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| 6/21/2020 7:00:00 AM

Coronavirus, ansiedad y depresión: 8 testimonios del impacto de la pandemia

Para muchos expertos la próxima epidemia puede llegar por cuenta de las secuelas de la covid-19 en la salud mental debido al encierro, la incertidumbre y el miedo. Tras cien días de aislamiento, SEMANA recopiló historias de su efecto psicológico en los colombianos.

Coronavirus, ansiedad y depresión: el impacto de la salud mental en la pandemia Según el Estudio Nacional de Salud Mental hecho en 2015, alrededor del 40 por ciento de la población ya tenía algún síntoma mental, antes de la cuarentena. Foto: Getty images- color semana
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*El audio de este artículo está hecho con inteligencia artificial.

Tres meses después de la llegada de la pandemia, el país enfrenta otra crisis silenciosa: la de salud mental. Uno tras otro, los estudios reportan un aumento de síntomas como depresión, ansiedad, insomnio y abuso de sustancias psicoactivas. No solo por la amenaza del virus, sino por el aislamiento social, la pérdida de la estabilidad económica y la incertidumbre, la inseparable compañera en este tiempo.

Según el Estudio Nacional de Salud Mental hecho en 2015, alrededor del 40 por ciento de la población ya tenía algún síntoma mental, una cifra alta para cualquier país, pero no extraña para Colombia, dadas las condiciones de violencia. Eso no significa que las personas tuvieran trastornos mentales, sino algún síntoma de ellos: tristeza, angustia, problemas de sueño, entre otros.

Tras 15 días de encierro, un estudio hecho por Profamilia con una muestra de 3.500 colombianos reportó que la nueva vida empeoró esos índices. “Más del 60 por ciento había tenido problemas de ansiedad y sentía que perdía el control de su vida”, dice Juan Carlos Rivillas, director de investigación de la entidad. Incluso los que han logrado adaptarse a las medidas preventivas reportaron problemas de sueño, ansiedad y depresión. De esos, un grupo conformado en su mayoría por mujeres amas de casa menores de 39 años reportaron ansiedad, depresión, ira y desmotivación. “Sufren, pero son las que más cumplen las medidas de la cuarentena”, explica.

Este estrés tiene causas muy variadas y, sobre todo, simultáneas: la gente siente la amenaza física a la salud y la estrechez financiera, pero también el distanciamiento social “que influye en que no podemos compartir esas angustias con los demás”, dice el psiquiatra y psicoanalista Ariel Alarcón. A pesar de las soluciones tecnológicas para conectar a la gente, el experto cree que no son suficientes. “Somos mamíferos que necesitamos vivazir en manada para regularnos emocionalmente, sentirnos protegidos y seguros, y esos códigos no son verbales”, agrega.

No poder reunirse genera ansiedad y trauma psicológico por la prolongada exposición a la amenaza. “Si fuera rápido pasa y ya, pero ya llevamos más de tres meses”. De ahí que los expertos en el mundo digan que la próxima pandemia, cuando la de covid-19 se resuelva, será la de salud mental.

Las teleconsultas de los psiquiatras han aumentado y según Nubia Bautista, funcionaria del Ministerio de Salud, hubo un incremento del 30 por ciento frente al año pasado en las líneas de atención en los territorios. En la destinada a la salud mental ya han recibido 4.600 solicitudes por motivo de la pandemia, de las cuales el 60 por ciento es de mujeres de entre 20 y 54 años. Consultan primordialmente por ansiedad y depresión. “Los más vulnerables tienen mayores privaciones económicas y sociales”, dice. Estos problemas vienen unidos a un aumento de violencia intrafamiliar contra niños y mujeres.

Cuatro grupos han resultado más afectados, según un estudio hecho por expertos italianos y franceses. Encabezan la lista las personas que han estado directamente en contacto con el virus, como los que tuvieron que pasar 15 días en una unidad de cuidados intensivos, pero también los médicos y el personal de salud, que tienen una de las profesiones más estresantes incluso en tiempos normales. Ejercerla en medio de una pandemia ha resultado en una carga adicional.

