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| 6/19/2018 12:01:00 PM

¡Tenemos vicepresidenta!... ¿Y qué significa?

Aunque la llegada de Marta Lucía Ramírez es un momento histórico para las mujeres en Colombia, su discurso no se ha distinguido por incluir temas de igualdad o género. ¿Qué tanto representará a las mujeres esta política que no se reconoce como feminista?

¡Tenemos Vicepresidenta!... ¿Y?. Marta Lucía Ramírez. Carolina Vegas Marta Lucía Ramírez. Vicepresidenta electa de Colombia. Foto: Guillermo Torres / SEMANA

Claro que es histórico. Que una mujer ocupe el segundo cargo de la nación es algo nunca antes visto en estas tierras. Acá las mujeres han tenido una entrada tardía y quizás también un poco lenta dentro de las lides de la política. Hace apenas 64 años que tienen el derecho a ejercer el voto y aunque hoy ya existe la Ley de cuotas, que exige un 30 por ciento participación femenina en procesos electorales, el Congreso que se posesionará el 20 de julio solo cuenta con un 21,7 por ciento de mujeres. Es decir que de los 258 congresistas, 56 son mujeres. Entonces sí, claro que sí, la visibilidad que tendrá Marta Lucía Ramírez será importante para darles un lugar de mayor importancia no solo en la alta política, sino dentro del imaginario colectivo que aún está lleno de estereotipos negativos hacia las mujeres en posiciones de poder.

Pero al entusiasmo que genera el hecho es necesario ponerle el freno de mano para realmente analizar qué significa para el 51 por ciento de la población colombiana contar con una de ellas como la segunda del presidente, y no en la posición anacrónica de primera dama, sino con sueldo, cargo y poder.

La carrera de Marta Lucía Ramírez ha sido impresionante. No solo fue la primera ministra de Defensa que ha tenido Colombia, de 2002 a 2003, también fue senadora en 2006 gracias a 70.000 votos, una elección contundente. Su mayor logro hasta ahora había sido conseguir 2 millones de votos en las presidenciales de 2014 como candidata del Partido Conservador. Es más, su hoja de vida es tan admirable que muchos aún se sorprenden al verla como coequipera del presidente electo Iván Duque, a quien supera en experiencia con creces. Pero así es el juego de la política. La realidad es que a pesar de que esta contienda tuvo una presencia importante de mujeres como candidatas presidenciales y luego como candidatas vicepresidenciales de cuatro de las cinco fórmulas que se presentaron en primera vuelta, parece que el electorado nacional aún no está listo para darle el poder a una mujer, mucho menos a una mujer que luche por temas de género o se declare feminista. Por eso Ramírez, de entre todas las demás (Ángela María Robledo, Claudia López y Clara López), era la apuesta más segura para quienes aún no creen en la necesidad de igualdad y cambio. Esos temas nunca han estado en su agenda.

Claro, ella es una férrea defensora de la familia, dirán unos. Pero es precisamente esa noción de familia clásica, en donde la mujer está destinada al ámbito privado y a tener una marcada segunda posición de poder en el hogar, una de las ataduras más grandes para las mujeres en el país. Además, lo dicen las cifras, que el lugar más peligroso para una mujer o para sus hijos es precisamente la casa, escenario principal de las violencias más terribles, menos denunciadas y, tristemente, más normalizadas en Colombia. La llegada de Ramírez al poder y a la alta política pertenece a un fenómeno de privilegio de clase y posibilidades de educación superiores a la media. Y aunque el simple hecho de tener acceso a ellos parte de un cambio importante en la sociedad, no necesariamente son vistas por muchos como el triunfo de una lucha feminista. Aunque sí lo sean.

