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| 2/24/2018 10:01:00 AM

10 cosas que me hacen una mala madre. O: una lista reivindicativa

Ser mamá en el siglo XXI es un reto. Los juicios a la labor están a la orden del día. Cada persona tiene una opinión y una sugerencia, y las redes sociales muestran que si no se es una excelente trabajadora, con cuerpo de modelo, hijos divinamente presentados, capacidades culinarias de chef Michelin y una vida de pareja maravillosa, se ha fracasado en el intento.

10 cosas que me hacen una mala madre. O: una lista reivindicativa 10 cosas que me hacen una mala madre. O: una lista reivindicativa Foto: Pixabay

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1. Ser mamá no me define
Me convertí en madre por decisión y el embarazo de mi hijo fue buscado y deseado. Cada vez que lo oigo decirme “mamá” el pecho se me hincha de alegría, esperanza, fortaleza. Mi hijo es mi gran sueño hecho realidad. Pero aun así, ser madre no me define. Yo, Carolina, soy mucho más que solo la mamá de Luca. Tengo aspiraciones y proyectos que van más allá de él. Y agradezco que así sea, pues así como no quiero que mi vida gire alrededor de la maternidad, tampoco quiero más adelante tenerle reproches a mi hijo por frustraciones mías. Esa es una carga que ningún hijo debe cargar. “La vida de uno es la vida de uno”, dice Valerie Meikle en el documental Amazona, y aunque no comparto sus posturas hacia la maternidad (es más, sentí una rabia profunda al ver su historia en pantalla) sí estoy de acuerdo con este postulado suyo.

2. Trabajo
Me da mucha risa cuando oigo a personas decir que tal o cual mamá prefirió trabajar a cuidar a sus hijos, como si ganarse el pan fuera una opción. Seguro, para algunas mujeres puede que lo sea, pero seamos realistas: la grandísima mayoría de madres trabajadoras lo son, antes que nada, por necesidad. Son muy pocas las que deciden trabajar como hobby, como capricho. Pero más allá de eso, a mí me gusta trabajar. Mi carrera profesional es uno de mis grandes orgullos, y aunque la logística entre semana puede ser extenuante y el tire y afloje de la culpa por estar tantas horas lejos de mi retoño puede ser agobiante, no pienso renunciar a mis espacios, mis retos y mis logros. Aunque, debo decirlo, admiro mucho a las madres que dedican el 100 por ciento de su tiempo a sus hijos. Es el trabajo más importante y menos apreciado de nuestra sociedad.

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3. Practico el colecho
Creo que los bebés requieren del calor y los brazos de su madre todo el tiempo, sobre todo en sus primeros meses, y que necesitan de la lactancia a demanda. También soy fiel seguidora de la teoría del doctor James McKenna, director del laboratorio de comportamiento del sueño entre madre y bebé de la Universidad de Notre Dame, quien asegura que compartir lecho o cuarto durante por lo menos el primer año de vida del pequeño ayuda a prevenir el síndrome de muerte súbita en los bebés. Pues a) estar cerca a la mamá ayuda a que el pequeño no se le olvide respirar y b) ¿quién dijo que los bebés debían dormir profundo o derecho toda la noche? Todo lo contrario, sus cerebros en formación requieren despertar, para respirar, para comer. Dicho eso, también confieso que practico el colecho porque he comprobado que es la mejor estrategia para poder dormir así sea un poco más, de lo que podría con un bebé o infante en otro cuarto. Al final, también lo hago por mí.

4. Di teta a mi hijo hasta los dos años y ocho meses
De nuevo y al igual que como con el colecho, lo hice por los beneficios que tiene la lactancia materna para el bebé y la mamá. Pero de nuevo, confieso que también lo mantuve porque es la forma más práctica y rápida para calmar a un chiquitín. Cualquier golpe, disgusto o enfermedad pasa mucho más rápido gracias al poder de la teta. También es un somnífero maravilloso, que ayuda a evitar llantos y pataletas a la hora de irse a dormir. Además, es un viaje de oxitocina, la hormona clave para la lactancia y también conocida como la hormona del amor y la felicidad. Poner a Luca a la teta no solo lo calmaba a él, también me tranquilizaba a mí.

5. A veces dejo a mi hijo con terceros y salgo con mi esposo o con mis amigos
Sí, a veces me doy permiso de divertirme sin mi hijo. Y salgo, me tomo un par de cervezas, como rico, voy a cine o incluso a alguna fiesta. Tengo la buena fortuna de contar con una red familiar amplia de abuelos y tíos, siempre dispuestos a colaborar con la causa. Como mi esposo y yo somos ambos padres y responsables por el bienestar de la criatura, si salgo con mis amigos lo dejo con él. Y no, él no ayuda ni hace de niñera, él simplemente cumple con su función paterna como yo cumplo con la materna y parte de eso es ayudar a la buena salud mental del otro al permitirle esos espacios. Es necesario respirar, darse aire, pensar en otras cosas, rodearse de energías distintas. La crianza es dura, es diaria, no para, y enfrentarse a ella es un reto, uno muy lindo sí, pero igual desgasta. Hay que salir un poco para poder volver a estar feliz adentro, y dar el 100 por ciento de amor y dedicación necesarios para la ardua labor de educar a los ciudadanos del futuro.

