OPINIÓN

Fernando Ruiz

La Colombia solidaria

Hay una cualidad de los colombianos que se destaca por encima de todas las demás y es la solidaridad ante la tragedia.
17 de agosto de 2026 a las 10:00 a. m.

Esta semana enfrentamos de nuevo la tragedia. Cerca de la tercera parte de los municipios de nuestra Colombia vieron de frente el rostro adusto de la muerte y la destrucción. La ruina de nuestras viviendas, la destrucción de decenas de escuelas y hospitales, el dolor inmenso de la búsqueda de nuestros seres queridos entre placas de concreto y hierros retorcidos.

No obstante, ese dolor, hay algo en la impronta de los colombianos que nos lleva siempre a la resiliencia. Atravesamos tantas guerras civiles y esa violencia que nos ahogó por décadas pero que también la naturaleza -que nos hace el más verde de los países del globo- suele traicionarnos. Popayán, Armero, Armenia, La Mojana, Florencia, Providencia han sido hitos que nos muestran qué vulnerables somos como nación.

Nuestra historia republicana apenas supera los 200 años y somos un país de regiones y políticamente polarizado. Salir a la calle en Colombia nos muestra una inmensa diversidad cultural y social. Somos un país mestizo, sin mucha memoria de orígenes que nos den identidad.

Realmente son pocas las cosas que nos unen, pero algunas son muy poderosas. Tenemos una institucionalidad fuerte que nos ha salvado de las más potentes iniciativas para arrancarnos el alma -como sociedad- por causa de las egolatrías, las ideologías y los mesianismos. Sin embargo, tenemos un capital social institucional mucho mayor que muchos otros países.

Pero hay una cualidad de los colombianos que se destaca por encima de todas las demás y es la solidaridad ante la tragedia. Soy testigo excepcional y beneficiario de la solidaridad colombiana. Durante la pandemia de Covid-19 cada día, cada semana fui testigo de la solidaridad de los colombianos. Un pequeño ejemplo fue esa inmensa generosidad de todos para aceptar que, primero, se vacunaran los de avanzada edad y los más enfermos y pacientemente esperamos nuestro turno. Estoicamente entendimos que si usábamos un tapabocas protegíamos a los demás.

Como colombianos hemos aprendido a ser generosos desde el dolor. Las largas filas de compatriotas llevando alimentos, frazadas, medicinas en los puestos dispuestos por las alcaldías y la Cruz Roja son conmovedoras. Colombianos de todas las clases sociales, sin distingo, y de acuerdo con sus capacidades, han contribuido de manera entrañable.

Y durante el Congreso Empresarial Colombiano -que convoca la ANDI anualmente- los empresarios de Colombia reunieron más de $200.000 millones de pesos de donación para la reconstrucción de los municipios y ciudades afectadas. En tan solo tres días fue posible semejante contribución. Ese valioso aporte abre la puerta a una nueva Colombia que se está abriendo paso, más allá de los dañinos estereotipos y las narrativas contra el sector privado que en los últimos tiempos nos hicieron tanto daño.

Quedó claro que el gobierno no está solo para hacer frente a la tragedia y que todos los colombianos debemos rodearlo para que la respuesta sea lo más eficazmente posible. Aquí no debe haber espacio para la politiquería, ni la ideología. Se evidencia toda clase de señalamientos, con tinte político, que aisladamente surgen desde los propios actores y actrices que en el pasado usaban la descalificación peregrina como arma política. Esa burda estrategia está mandada a recoger.

Ojalá entendamos que la solidaridad y la cooperación son bienes intangibles que nos iluminan como sociedad. Que también aprendamos a extender esa solidaridad más allá de lo trágico, hacia el común y cotidiano funcionamiento de nuestra sociedad. El futuro no se construye solo con obras de infraestructura, sólo es posible con una base de sentido colectivo donde la humanidad y la reciprocidad permitan que todos tengamos las mismas oportunidades.