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Opinión

  • | 2020/02/08 01:45

    La lucha por el alma de la nación

    Estados Unidos podría estar en vísperas de una guerra civil. No importa quién gane en noviembre: vamos ingresando a una era explosiva e incierta

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Setenta y dos horas. Tres días. En ese espacio, los estadounidenses pasaron la página de una elección normal a una histórica y preocupante. Tres hechos marcaron lo que será el año electoral: los resultados del primer caucus de Iowa, el discurso de Donald Trump al Congreso sobre el Estado de la Unión y el voto del senador republicano Mitt Romney para condenar al presidente.

Dejaron claro que lo que está en juego es la unión americana que conocemos hoy. Las elecciones de noviembre definirán a Estados Unidos, lo bueno y lo malo. Es raro que tres hechos fijen el norte; pero así ocurrió esta semana. 

El primer golpe ocurrió en Iowa. No me refiero al caos informativo porque una app demoró los resultados para saber quién ganó. Parece un empate entre Pete Buttigieg y el senador demócrata Bernie Sanders. La noticia fue otra: el cuarto puesto del exvicepresidente Joe Biden. Quedó la sensación de que el favorito no lo es tanto. Que los demócratas no ven en él un seguro candidato contra Trump. 

Es muy grave para Biden, ya que desaparece un factor fundamental: su elegibilidad. Sin ella pierde tracción. Es cierto que Iowa es solo la primera y hay otros estados donde Biden es favorito. Pero el precedente de Iowa es inevitable y eso impacta, especialmente al exalcalde Mike Bloomberg. Él se la está jugando a ser el otro moderado de la contienda. 

Coincide el drama demócrata con el discurso del Estado de la Unión de Trump. Fue extraño; fue una colección de éxitos narrados por Trump. Pero los resultados fueron opacados por lo que pasó antes y después de su alocución. Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, recibió a Trump fríamente. Lo presentó como el presidente sin las usuales palabras de elegancia.

El presidente, luego, la dejó con la mano extendida, un gesto visto por millones de televidentes. Al acabar el discurso y en medio de los aplausos, Pelosi tomó las hojas de las palabras del presidente y las rompió. Fue, en particular, muy comentado. 

Nunca había habido un gesto así. Fue una falta de decoro y educación; demostró el grado de falta de respeto. No hay regreso después del martes. Y eso es muy grave para el futuro de Estados Unidos. 

El discurso del Estado de la Unión es tradicional. Es una oportunidad para deponer, por lo menos por una noche, las diferencias ideológicas. Lo del martes demostró que ya no es posible. La democracia murió un poco ese día. 

El miércoles el excandidato republicano Mitt Romney intentó darle altura. Romney dijo que, tras consultas con su conciencia, debería votar por condenar a Trump. Dijo que el presidente violó la confianza del electorado y eso tiene consecuencias. No fue un voto cualquiera: es el primer senador del mismo partido del presidente que vota así.

En sus palabras, Romney explicó por qué se vio obligado, por qué el tema era tan importante. Para el espectador, era claro que Romney tenía la razón, que Trump había cruzado la línea de un jefe de Estado. Pero Trump solo perdió a Romney: el 99 por ciento de los republicanos está con él. 

Es un grado de fascinación no visto en décadas. Un hombre es el partido. No hay preguntas. En tres años, Trump cambió la razón de ser del republicano. No hablo de ideología, sino de culto a la personalidad. El impacto será inmenso si gana en noviembre.  

Y seamos claros: Trump hará todo lo posible para triunfar. No hay límites. Incluso hay quienes dudan que acepte un resultado diferente. No cabe en su cabeza perder.  

Los demócratas están en lo mismo: las elecciones son a muerte. Sí, a muerte. No hay campo de cooperación. Ya salió el tren de la colaboración; no hay regreso. 

Estados Unidos podría estar en vísperas de una guerra civil. No importa quién gane en noviembre: vamos ingresando a una era explosiva e incierta. Van a ser años de lucha, en los que las probabilidades de acuerdo serán mínimas. Es una etapa de sangre y lágrimas. 

Setenta y dos horas. Febrero de 2020. El momento en que la carrera a la presidencia pasó de ser una competencia política a una lucha por el alma de la nación. 

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