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| 4/4/2004 12:00:00 AM

El alcalde ciego

Apolinar Salcedo,el controvertido alcalde de Cali, perdió la vista de un balazo a los 7 años.Esta es su increíble historia.

El alcalde ciego El tacto se le ha desarrollado tanto que tan pronto lo toca una persona la reconoce sin necesidad de haberla oído.
Ser alcalde de una ciudad colombiana es un reto lo suficientemente difícil para alguien con los cinco sentidos. Con más razón lo es para quien le falte quizás el más importante: la vista. Y aunque durante las elecciones la limitación de Apolinar Salcedo Caicedo se registró como una curiosidad, hoy es una realidad que la tercera ciudad más importante del país está gobernada por un ciego.

El Alcalde de Cali no es el primer político con esta dificultad pero sí uno de los pocos ejemplos que saltan a la mente. El caso más conocido es el de Joaquín Balaguer, quien fue presidente de República Dominicana durante siete períodos y perdió la vista en los últimos años de su gobierno. El actual ministro del Interior inglés, David Blunkett, es también invidente. Pero una cosa es quedar ciego cuando ya se ha construido una trayectoria política y simplemente se es reelegido, como sucedió con Balaguer, otra ser nombrado, como el ministro inglés, y otra muy distinta cuando toda la carrera política se ha hecho sin la vista, ganando elección tras elección.

En el azaroso mundo de la administración pública esta limitación hace que sea casi impensable ejercer. Polo, como llaman cariñosamente a Salcedo, cita una frase de Balaguer: "A mí me eligieron para gobernar, no para enhebrar agujas". Con el mismo sentido del humor que le permite reírse de sí mismo y de su ceguera anunciaba en la campaña que "tenía fe ciega de que iba a ganar"; dice que hubo "amor a primera vista" con su esposa Cecilia, y bromea con el cuento de que el alcohol es bueno para la vista porque cuando llega un poco tomado ella le advierte: "Siga bebiendo pa' que vea". Durante la contienda electoral, Salcedo incluso se inventó un chiste: que una vez se encontró con Kiko Lloreda, quien usa un bastón para caminar, y lo saludó: "Hola Kiko ¿cómo andás?", y que éste le contestó, "como ves, pendejo".

Gobernar, y más a una ciudad con cerca de dos millones y medio de habitantes y tan emproblemada como Cali, requiere un alcalde con los ojos bien abiertos. El electorado creyó en el lema de la campaña de Apolinar: "Él ve lo que otros no han querido ver", y lo eligió. Sin embargo, ya como Alcalde su ceguera despierta cierta desconfianza entre algunos ciudadanos. Para criticarlo se ríen asegurando que tapará todos los huecos que vea. Más en serio, se preguntan cómo evitar que le metan goles en la firma de contratos que él no puede leer y en lo que depende de su gente de confianza. ¿Cómo evitar que otros lo engañen y gobiernen por él? ¿Cómo puede proponer ideas de diseño para el transporte masivo de Cali, como de hecho lo está haciendo, si no puede saber cómo cambia la ciudad?

Cali ha ido desmoronándose poco a poco. Los índices de violencia se han disparado a tal punto que en los tres primeros meses del año fueron asesinadas 605 personas, es decir, 108 personas más que en el mismo período de 2003. La violencia se ha exacerbado últimamente por la confrontación de los carteles de la droga. Los índices de pobreza también son alarmantes, se calcula que hay 150.000 niños sin acceso a la educación y 26.000 desplazados. A esto se suman otros problemas como la mala situación de la malla vial, una deuda con el sector bancario de 580.000 millones de pesos y que las Empresas Municipales, Emcali, se debatan entre la liquidación o la salvación. Los caleños no creen en su clase política y han cuestionado duramente a los últimos alcaldes.

En esta coyuntura histórica, no deja de llamar la atención que un ciego haya llegado a la Alcaldía con 50 por ciento de popularidad y que a los 100 días de iniciada su gestión tenga una imagen favorable del 65 por ciento. Pero esta es sólo la más reciente de sus victorias.

Porque Salcedo no tuvo sólo que enfrentarse a su ceguera sino también a la pobreza. Nació hace 49 años en la vereda Sabaletas, de El Cerrito (Valle), en el hogar formado por Zoraida Caicedo, una mulata lavandera, y Luis Alfonso Salcedo, un campesino curtidor de cueros. "¡Cómo disfruté de niño cuando acompañaba a mi vieja en esa labor de alimentación de los caballos! Me fascinaba mirar trabajar aquellos animales y aún hoy recuerdo esa visión maravillosa que alimenta mi idea del mundo de la luz", escribió Apolinar en su autobiografía Signos de luz. No son muchas las imágenes nítidas que permanecen grabadas en su mente: las aguas cristalinas del río Sabaletas y sus peces de colas rojas, las mejillas rosaditas de su hermana Rosalía cuando era pequeña, "porque era la más blanquita y los demás éramos negritos", y el cielo estrellado de verano cuando se acostaba en la hierba a contemplarlo. Sin embargo, hay una escena grabada en su memoria que preferiría olvidar: la de su amigo Horacio con un rifle en sus manos, el arma que en medio de un inocente juego le quitó la vista a los 7 años.