María, una enfermera de un hospital en Medellín, no descansa ni al dormir. Cuando logra conciliar el sueño tiene pesadillas con esta enfermedad, que ya ha matado en Colombia a más de 1.726 personas y en el mundo a más de 433.000. Pero también sufre de insomnio por la incertidumbre de cuándo terminará la crisis o ante la temible llegada del pico de la epidemia. “Me pregunto qué pasará cuando no seamos capaces de hacer más. Qué vamos a hacer cuando no podamos atender más gente”.

Muchos de ellos han sucumbido a la covid-19 por la constante exposición al virus en las unidades de cuidados intensivos (ucis), como confirma el intensivista José Buelvas. “El miedo es que en cualquier momento podríamos estar del otro lado. Hoy tengo con respiradores a colegas que trabajaron conmigo en la unidad de cuidados intensivos hasta hace unos días. Lo dieron todo para sacar a sus pacientes y hoy están intubados y tengo que atenderlos yo”.

Los segundos más afectados, según el estudio, son las personas que ya tenían un diagnóstico en salud mental o que biológicamente tienen más propensión a sufrir estos síntomas. Y por último, el estudio considera a quienes siguen a diario las noticias de la covid-19 por todos los canales mediáticos, que han visto sus trastornos mentales exacerbados. El resto de la población, como muestran los estudios, también presenta un aumento de algún síntoma mental. “Todos estamos estresados de alguna manera”, dice Hernando Santamaría, psiquiatra e investigador de la Universidad Javeriana.

Lo anterior cabe en lo que se espera en situaciones traumáticas como desastres naturales, tema estudiado ampliamente desde la perspectiva de la salud mental. Un estudio con 230 cuidadores de la salud durante la pandemia de SARS en 2003 mostró que 89 por ciento de los que tenían gran riesgo de contagiarse presentaban síntomas mentales negativos. Otro mostró que el miedo relacionado con el contagio del SARS se correlacionaba con los síntomas del síndrome de estrés postraumático.

El efecto ha aparecido en todo el mundo. En Estados Unidos, por ejemplo, la Fundación Kaiser señala en un estudio que la mitad de la gente siente que su salud mental está alterada. Y así como ha pasado en Colombia, las líneas de atención están saturadas por el estrés emocional de la gente. Algunos estudios muestran que en tiempos de turbulencia económica aumentan los suicidios y el consumo de sustancias psicoactivas. Uno de 2007 sobre la salud mental y la gran depresión de 1929 encontró que por cada punto de incremento en la tasa de desempleo aumentaba en 1,6 por ciento la tasa de suicidios.

Muchos sienten los síntomas mentales de la pandemia, pero este efecto podría ser transitorio para la mayoría. Eso cree Santamaría, quien predice que subirán 20 por ciento los síntomas, pero que la proporción del trastorno mental como tal será apenas de 3 por ciento, algo no despreciable. Para él la pandemia no es estática y si en los primeros días hubo más angustia, incertidumbre y más dificultades para comprender lo que pasa, el tiempo que ha transcurrido ha ayudado a la gente a aceptar los cambios. Por eso no hay que desestimar la capacidad de las personas para adaptarse. “Cuando las cosas están peor la gente se inventa más recursos para resolver problemas, otros para ayudarse y otros para generar nuevos cambios. Se adaptan angustiados, pero se adaptan”.

Según lo que sucede en emergencias y desastres, Nubia Bautista cree que 5 por ciento de la población quedará afectada permanentemente. “Redundará en muertes por suicido y en mayor prevalencia de problemas mentales y consumo de sustancias psicoactivas”, dice. Sin embargo, aclara que esta no es una emergencia común y nadie sabe hasta cuándo se va a prolongar.

Eso mismo piensan otros especialistas, para quienes la pandemia representa un trauma sin precedentes en la historia reciente. Los terremotos y los tsunamis son localizados y la gente sabe que puede escapar si tiene la posibilidad de hacerlo. Y las guerras también son crisis largas, pero el enemigo se reconoce, mientras que con la pandemia cualquier ser humano, hasta un familiar, es una amenaza. Así “no se sabe cómo se vivirá”, dice Alarcón. Sugiere que solo se parece a la experiencia de los secuestrados, aislados de todo contacto social. Eso le da pie para decir que va a haber mucha ansiedad social y miedo a salir por temor a contagiarse o a volver a hacerlo. “Cualquier situación social o de aislamiento podría desencadenar síntomas de estrés postraumático”, dice.

