Hace unos días la escritora argentina Claudia Piñeiro recordó una frase del guionista mexicano Guillermo Arriaga: “Cada sociedad tiene los crímenes que tolera”. Durante decenios nosotros hemos tolerado, aguantado, sufrido, protagonizado los más espantosos tipos de crímenes y no hemos logrado cambiar un estado de cosas, un código colombiano, que permite que se lleven a cabo todo tipo de acciones delictivas que desfiguran a nuestra sociedad, bajan pavorosamente nuestro listón moral y nos convierten en muchas ocasiones en cómplices, por acción o por omisión, de criminales que obtienen riqueza y poder intimidando y matando.
De lo anterior ha surgido una situación en extremo peligrosa, nos acostumbramos a un nivel de violencia tal que haría prender todas las alarmas y que se consideraría inadmisible en una sociedad más abierta y menos autoritaria que la nuestra. Y más grave aún es que cada nueva noticia criminal supera con creces lo que nuestra imaginación hubiese considerado inadmisible unos minutos antes. Tal es el caso, por ejemplo, de los mercenarios que arribaron a Haití para matar a su presidente. Ya no solo los violentos se regodean con sus compatriotas como víctimas, sino que ahora hacen negocios con la muerte allende nuestras fronteras. Lo de Haití es una mezcla de feroz codicia, demencial impulso tanático y una sorprendente ingenuidad al pensar que la misma impunidad que han tenido aquí la tendrán en otros lugares del mundo.
La alarma por un nuevo desbordamiento de la violencia en Colombia lleva tanto tiempo encendida que ya ni cuidado le ponemos. De hecho, nunca pensamos en que la majestuosa ave de los Andes que campea en nuestro escudo es también un ave carroñera y que un instinto carroñero, llevado a unos extremos indecibles, hace parte de nuestro deformado código político y social. Cuántas veces en una sala de cine no quedan sorprendidos los extranjeros que visitan nuestro país cuando soltamos carcajadas en escenas de inmensa crueldad. Y lo más chocante no es solo que no nos sonrojemos por ello, sino que ni tan siquiera seamos conscientes de tan paradójico comportamiento.
A todas luces, el código que nos rige se ha tornado en algo completamente salvaje, anacrónico, que impide nuestro crecimiento como sociedad y como individuos. Nuestros mejores aspectos individuales y sociales son eclipsados por una fácil propensión a la trampa, a sacar provecho a costillas de otros, a buscar un lado caliente en el cual echarnos mientras usufructuamos –si se nos brinda la oportunidad– los recursos públicos o privados en contra del bienestar colectivo. Y ni hablar de extorsionar, amedrentar o matar con cualquier pretexto, simplemente por el hecho de que envidiamos los bienes o detestamos los puntos de vista de otros. Y todo esto lo justificamos con una inmensa y pueril facilidad. Que si no robo yo otros robarán. Que tengo que pensar en mi pensión (como muchos llaman a los bienes que se roban). Que lo hago porque amo mucho a mi madre, a mis hijos. Que pendejo el que desperdicia la oportunidad. Que o me lleva él o me lo llevo yo. Y tantos etcéteras que ponen en evidencia el lamentable estado de nuestro desarrollo moral.
En definitiva, no tenemos un código, es más bien un anticódigo que nos parece malo cuando es utilizado contra nosotros, pero que luce estupendo cuando lo usamos en nuestro propio provecho y en desmedro de nuestros malquerientes y enemigos. Una vez se cruza la línea entre no tener poder y tenerlo, el anticódigo les parece buenísimo a quienes hasta la víspera eran sus más encarnizados detractores. Por eso en muy raras ocasiones hay renovación social y moral cuando ocurren cambios políticos, porque los excluidos de la nave del poder –sea esta una portería o la presidencia–, en cuanto ponen sus pies en la cubierta de la misma, no tienen objetivo más importante que poner el anticódigo a su servicio, cual bestias rapaces que no le hacen ascos a ninguna presa.
Estamos necesitados de despertar en cada uno de nosotros el ansia por cambiar un código que nos hace parecer una sociedad moderna en la fachada, pero que nos convierte en bárbaros despiadados en cualquier momento. Y es bueno saber que no somos los únicos que debemos hacer una transición tan exigente como necesaria. El código de una gran nación como EE. UU. también tiene supervivencias horrendas, el racismo, el culto suicida a las armas, la propensión a entregarse con locura a todo tipo de adicciones. En Boston, en el siglo XIX, las principales familias, los Boston brahmins, como les llamaban allá, los brahmanes de Boston, se volvieron narcos traficando opio a la China, pero después cambiaron el código y se consolidaron como la élite cívica de EE. UU. No toleremos más el salvaje código Colombia.
