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Opinión

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El personalizante sistema presidencialista, agravado por la televisión, y multiplicado por los debates televisados de los candidatos presidenciales, hace que la escogencia democrática de los gobiernos –es decir, de los presidentes– se haga por fisiognomía, como se llama el estudio de las expresiones faciales de las personas para adivinar su carácter, o incluso su futuro. Es famoso el caso del primer gran debate de este tipo, el que se dio hace casi 60 años entre Richard Nixon y John Kennedy, que el primero perdió (y con él la presidencia imperial de los Estados Unidos) por estar mal afeitado y porque las comisuras de la boca se le iban hacia abajo en un aparente gesto de desagrado o de arrogancia, en vez de hacia arriba, hacia los cachetes, como al otro, en una sincera o fingida sonrisa de esperanza y de promesa. Desde entonces ningún candidato a la presidencia de los Estados Unidos ha dejado nunca de sonreír. Dicen que la fisiognomía, o estudio de las fisonomías, aspectos del rostro de una persona, es una engañosa seudociencia, como la milenaria astrología o la frenología criminalística decimonónica de Lombroso. Pero así son todas las ciencias, hasta que se demuestra lo contrario. Charles Darwin –el de la evolución de las especies– era un fisiognomista entusiasta, incluso con respecto a los animales invertebrados. Y a nivel popular son muchos más los creyentes en el horóscopo del periódico que los que confían en la vulcanología, digamos, o en las ciencias exactas.

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Y así ¿qué vamos a escoger en estas elecciones presidenciales? No vamos a escoger un programa, dicha sea la verdad: ni el minucioso programa de Germán Vargas, expuesto en múltiples lujosos folletos; ni el vagaroso de Sergio Fajardo, hecho de pestañeos y sueños inconcretos; ni el de Humberto de la Calle, tan serio, tan sobrio, tan sobrio, tan serio; ni el ambiciosísimo de Gustavo Petro, lírico y épico, dirigido a cambiar el destino de la humanidad y a salvar el planeta Tierra; ni el de Iván Duque, tan limitado y circunscrito por los tuits de teléfono celular del expresidente Álvaro Uribe.

Ah, y se me olvidaba el de Viviane Morales, como se nos olvida a todos; y también el de… este señor, este señor ¿cómo se llama? Uno que se presenta como Colombia somos todos o cosa así, pero a quien no conoce nadie. Se llama, se llama… Llámese como se llame ¿cuál es su programa?

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Ahora: todos esos programas, minuciosos o vagarosos o dictados por Twitter o ignotos, proponen lo mismo: felicidad para todos los colombianos. Aquí nadie propone empresas que entusiasmen a los pueblos. Batallas étnicas: el exterminio de los antioqueños, o de los costeños, o de los cachacos. Ni, al contrario, el predominio de los pastusos o de los boyacenses. Ni cruzadas religiosas: ni siquiera Viviane Morales anuncia el aplastamiento de los católicos papistas y mariófilos que sobreviven en Popayán o la quema de los ateos que se multiplican en los ministerios o la reconquista sobre los musulmanes que vienen creciendo desde Maicao hacia abajo. Ni disputas ideológicas: aunque los candidatos se acusan los unos a los otros de ser de ultraderecha o de ultraizquierda, ninguno acepta ser ni de derecha, ni de izquierda. Y como ya no hay partidos políticos en Colombia, tampoco vamos a escoger entre filosofías de partido: conservatismo o liberalismo o comunismo o fascismo o socialdemocracia. Ni entre talantes: godos o liberales, que son los dos talantes eternos y universales del zoon politikon que es el ser humano: el animal político aristotélico.

Vamos a escoger a una persona, basados en su cara. Y decía Cesare Pavese que a partir de los 40 años toda persona es responsable de su propia cara. ¿No tiene cara de godo autoritario Germán Vargas? Eso gusta. ¿Y no tiene también cara y cuerpo llenos de redondeces de puro liberal turbayista Iván Duque? Duro, pero blando a la vez. Eso también gusta. En cambio a Humberto de la Calle, debate tras debate, se le ha venido poniendo una cara avinagrada, si no de cura, sí de pastor protestante. Y a Viviane Morales de madre superiora de convento de monjas de clausura. En cuanto a Gustavo Petro, su propia cara es tal vez (no: sin duda) lo peor de su programa. La de Sergio Fajardo, con sus bucles en la frente de pastorcillo griego, no termina de enamorar.

Estas elecciones son trascendentales, pero no son serias.

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Enrique Santos Calderón cuenta las últimas cinco décadas en Colombia a través de su papel en el movimiento estudiantil de los sesenta, su militancia en la izquierda en los setenta, su pluma en ‘Contraescape’, su oficialismo como director de ‘El Tiempo’ y su relación con el hermano-presidente.

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