Ella no se ha declarado una defensora de la causa de las mujeres y esa agenda, poco presente en las propuestas de Duque, también ha estado poco presente en las luchas políticas de Ramírez. Es más, ella siempre se ha opuesto al derecho al aborto y a la adopción igualitaria. Vale entonces la pena recordar lo que escribió la politóloga María Emma Wills Obregón en su libro de 2007, Inclusión sin representación: “Hoy sabemos que un cuerpo de mujer no garantiza ni una sensibilidad de género, ni una posición feminista, ni necesariamente un compromiso de representar políticamente la diferencia femenina”.

Aunque Iván Duque anunció en su primer discurso como presidente electo que armará un gabinete con un 50 por ciento de mujeres y también aseguró que no le va a quitar a ningún colombiano algún derecho que ya haya adquirido, la realidad es que el tema de género no solo ha tenido una participación tímida en sus propuestas, sino que la mayoría de los apoyos políticos que recibió están abiertamente opuestos a lo que erróneamente llaman ‘La ideología de género’ y que engloba todos los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, y los derechos de la comunidad LGBTIQ. “Las mujeres tenemos derecho a la mitad de todo, hasta de la derecha”, aseguró a SEMANA Mónica Roa, abogada y activista de los derechos de las mujeres. “A partir de ahí, pongo en duda que una agenda de derecha sea buena para las mujeres en general. Porque por nombrar solo un par de temas, las mujeres sufren la feminización de la pobreza, están poniéndole el pecho a las causas ambientales, viven el impacto de los derechos sexuales y reproductivos, representan el mayor porcentaje de víctimas y ninguno de estos temas va a ser prioridad en esa agenda”,

¿Y entonces?
No se puede ignorar que aunque ganó Iván Duque, 8.034.189 colombianos votaron por Gustavo Petro y a favor de una propuesta .que sí incluía una agenda feminista y proigualdad de género en todo su espectro. Es más, Robledo, su candidata a vice, siempre se ha declarado abiertamente feminista y fue una gran defensora de la causas de las mujeres desde su posición como representante a la cámara, puesto que ahora podrá retomar pues tiene derecho a él por llegar segunda en la contienda, así como Petro tendrá una curul en el Senado. Y por ellos votó un sector importante de la sociedad que incluye a activistas y aliados de la causa feminista.

No hay manera de negar que el feminismo está de regreso, y con una fuerza inesperada, en el mundo entero. El triunfo de Donald Trump despertó la hasta entonces adormilada lucha por las causas de las mujeres en EE.UU. Un día después de la posesión se dio la marcha masiva e histórica de las mujeres en Washington y otras grandes ciudades del país y del mundo. Luego se dio el movimiento #MeToo que con todo lo bueno y lo malo se ha visto marcada con temas como la brecha salarial, la violencia, el abuso y la necesidad de replantear modelos tóxicos de masculinidad. La cultura patriarcal está siendo cuestionada en todo el planeta. Basta solo mirar a Irlanda y Argentina, en sus batallas a favor de la interrupción voluntaria del embarazo; a España, con sus manifestaciones masivas y su consejo de ministras y ministros en donde el nuevo gabinete cuenta con 11 mujeres y 6 hombres; a Irán, con sus mujeres que caminan sin velo a manera de protesta y corren el riesgo de pagar cárcel por semejante afrenta al gobierno de los ayatolás.

Son episodios como el triunfo de un gobierno de derecha los que despiertan el activismo y la veeduría social y ciudadana para proteger los derechos y las libertades de todos. Se vio la noche del domingo cuando #LaResistencia se convirtió en tendencia en Twitter. Y no se puede dejar pasar un factor muy importante, y es que ver mujeres en el poder cambia percepciones. No hay duda al respecto. Normaliza funciones y cuestiona estereotipos.

Quizás Marta Lucía Ramírez como tal no genere cambios, ni luche por ellos, pero estos se irán dando por su presencia y por los vientos que recorren el mundo y que han hecho a millones de mujeres levantar su puño en alto y gritar para exigir sus derechos.

*Editora de SEMANA y autora de las novelas Un amor líquido y El cuaderno de Isabel (Grijalbo).

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