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Opinión

  • | 2019/08/04 00:30

    En la conciencia de Petro

    En ese momento, la discusión subió de tono. La conciencia de Petro alegó que ella valía más que un guarito y un tamal, y comenzó a perseguirlo.

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*El audio de este artículo está hecho con inteligencia artificial.

Me atormentaba haber votado en blanco en las pasadas elecciones. Las críticas del petrismo en Twitter goteaban sobre mi conciencia hasta filtrarla a fondo y dejar una mancha de humedad que se puede ver desde abajo. Si entraran en ella, podrían verla. Está del lado negro; cerca de los grumos por haber roto la dieta.

Cada vez que opinaba sobre cualquier tema, feroces hinchas de Petro me reclamaban el delito mayor de no haber tomado partido por él y permitir, según ellos, el ascenso del Gobierno de Duque; que tampoco ha sido tan malo, no nos digamos mentiras. Como mandatario ha resultado un excelente hermano, por ejemplo: arrastra a su carnal Andrés a todas partes, lo lleva a que conozca al papa, a que visite la China. ¿Alguien sabe por qué? ¿Qué hace el hermano de Duque en el Gobierno? ¿El hermano de Duque es mamón, como se preguntaba el senador Pulgar ante el micrófono de una plenaria, involuntariamente abierto?

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El hecho es que haberme abstenido de votar por Petro ha valido para que se me apliquen las técnicas de seducción a las que acuden algunos petristas para que uno venza cualquier desconfianza. Es su forma de demostrar que uno no está frente a un colectivo acrítico ante su líder, y feroz ante sus críticos. No importa el tema: puede uno trinar sobre las repeticiones de Betty, la fea, por ejemplo, y los reclamos siempre serán los mismos:

–Claro, se repite Betty, la fea, pero vota en blanco...

–Ah, pero como Petro es igual a Uribe...

Como sea, el matoneo ha hecho mella en mí, y a veces me pregunto si acaso cedí tontamente ante las prevenciones que me despertaban el talante caudillista del Moisés humano: ¿qué pasaría si Petro fuera el presidente de este mismo Gobierno?, me pregunto en secreto; ¿también existiría el cargo de primer cuñado de la nación? ¿Viajaría 22 veces al año? ¿Lo acompañaría su hermano? ¿El hermano de Petro es mamón?

Más aún: ¿cómo serían los furiosos trinos de Uribe si fuera Petro, y no Duque, quien hubiera rendido honores en la China comunista?; ¿cómo los titulares de prensa si fuera su ministro de Hacienda el que reconoce que no sabe por qué sube el desempleo ni cómo frenarlo?

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Esta semana, pues, quise visitar de nuevo a mi conciencia para reconocer mis errores políticos. Cerré los ojos, como suelo hacerlo; puse la mente en blanco, como si fuera mi voto. Pero, dado el caos generalizado que reina en Colombia, de forma increíble aparecí en el borde de la conciencia de Petro, y fui testigo del rifirrafe que sostuvo con lo más hondo de su ser:

–Te pasaste por la faja la opinión de las mujeres del partido. ¿No te da pena, Gustavo? –arrancó la conciencia.

–A Petro, es decir a mí, no lo intimidan las mafias del feminismo.

–Pero óyete hablar, Gus: te la jugaste por el único candidato acusado de maltrato por su mujer...

–Pero al menos ese candidato no es ficha de Fajardo...

–Y, encima de todo, lanzas a tu hijo a la política: ya tienes delfín como cualquier Turbay...

–Es la mejor opción para luchar contra las dinastías familiares que se quieren tomar la política, como los Char...

–Pero ¿qué méritos tiene tu hijo, Gustavo, por favor? ¡Si se parece a Suso el Paspi!

–Suso el Paspi es del pueblo, no de las oligarquías...

–Gustavo, la vez pasada aguanté tus evasivas sobre los fajos de plata que metías en una bolsa...

–¿Y es que acaso solo los ricos pueden tener plata en la bolsa?

–Y hace ya varios años me dejé enredar con lo de que habías votado por Ordóñez porque eres tolerante... pero esta vez no me engañas, y quiero atormentarte por elegir a dedo a tu candidato…

–No tenía tiempo para convocar una asamblea...

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–Convertiste a Hollman en tu miniduque, en “el que dijo Petro”. ¿No te da pena?

–Hollman garantiza que el metro sea subterráneo...

–Y elegiste al que acusan de maltrato...

–No es maltrato hasta que no sea cosa juzgada...

–¿Así es la cosa?

–Petro, es decir yo, cree en la política del amor, y sabe que del amor al odio no hay sino un paso; eso lo aprendí de Gustavo...

–¿Puedes dejar de hablar de ti mismo en tercera persona?

–...De Gustavo Bolívar; lo aprendí en sus telenovelas...

–Dime la verdad: ¿te resulta perdonable que tu candidato maltrate a la mujer siempre y cuando no construya un metro elevado?

–Es que Petro, es decir yo, no permitirá que acosen a las mujeres en TransMilenio o en un metro elevado; solo que las acosen en un metro subterráneo...

–Gustavo, debes recapacitar...

–Y tú debes dejar de ser una ficha de Fajardo...

–Yo no soy una ficha de Fajardo; soy tu conciencia, soy tu Pepe Grillo...

–No me vuelva a decir Pepe, como Claudia López...

–¡Reflexiona! ¡Al menos usa puntuación en tus trinos!

–No me voy a dejar de las mafias de las conciencias ni de la puntuación...

En ese momento, la discusión subió de tono. La conciencia de Petro alegó que ella valía más que un guarito y un tamal, y comenzó a perseguirlo. Se gritaron. La conciencia pasó su renuncia. Y la escena me resultó tan repetida como las que sucedían en su Alcaldía; tan repetida como la de María Mercedes Maldonado. Tan repetida, en fin, como los capítulos de Betty, la fea.

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