Preocupa la perspectiva de que no se resuelva y que los problemas se vuelvan crónicos. Además, a pesar de los esfuerzos del Gobierno muchos temen que el país, con la escasez de psiquiatras y psicólogos, no se encuentre preparado para atender una crisis de esta magnitud. “Estos profesionales fueron excluidos de los paquetes de ayuda del Ministerio de Salud porque no los consideran profesionales de primera línea”, dice Alarcón. Si las cosas siguen así, mucha gente quedará sin atención.

Ante esa realidad solo sirve en este momento poner en práctica estrategias preventivas. De todas –meditar, comer bien, hacer ejercicio y tener rutinas–, la más importante parece ser la conciencia empática, que Alarcón define como entender el sufrimiento del otro en lugar de causárselo. “Es la capacidad de darse cuenta de las emociones propias y de las del otro y establecer un diálogo que satisfagan a ambos”. 

“Cansado del hp zoom”

Alejandro gaviria, 53 aÑos. Académico. Bogotá

“Hace un mes largo, después de una audiencia virtual en el Congreso (mi quinta reunión del día), subí una foto a Instagram. Aparecía malencarado, mirando hacia la pantalla y con una expresión a mitad de camino entre el desespero y la resignación, iba acompañada de una breve leyenda, ‘cansado del hpta Zoom’. Recibí cientos de mensajes, la mayoría de jóvenes agobiados por el encierro, la soledad y las viejas y nuevas responsabilidades. Me di cuenta, entonces, de que la paciencia colectiva estaba agotándose, que un encierro de muchas semanas nos afecta a todos de muchas maneras.

No me puedo quejar. He vivido el encierro sin penurias. Trabajo muchas horas, eso sí. La vida laboral y la vida doméstica, que antes tenían fronteras definidas, están ahora mezcladas de día y de noche. Uno ya no sabe cuándo está trabajando y cuándo descansando, que es otra forma de decir que uno nunca está descansando. Todos los días son iguales: de la pantalla a la cama y viceversa. En mi caso, pasear el perro se ha convertido en una especie de terapia diaria.

Casi todos quienes hemos sufrido una enfermedad seria nos convertimos en hipocondriacos. Tememos lo peor. Sabemos, por experiencia propia, que la salud es un equilibrio precario. Pasé los primeros días del encierro con una ansiedad permanente. Temía contagiarme. Leí obsesivamente los artículos médicos sobre los factores de riesgo. Conocía los síntomas uno a uno con obsesión clínica. Pero todo eso ha ido pasando. Salvo por un ganglio inflamado que me hizo temer una recaída del cáncer, no he vuelto a sentir ansiedad. Puede ser simplemente una forma de adaptación.

Desde hace años sufro de un insomnio crónico que tiene sus picos agudos. Los primeros días del encierro dormí mejor, paradójicamente. No tenía que madrugar y eso me ayudó. Pero he vuelto a dormir regular. Trato de hacer ejercicio, pero no es suficiente. La sobredosis de pantalla y los cientos de mensajes sin responder, creo, me han vuelto a quitar el sueño. Tengo varios amigos psiquiatras. Me gusta hablar con ellos. Sus advertencias sobre los problemas de salud mental derivados del encierro no pueden ignorarse. La vida social es parte esencial de la vida. Si la perdemos, vamos perdiéndolo todo, poco a poco”.

“Ya no quiero más de esto”

Alexander, 40 años. Periodista. Bogotá.