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6. Lo dejo ver pantallas
Luca tiene permiso de ver televisión y jugar con el iPad. No es que lo siente el día entero frente a una pantalla, obvio que no. Pero hago uso de ellos para su entretenimiento, por supuesto, pero también en momentos en que necesito algo de tiempo para que la vida fluya. Como cuando el niño ya está vestido, pero uno sigue en toalla y goteando agua, en ese momento lo dejo ver alguno de sus programas favoritos para poder arreglarme y salir a tiempo, a la ruta o a la cita, al parque, a donde sea. También los sábados y domingos, cuando preciso se despierta a las 7 de la mañana y uno quiere dormir 30 minutos más. Ya es un experto para navegar YouTube Kids y lo que más le gusta ver son unos videos de huevos gigantes hechos en plastilina que adentro traen toda clase de juguetes y sorpresas. Esos se los dosifico, pues prefiero que vea series con historias. A mí me encantan Thomas and Friends, Dinotren y Peppa Pig. A él también.

7. Le compro huevos sorpresa para mitigar la culpa
Como ya les conté, mi hijo está obsesionado con los huevos y ama los huevos sorpresa de chocolate. A mí me molesta mucho que acá en Colombia vengan en versión niño y en versión niña. Me parece que no contribuyen a una crianza que vaya más allá de los estereotipos de género, que es como quiero educar a Luca. Aun así, más de una vez cedo y le compro los dichosos huevos. A veces se los llevo de regalo para mitigar la culpa que siento al no estar con él más tiempo y perderme de eventos importantes, como esta semana que hizo por primera vez popó en su bacinica. Fue un momento especial que me perdí, entonces para compensar, y sentirme un poco mejor, le regalé un huevo.

8. No estoy feliz con el cuerpo que me quedó después del embarazo
Siempre he sido delgada y sigo siéndolo después de haber tenido a mi hijo. Pero mi cuerpo ya no es el mismo. Casi tres años de lactancia dejaron su huella, el embarazo me produjo estrías en la barriga, y los músculos están bastante más flojos que antes. Sé que con ejercicio esto se podría atenuar, pero la verdad es que el tiempo no me da para hacerlo. Lo intenté. Pero me estresaba más saber que no llegaría a mi clase de Pilates a menos de que incumpliera alguna de mis obligaciones, o dejara de dormir un par de horas más. Y la verdad, después de tanto sueño perdido en el último par de años, siento que mi sacrificio no debe ir por allá. Quizás, más adelante, algún día vuelva a tener el espacio para cuidar de mi cuerpo un poco mejor. Por ahora me permito indulgencias y trato de mirar el espejo solo de reojo cuando estoy empelota. Pero una cosa si les puedo decir: haber sido madre no me hizo sentir más femenina ni más sexy. Aunque sí he de admitir que me permitió admirar las capacidades del cuerpo humano. Crear, criar, alimentar y sostener una vida es un superpoder.

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9. Comparo a mi hijo con otros niños y a mí misma con otras madres
También he caído en la trampa de Instagram, Pinterest, Facebook y demás redes sociales en las que la gente se dedica a presentar vidas idílicas y retoños perfectos. Y después de darme lapo por no saber hacer muffins, cupcakes y cisnes de servilleta, y por preferir vestir a mi hijo con sudaderas (para que pueda moverse, correr y estar cómodo) y no con corbatines y tirantas, entendí que cada madre y cada hijo son un universo. Que las tablas comparativas de logros por mes que nos venden diferentes páginas dedicadas a la crianza no se tienen que cumplir paso a paso y que no por eso mi hijo salió con un defecto de fábrica o yo soy una pésima cuidadora.

10. No me quedo callada y cuento lo que siento y pienso de verdad sobre la maternidad
La maternidad tiene un halo de misterio y santidad que por un lado hace que muchos temas sean tabús, aun hoy en día, y que otros solo puedan ser tratados de manera positiva para no herir susceptibilidades. Creo que eso hace mucho daño. Es hora de que las mujeres contemos nuestras historias y a partir de ellas creemos una comunidad empática a los miedos, dudas y tribulaciones de los demás. Todo en la vida tiene luces y sombras, la perfección absoluta no existe y la felicidad es una búsqueda constante en la que se mezcla el dolor, la angustia, la alegría, la plenitud y la experiencia. Yo decidí contar mi experiencia. Es más, escribí una novela al respecto y rompí con ese voto tácito de silencio que no deja a las madres contar lo que les pasa, porque creen que lo que piensan no es normal y que ellas son malas mamás por tener esos sentimientos. Y las invito a que también hablen, cuenten, pregunten. Seamos una comunidad. Una sororidad de la maternidad.

*Editora de SEMANA y autora de las novelas “Un amor líquido” y “El cuaderno de Isabel” (Grijalbo).

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