Hace apenas unos días, la República Islámica de Irán parecía haber logrado lo impensable: reconfigurar la arquitectura de seguridad regional a su favor. Al conseguir que Estados Unidos firmara un memorando de entendimiento (MOU), Teherán obtuvo legitimidad diplomática, la perspectiva de obtener miles de millones de dólares, control sobre el tránsito por el estrecho de Ormuz y vía libre para mantener intactos su programa de misiles y su red de milicias aliadas (proxies).

El acuerdo, además, logró marginar a Israel y proyectó la imagen de un Washington dispuesto al apaciguamiento, que llegó incluso a describir a la teocracia iraní como un actor “racional, fuerte e inteligente”.

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La estrategia de guerra asimétrica desplegada por Irán antes del acuerdo constituyó un notable caso de éxito frente a un adversario militar muy superior. Al amenazar la estabilidad de los ricos Estados del Golfo y convertir el estrecho de Ormuz en un instrumento de presión, el régimen demostró su capacidad para imponer elevados costos económicos a sus adversarios mediante la desestabilización del mercado energético global.

Pedram Fanian, analista e historiador canadiense-iraní residente en Colombia. Foto: Guillermo Torres / Semana

De la ‘realpolitik’ a la revancha

Sin embargo, tras la muerte de Alí Jamenei, los días de ceremonias de duelo y la intensificación de la narrativa chiita del martirio alteraron el cálculo estratégico del régimen. La lógica de la realpolitik fue desplazada por una retórica de revancha islamista cada vez más absoluta.

La primera señal llegó el 5 de julio, cuando en Teherán se exhibió un cartel con el rostro de Donald Trump marcado como objetivo, acompañado de amenazas explícitas de magnicidio difundidas por la televisión estatal. Días después, la Guardia Revolucionaria atacó buques comerciales en el estrecho de Ormuz, en una flagrante violación del alto el fuego. Finalmente, el presidente del Parlamento y principal negociador con Estados Unidos, Mohammad Bagher Ghalibaf, afirmó que la venganza contra los responsables del asesinato de Jamenei —una referencia inequívoca a Donald Trump— debía consumarse, y que la “liberación de Jerusalén”, un objetivo histórico de la República Islámica en su confrontación con Israel, seguía siendo una prioridad estratégica.

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La trampa de la humillación

Aquí radica el verdadero error de cálculo de Teherán. Aunque sus dirigentes comprendieron cómo presionar militarmente a Washington, ignoraron un factor decisivo: la psicología del liderazgo.

Teherán entendió la lógica de la coerción, pero no comprendió la psicología de la humillación y la credibilidad. Subestimaron la profunda aversión de Donald Trump a proyectar una imagen de capitulación frente a Irán o de debilidad ante sus adversarios y aliados. Al no ofrecerle una salida que preservara su credibilidad, Irán hizo prácticamente inevitable una respuesta militar.

Esa respuesta llegó el 7 de julio de 2026, cuando Trump dio por terminado el frágil alto el fuego e inició una campaña de bombardeos sistemáticos contra las defensas aéreas y costeras iraníes. Una semana después, Washington formalizó un bloqueo naval que elevó el conflicto a su nivel de mayor volatilidad geopolítica, afectando también los precios del petróleo y la inflación global.

Banderas de Estados Unidos e Irán Foto: Getty Images

Escalada y conflagración regional

La entrada directa en el conflicto de Estados del Golfo como Baréin y Kuwait —tras sufrir ataques en sus territorios y graves afectaciones en sus economías e infraestructuras estratégicas por parte de Teherán— marca un punto de inflexión decisivo.

Esta expansión transforma un escenario que ya involucraba a Israel y a Estados Unidos en una conflagración regional aún más amplia y destructiva, lo que compromete definitivamente la seguridad en el Golfo Pérsico y eleva el conflicto a un nuevo nivel de impredecibilidad.

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La lección final

Mientras Israel observa este escenario convencido de que el debilitamiento del régimen puede crear las condiciones para un cambio político en Irán —una posibilidad que transformaría profundamente el equilibrio regional—, la principal lección es que Teherán estaba ganando la partida estratégica, pero perdió el control de la dimensión psicológica del conflicto.

Sus dirigentes no supieron reconocer los límites de la narrativa de la venganza ni el valor estratégico de la moderación. La guerra no solo se decide por la correlación de fuerzas, sino también por la comprensión de la psicología del adversario.

Mientras tanto, el pueblo iraní paga el precio más alto: mayoritariamente opuesto al régimen teocrático y sin capacidad para influir en los acontecimientos, permanece atrapado bajo un régimen que continúa privilegiando sus ambiciones militares y su búsqueda de una grandeza imperial, así como su apoyo a grupos armados afines, por encima del bienestar de sus propios ciudadanos.