En el transcurso de los bloqueos producto del paro nacional, que lleva el país sufriendo más de una semana, se presentó un hecho atroz que pocos medios de comunicación registraron y que muchos otros guardaron un silencio conveniente. Una mujer en trabajo de parto prematuro, y que era trasladada de urgencia desde Chocontá hacia Bogotá, tuvo la desgracia de encontrarse con una horda de manifestantes, a la altura del municipio de Tocancipá, que no permitió dejar pasar la ambulancia. La mujer dio a luz en el vehículo y el bebé murió.
Nadie dijo nada. La ONG Human Rights Watch, tan vigilante y presta para denunciar los excesos ocurridos en el transcurso de las manifestaciones, no levantó su voz de protesta. El Comité del Paro, los periodistas, influenciadores y los políticos que promueven las movilizaciones dejaron que el asunto pasara de agache, porque lo reviste una gravedad condenable en el marco de la violación del derecho internacional humanitario y que consiste en no haber dejado pasar una ambulancia. El bebé no murió. Al bebé lo mató la indolencia de quienes, estando en la vía, decidieron obstaculizar el paso de una misión médica. ¿Cuáles son los nombres y apellidos de esas personas? Nunca lo sabremos.
Nadie debería morir cuando decide ejercer el derecho democrático a la protesta, pero mucho menos cuando decide ejercer su derecho a no protestar. Y soy contundente: que caiga todo el peso de la ley para aquellos miembros de la Policía que se exceden en el uso de la fuerza y manchan el honor de su uniforme. Pero en Colombia las marchas son vandalizadas y la violencia que generan opacan la manifestación de miles de personas que lo hacen en paz. No nos digamos mentiras, en esta oportunidad ha sido evidente que existen una o varias organizaciones criminales que han planeado y ejecutado en sincronía un plan violento y, además, hay políticos tomando ventaja de estas movilizaciones.
El que más ha pescado en este río revuelto es Gustavo Petro. En el marco de las marchas, y desde la comodidad de su lujosa biblioteca, ha estimulado la protesta. En nada le afecta que la gente se enferme, al fin y al cabo él no sale a las calles. Lograr desestabilizar y debilitar la democracia colombiana es su objetivo. Por eso no tiene recato en usar expresiones consignadas en sus redes sociales de este nivel: “golpe de Estado”, “dictadura”, “poder mafioso que opera el Gobierno”, “masacre desatada por el Gobierno”, “masacre de Duque”, “Gobierno tiránico”, “la barbarie se ha tomado a Colombia”, entre otras.
El candidato Petro ha aprovechado el paro para hacer “alocuciones” y enviar mensajes con la narrativa y gesticulación de un estadista mesurado. Pero el interlineado de sus argumentos lo traducen y amplifican sus senadores, representantes a la Cámara, concejales y ediles, en un discurso cargado de odio, destrucción, pero, sobre todo, de mentiras.
Antes del inicio del paro, una de las condiciones para que este se evitara, dicho por el propio Petro, era el retiro de la reforma tributaria. Luego de que el presidente Iván Duque lo hizo, presionaron por la renuncia del ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla. Lo lograron, pero siguieron las exigencias. Petro avanzó diciendo que hay que tumbar la reforma, planteada por el partido Cambio Radical, de la salud y la reforma tributaria de 2019.
El pretexto no importa. A Petro le sirve el caos. Pero ya veremos los resultados en las próximas encuestas en lo referente a su imagen favorable y la intención del voto de los colombianos. ¿Mejorará, empeorará o se quedará igual?
En poco más de una semana, Colombia ha estado al borde del abismo y del colapso. La debilidad del Gobierno de Duque, por cuenta de sus errores, desgaste y arrogancia, ha sido aprovechada por Petro, que con habilidad maneja la bipolaridad narrativa. Ataca sin piedad y después propone que en las calles la gente se abrace.
El país ha tenido en estos días una muestra gratis, pero dolorosa, de lo que sería el Gobierno con Gustavo Petro como presidente. Laxitud con los delincuentes, opresión con los ciudadanos que no quieren marchar (¿o hacer caso?), permisividad con las minorías violentas que se han tomado carreteras para impedir el paso de alimentos, abastecimiento de gasolina, de las vacunas y las misiones médicas. Así como la destrucción de negocios, incendio de sucursales bancarias y de los sistemas masivos de transporte público.
Es que Petro no es contundente en la defensa del pueblo, es decir, de las mayorías silenciosas. Esas que no marchan ni lo aplauden en las redes sociales mediante un “me gusta” en una publicación. Por el contrario, solo les habla a sus áulicos reales y virtuales con el objetivo de infundir miedo y terror.
Las mayorías silenciosas son las que ven, oyen, entienden las noticias, pagan impuestos y votan. Estos ciudadanos que, con paciencia, se indignan y soportan las improvisaciones de los gobiernos de los alcaldes alternativos como los de Bogotá, Medellín, Cali o Manizales en materia de seguridad y empleo. Y ahora además, sin marchar, tienen que sufrir la ola de violencia nacional, asumir la inflación de los precios por efecto del desabastecimiento y evidenciar el accionar de un líder como Gustavo Petro, que avala y justifica la vandalización en todo el país.
Petro pareciera no ser consciente de que la gente no es tonta, no le cree sus mentiras, repudia la incitación a la violencia y destrucción, y por el contrario, tiene muy claro que con él en la presidencia, Colombia se convertirá, en un abrir y cerrar de ojos, en otra Venezuela.