“Un domingo me levanté con dolor de estómago y tuve que ir al hospital. Después de mucha incertidumbre me mandaron a cirugía por una peritonitis. Mientras me operaban, me hicieron la prueba de covid y di positivo, entonces terminé en una uci especial. Cuando desperté tenía sondas y tubos en la boca. El dolor era inimaginable y quería gritar, pero no podía hablar. Era como una película de terror. Enojado, miraba al pedacito de ventana que tenía y me preguntaba por qué estaba ahí. Hoy veo que era el precio a pagar por vivir, porque la lógica era que hubiera muerto. Recuerdo un día que me dio un dolor terrible en la parte baja del estómago. Gritaba ‘¡ayuda!, ¡no puedo más!’, pero los médicos y enfermeras tenían tanta gente que solo podían pasar cada tres o cuatro horas. Alcancé a pensar locuras: veía el cable de llamar al enfermero y pensaba ‘me quiero ahorcar, ya no quiero más de esto’. Pero todo fue pasando y ahora, por fin, estoy en otro lugar del hospital, en donde las cosas siguen difíciles, pero son a otro precio”.

“He llorado a Diario”

Fernanda, 27 años. literata. Bogotá.

“He sufrido de ataques de pánico desde hace años. En enero mis niveles de ansiedad empezaron a subir con el brote en China y desde que llegó acá he tenido tres ataques de pánico. Uno fue tras una noticia falsa que decía que una mujer con covid se había desmayado cerca del almacén de mis papás. Me dio una sensación de ahogo, no podía respirar, sentía la tráquea cerrarse. Llamé a mi mamá y le pedí que cerrara la puerta, pero ella dice que le gritaba y decía cosas sin sentido. El segundo pasó a los dos días en un supermercado cuando alguien me tocó el hombro. Tuve que salir a llorar y a tratar de respirar. El tercero fue el peor. En el edificio decidieron limpiar los tanques y no avisaron. Cuando fui a lavarme las manos, no había agua. Ahí perdí el sentido: bajé a la recepción a preguntar qué pasaba y me dijeron ‘ya volverá’. Yo solo quería lavarme las manos, pero no podía. Después de eso lloro a diario. No salí a la calle hasta un mes y medio después. La primera vez que lo hice, regresé a casa temblando y sudando frío. Aún me sigue pasando”.

“El miedo me acompaña”

José Buelvas, 43 años. Médico. Barranquilla.

“Todos los días estamos viendo pacientes con covid, tenemos que cumplir protocolos estrictos y está la angustia de no cometer una falla que pueda afectar a terceros. Pero también está el miedo a contagiarnos. Sabemos que estamos expuestos al virus más que nadie y que en cualquier momento podríamos estar del otro lado. Pensar que puedo terminar ahí genera mucho miedo; pero no hay tiempo de analizar todo porque hay mucho en juego. Nos protegemos como podemos y entramos a las salas a dar la batalla. En mi caso, el miedo se hizo más evidente por amenazas que recibí. Mi hija está sufriendo mucho; entró en estado de pánico. Yo trato de darle tranquilidad, pero no es fácil cuando la vida nos cambió de un día para otro. Ahora tenemos que movilizarnos con escolta y esperar a que toda esta pesadilla pase. La gente debe entender que los médicos no somos sus enemigos. No estamos en un proceso mecánico en el que no nos importan los pacientes. Tampoco nos lucramos de esta tragedia como muchos piensan. Somos seres humanos y la sociedad no puede sumarnos otro miedo más a todos los que ya tenemos”.

“Así no vale la pena vivir”

Leonardo, 45 aÑos. Ingeniero. Bogotá.

“La primera sensación fue de angustia y estrés por el trabajo. Tanto, que un día me metí debajo de las cobijas por dos horas y no salí aunque el celular y el computador no dejaban de sonar. Luego vino la preocupación de no volver a ver a mis papás vivos. Ellos tienen más de 80 años, comorbilidades y no los veo hace meses porque están en Cali y yo en Bogotá. La comida y la bebida han sido mis escapes. Los primeros días tomaba una cerveza, pero desde hace algunas semanas tengo una botella de whisky a diario al lado del computador. El trago me ayuda a dormir, me hace sentir eufórico, pero al día siguiente la carga emocional y física es muy fuerte. Lo que menos me preocupa es que me dé covid. Mi mayor angustia es la ‘nueva normalidad’. Cuando alguien habla de eso no le veo sentido. A mí no me interesa vivir así. Creo que una sociedad así no tiene futuro y eso me lleva a pensamientos existencialistas. Veo mucha desesperanza y creo que el costo mental será altísimo. Hoy le temo al fin de semana porque no hablo con nadie y me siento más solo que nunca”.