Una nueva vida

Apolinar recuerda el 14 de octubre de 1962 como el día más triste de su vida. Hasta entonces había tenido una infancia feliz a pesar de las dificultades económicas y acababa de comenzar a estudiar en la escuela. Sólo alcanzó a ir dos semanas a clase cuando ocurrió el accidente. Él y sus amigos jugaban canicas en el patio cuando escucharon el llanto de una niña dentro de la casa. Era su prima que estaba ese día al cuidado de su amigo Horacio. Los niños dejaron el juego y se fueron al cuarto de la bebé. Después de consentirla un rato, Horacio tomó el rifle que estaba detrás de una puerta. Era del tío de Polo, quien trabajaba como vigilante de una curtiembre. El niño empezó a jugar con el arma. "Lo que pasó enseguida no lo recuerdo, dijo Salcedo. Cuentan los otros niños testigos del momento, que se oyó una detonación y yo caí bañado en sangre". La bala atravesó su cabeza desde la sien izquierda hasta la derecha.

Una vecina escuchó la algarabía y se encontró con la aterradora escena. De inmediato avisó a doña Zoraida, quien recogió a su hijo y salió a la solitaria carretera en busca de alguien que los llevara al centro de salud de El Cerrito. Un taxista los recogió pero al llegar les dijeron que no había recursos para atender la emergencia. Entonces fue necesario llevarlo al Hospital Departamental del Valle en Cali. Horas más tarde, los médicos informaron a la familia que tenían que operar al niño de urgencia, pero que antes debían pagar una gran suma de dinero. Lo único que pudieron hacer en esas circunstancias fue dejar internado a su hijo y regresar a su vereda a buscar ayuda de los vecinos. Unos días más tarde los temores parecieron desvanecerse pues los médicos anunciaron que no sería necesario operarlo, que su vida no corría peligro. Acudieron emocionados a recogerlo al hospital cuando el propio niño les dio la terrible noticia: no veía nada. Los médicos tranquilizaron a los padres diciéndoles que la recuperación era sólo cuestión de días, que encerraran al niño en un cuarto oscuro y le echaran unas gotas de terramicina hasta que recuperara la vista.

Pero la esperanza duró poco. Una semana después Polo amaneció con un insoportable dolor de cabeza. La cara empezó a hincharse y más tarde perdió el conocimiento. Por consejo de un pariente, sus padres lo llevaron al consultorio del doctor Ignacio Jaramillo Sáenz, a quien hoy recuerda como su salvador porque le ayudó a recuperarse sin pedir nada a cambio. Según la autobiografía, el doctor Jaramillo les explicó que los primeros médicos que lo atendieron sólo curaron las heridas externas y en consecuencia el niño tenía una grave infección intracraneal. Con el tratamiento del médico logró salvarse pero nunca recuperó la vista.

Entonces empezó la nueva vida de Apolinar Salcedo. Al comienzo era torpe, pero con el tiempo volvió a pescar, a montar a caballo y hasta a jugar fútbol con pelotas con cascabeles para ubicarlas por el sonido. Poco después lo recibieron como estudiante interno y becado en el Instituto de Niños Sordos y Ciegos de Cali, lo que significó alejarse de sus padres y de sus cinco hermanos menores. Allí estudió hasta cuarto de bachillerato y aprendió el Braille.

Terminó la secundaria en el colegio público Eustaquio Palacios, donde estudió con niños sin discapacidades. Acomodarse fue difícil: "Tuve que inventar métodos muy propios para seguir la velocidad de las clases, y apoyarme en los compañeros para que me lo repitieran todo y me ayudaran a resolver las tareas. Pero me gustaba que me trataran en igualdad de condiciones", relata Apolinar.

Aunque superó esta prueba al graduarse quedó en una suerte de limbo: quería estudiar derecho pero no tenía los recursos para hacerlo.

La Universidad Libre de Cali le dio la oportunidad de presentar un examen de admisión con la ayuda de un auxiliar que llenaba los espacios de falso y verdadero por él. Apolinar obtuvo la mayor nota y lo becaron. Para financiar su estadía en Cali trabajó durante algún tiempo como empacador en una fábrica de condimentos, empleo que le consiguió el Instituto Nacional de Ciegos. Salcedo se graduó con todos los honores. Gracias a los contactos que hizo durante su época universitaria logró ubicarse en la Secretaría de Hacienda de la Gobernación como supervisor de rentas. Esta fue su primera experiencia en la administración pública pues también fue asesor de la Alcaldía para los programas de discapacitados y concejal por tres períodos consecutivos desde 1994.

La estrategia principal de su primera campaña fue subirse a los buses y exponer sus ideas. Pero cuando veían a un ciego con pose de dar discurso, muchos pasajeros sacaban monedas porque pensaban que iba a pedir una limosna. A pesar de las vergüenzas que pasó, su idea dio resultado pues sacó 4.534 votos y entró al Concejo raspando. Ya para su tercer período obtuvo la mayor votación de todos los candidatos al Concejo: 16.315.

Ahora, cuando cumplió su sueño de llegar a la Alcaldía, el momento en que perdió la vista tiene otro significado en su vida. "Estoy convencido de que si no hubiera quedado ciego, no hubiera llegado tan lejos"..



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