OPINIÓN

Luis Carlos Vélez

Comenzó la batalla por el 2030

Ganar la próxima década requerirá convencer, más que gritar; construir más que destruir, y gobernar con resultados que hablen por sí mismos.
11 de julio de 2026 a las 6:29 a. m.

La manera caótica en que termina la administración de Gustavo Petro no solo es la impronta final de lo que siempre fue su gobierno —plagado de corrupción, escándalos y una búsqueda insaciable de beneficios personales—, sino también una señal clara de que, desde ya, está en campaña para 2030. Cuidado. Me explico.

Aunque las Fuerzas Armadas han dejado claro que el mandatario saliente deberá reconocer la victoria de Abelardo De La Espriella y que la transición debe ser pacífica, los devaneos de Petro con desconocer los resultados electorales no conducen a nada práctico. Entonces, ¿para qué lo hace? La respuesta es simple: para intentar conservar poder político tras la derrota. El juego que plantea con sus declaraciones y arrebatos consiste en pretender convertirse en la voz de la oposición por encima de su propio excandidato, Iván Cepeda. La pelea entre ambos es evidente, pero separados comparten el objetivo de regresar al poder en la próxima contienda.

Su cuestionamiento a la legitimidad de De La Espriella funciona como caballo de batalla para legitimarse. Denunciar supuestas irregularidades –votos comprados, presiones o coacciones– no busca revertir el resultado; busca construir una narrativa de victimización y agrandar su base. Esa narrativa está dirigida a un segmento de la sociedad: parte incauto, parte aferrado al poder perdido, que ansía regresar al Palacio de Nariño con los mismos actores de siempre y con la izquierda radical que representa Petro.

Quienes votaron por De La Espriella y el nuevo gobierno no deben creer que han ganado la paz política definitiva. Este nuevo capítulo de la batalla en Colombia apenas comienza y requerirá que todos los que apuestan por un país libre, económicamente competitivo, respetuoso de la propiedad privada y de los valores, no bajen la guardia. Es vital mantener la presencia en la discusión pública cotidiana y no dejarse avasallar por lo políticamente correcto. La contienda debe darse en colegios, universidades, iglesias y hogares. El silencio complaciente frente a posturas que han confundido lo bueno con lo malo es la verdadera batalla actual.

La política es solo una expresión de un conflicto más profundo: la imposición de ideologías sin espacio para la discusión y el debate sobre lo que realmente conviene a la nación. Recuperar ese espacio exige coraje intelectual, argumentos sólidos y constancia en la comunicación pública. No basta con ganar elecciones; hay que ganar el sentido común de la sociedad.

El gobierno entrante tendrá la tarea doble de gobernar bien y comunicar con contundencia sus acciones. Lo más difícil no es hacerse elegir, es gobernar con resultados tangibles y sostenibles. Cada miembro de la nueva administración debe entender que, además de gestionar de manera excepcional, su segunda misión es dejar un legado que impida, por la vía de la ley y del ejemplo, que volvamos a caer en las garras de quienes han depredado la cosa pública. La transparencia, la rendición de cuentas y la eficacia administrativa serán las mejores vacunas contra la revancha política

Si la oposición se organiza desde la desinformación y la victimización, la respuesta debe ser propositiva: ofrecer soluciones concretas, mostrar resultados y fortalecer las instituciones. Solo así se podrá desmontar la narrativa de quienes quieren volver a transformar la pérdida en una bandera de resentimiento. La tarea es también cultural: reconstruir el aprecio por la meritocracia, por la iniciativa privada y por el respeto a las reglas del juego democrático.

No es tiempo de triunfalismos ni de relajarse. La batalla por 2030 ya comenzó, y la diferencia la marcarán no solo los líderes, sino una ciudadanía despierta, crítica y comprometida con el debate honesto. Ganar la próxima década requerirá convencer, más que gritar; construir, más que destruir, y gobernar con resultados que hablen por sí mismos.

Ese será, al final, el verdadero legado del periodo que comienza.