“Me daba miedo salir”

Gonzalo, 40 años. Taxista. Bucaramanga.

“Antes de la cuarentena trabajaba con aplicaciones de carro, pero como las bloquearon empecé a manejar taxi. Eso me hacía vivir muy estresado, porque a veces tocaba hacer colectivo y siempre tenía miedo de que los policías me sacaran un comparendo. Además, las personas en el taxi solo hablaban del virus y todo eso se fue acumulando hasta que el cuerpo reaccionó de forma brusca. Me daba miedo salir, sentía palpitaciones, sudaba, tenía una presión en el pecho y sentía que en cualquier momento me iba a desmayar. “Fui a la clínica, me hicieron varios exámenes, descartaron una enfermedad cardiaca, pero me dijeron que era una crisis de ansiedad. Duré una semana incapacitado. Me recetaron medicamentos, pero la verdad decidí no tomarlos. Como siempre he sido muy deportista, empecé a hacer ejercicio y a llevar una vida más tranquila. También llamé a la Línea Amiga del Hospital Psiquiátrico San Camilo, me atendió una psicóloga, me dijo que hiciera ejercicios de respiración y activación para tratar el estrés. Antes no podía dormir, me tocaba con pastillas o gotas de valeriana. Ahora duermo más tranquilo, los síntomas han desaparecido poco a poco”.


"Me sentía atrapado en un círculo vicioso"

Santiago, 25 años. Periodista. Bogotá. 

"Desde hace tiempo tengo cuadros de depresión. Subo y bajo con facilidad. Antes de la cuarentena tuve uno. No tenía trabajo y mientras el mundo parecía tan feliz afuera, yo en cambio, estaba en mi casa encerrado. Fueron tantos días que ni siquiera recuerdo el número. Tal vez ocho o quince. Pero luego encontré trabajo y mi estado de ánimo se niveló. Lo curioso es que en la cuarentena he sentido más ansiedad que depresión. Al principio todo el tiempo me preguntaba hasta cuándo duraría la cuarentena. Estaba encerrado en mi casa, ese lugar que debería hacerme sentir seguro, pero para mí no lo era. Y eso se mezclaba con el miedo de volver salir. Me sentía atrapado en un círculo vicioso. Debido a eso empecé a tomar más alcohol de lo normal. Cada semana me compraba una botella de whisky y con los días el número empezó a subir. A veces era una, luego dos, hasta que en un punto me prendía a diario. Salía a fumar al balcón y se me iban las luces. Estaba en una crisis extraña, Entre beber, fumar marihuana y tomar fluoxetina (un antidepresivo suave) me daba la sensación de que todo el tiempo estaba flotando. Empecé a mezclar todo y fue un grave error. Hoy sigo tomando con frecuencia pero le he bajado. Ya no me siento en ese círculo vicioso porque salgo más de la cuenta. Además empecé a hacer fotos y a escribir para canalizar esa ansiedad. Ya siento que lo pude controlar".

Cómo prevenir

Según los psicólogos, en el transcurso de la pandemia casi todos experimentarán una alteración en su salud mental. La mayoría, sin embargo, serán pasajeras. Aquí algunos consejos para evitar secuelas a largo plazo.

- Hable de cómo se siente: ayudará a liberar la tensión y a ponerse en el lugar del otro.
- Mantenga una rutina: ocupará su mente y le hará sentir que tiene control de su vida.
- Fortalezca su red de apoyo: las llamadas constantes con amigos y familia reducirán el impacto de la soledad.
- Coma sanamente: estudios han vinculado la comida chatarra con más riesgo de depresión.
- Haga ejercicio: libera endorfinas, ayuda a la concentración y mejora el humor y la memoria.
- Evite los excesos: comer y beber de más solo dan un alivio pasajero. A largo plazo pueden generar hábitos difíciles de dejar.
- Descanse: el encierro cambió la forma de trabajar, pero es importante encontrar espacios para desconectarse.
- Busque ayuda: si presenta síntomas permanentes como insomnio o falta de apetito o motivación es tiempo de consultar a un experto.

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