra sangre surgirá algún día”. Un aplauso estruendoso se oyó por todos los ámbitos.

Evidentemente, a las ocho de la noche le comunicaron al general Cortés que habían declarado el estado de sitio para la provincia de Santa Marta, que comprendía la zona bananera y el municipio de Pivijay. A las once de la noche tomó posesión de la jefatura civil y militar ante dos testigos liberales, César Riascos y Enrique E. González. Inmediatamente, expidió el decreto número 1, cuyo artículo primero estableció “perentoriamente la inmediata disolución de toda reunión mayor de tres individuos” y el segundo dispuso hacer fuego “sobre la multitud si fuere del caso”. El decreto número 4 establecía: “Declárase cuadrilla de malhechores a los revoltosos, incendiarios y asesinos que pululan en la actualidad en la zona bananera”.

Después de la masacre, en una locución navideña, el presidente Miguel Abadía Méndez  dijo que la filosofía de su gobierno era “mantener el orden”. 

Al amanecer del 6 de diciembre, los huelguistas, apostados en la plaza –se calculaban 3.000–, gritaban: “Viva la huelga”, “No queremos militares vendidos”, “Viva Colombia libre”, “¡Viva el soldado amigo del pueblo!”, “¡Soldado, somos tus hermanos!”. Se ejecutó un llamamiento de atención con corneta para acallar la algarabía. Un capitán los exhortó a alejarse y separarse en cinco minutos. Le respondieron en forma unánime con una retahíla de insolencias, injurias e improperios. Al terminar el plazo señalado, un toque corto indicó su terminación. Una masa compacta de unos 1.500 individuos se aproximó con aire de desafío. El mismo capitán hizo una advertencia: “Un minuto más y se romperá el fuego”. Creyendo aún que no disparaban, la muchedumbre seguía vociferando.

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El general Cortés tomó el megáfono: “¡Señores, retírense, vamos a hacer fuego! ¡Les doy un minuto!”. Alguien contestó despectivamente: “Le regalamos el minuto que falta”. Sin rodeos, el general Cortés gritó: “¡Fuego!”. Del centro de la turba se oyó: “Tenderse”. Comenzaron a sonar las ametralladoras. Se oyeron alaridos de dolor y angustia y voces que solicitaban auxilio. Segundos después el coronel Cortés Vargas ordenó: “¡Alto el fuego!”.

El general Cortés tomó el megáfono: ¡"Señores, retírense. Vamos a abrir fuego. Les doy un minuto!".

Había cadáveres, heridos, personas huyendo. Vehículos militares transportaban heridos. A las seis de la mañana de ese 6 de diciembre en la plaza había quedado el recuerdo de la tragedia: muertos, limas, machetes, indumentaria, sombreros, cachuchas, zapatos, utensilios de cocina. A las ocho concluyó la redacción del acta del levantamiento de los cuerpos: 13 muertos, 19 heridos.

¿No más esos? Muchos heridos fallecieron después y la leyenda cuenta que los soldados recogieron muchos cadáveres y los arrojaron al mar, de donde surge la duda sobre el número exacto de las víctimas.

Pero no todo fue llanto y crujir de dientes. El presidente Miguel Abadía Méndez en su alocución de Año Nuevo insistió en que la filosofía política del gobierno consistía en mantener el orden con el soporte del Ejército Nacional. A pesar de los pesares, la ciudadanía participó con tamboras y disfraces en las fiestas de carnavales celebradas el 10, 11 y 12 de febrero. Y como si fuera poco, el 2 de ese mismo mes, en el patio del cuartel de Santa Marta, el general Cortés ofreció un baile de gala al cual asistió lo más granado de la sociedad samaria.

El general Carlos Cortés Vargas dio la orden de disparar contra los huelguistas que exigían mejoras laborales. 

Debate en el congreso

Es posible que el país hubiera ignorado la tragedia de las bananeras si el joven representante a la Cámara Jorge Eliécer Gaitán no hubiera develado las circunstancias en que se produjo y el resultado de la misma. Viajó a la zona bananera y estuvo allí durante diez días a partir del 18 de julio. Habló con testigos y deudos, pero hay quienes comentan en Ciénaga que, si bien se presentó como parlamentario, dialogó con varios en condición de abogado para acudir a los tribunales de justicia –no se sabe si cobró honorarios–. Pero finalmente hizo el debate en la Cámara.

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Hay quienes critican que García Márquez en Cien años de soledad hubiera exagerado el número de muertos en las bananeras. Si bien eso es ficción, el hecho no fue extraño para él a pesar de que cuando la tragedia se produjo no llegaba a los dos años. ¿Por qué? Porque su abuelo, Nicolás Ricardo Márquez Mejía –con quien tuvo una buena relación hasta los 8 años, cuando falleció– era tesorero de Aracataca. Para su debate en la Cámara, Gaitán le solicitó información. En la sesión del 4 de septiembre de 1929, el congresista se refiere a cómo se malgastaba el dinero del municipio en gastos suntuarios, sin que el tesorero fuera culpable de esa conducta, sino que le ordenaban hacer los pagos. Tal parece que le solicitó al funcionario esa información y él se la envió. “Aquí está el certificado oficial del tesorero de Aracataca, don Nicolás R. Márquez”.

Luego Márquez conocía de primera mano la situación de la época y, en conversación con su precoz nieto, le hizo algunos comentarios que le quedaron en la cabeza y luego, ya mayor, los desarrolló. “Después de la muerte de mi abuelo ya nada me ha parecido interesante en la vida”, declaró en más de una ocasión el nobel.

El general Cortés Vargas era la mano derecha del ministro de Guerra, Ignacio Rengifo. Los dos protagonizaron los trazos del caricaturista Rendón, quien los mostró como responsables de hechos violentos de orden público. 

Alguien contó despectivamente: "Le regalamos el minuto que falta". Entonces comenzaron a sonar las ametralladoras.

Los protagonistas

El general Cortés Vargas era la mano derecha del ministro de Guerra, Ignacio Rengifo, y como tal lo hizo nombrar jefe civil y militar de la zona bananera. Los dos protagonizaron los trazos del caricaturista Rendón, quien los mostró como responsables de hechos violentos de orden público. La tragedia de las bananeras prácticamente pasó inadvertida a nivel nacional, tanto que los dos personajes siguieron actuando mancomunadamente, como si nada hubiera pasado. Cuando al año siguiente, el 8 de junio de 1929, hubo las marchas estudiantiles que condujeron a la muerte del joven Gonzalo Bravo Páez, el general Cortés y el ministro Rengifo pagaron con su retiro los desmanes de la fuerza pública. El país solo vino a conocer la dimensión de la tragedia en la zona bananera en agosto y septiembre, cuando Gaitán hizo el debate en la Cámara.

Bravo Páez era discípulo y ahijado del presidente Abadía Méndez, y los estudiantes, por eso, optaron por conducir el cadáver hasta las puertas del palacio presidencial. Esos nuevos hechos determinaron la baja del Ejército del general Cortés, la salida del gabinete de Rengifo y el fin de su precandidadura. El conservatismo y la Iglesia entraron luego en la controversia para escoger al aspirante presidencial para reemplazar a Abadía Méndez entre Alfredo Vásquez Cobo y el poeta Guillermo Valencia. Pero el liberalismo se metió por el camino del medio y el país eligió a Enrique Olaya Herrera. 

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