Son las dos de la mañana en Kiev, capital de Ucrania, y suena nuevamente una alarma ensordecedora, que al instante es acompañada de una sirena que pondría en alerta a cualquier otra persona; a lo lejos se escuchan aviones y explosiones. Rusia está atacando nuevamente territorio ucraniano a tan solo kilómetros del centro urbano más grande del país. La recomendación es evacuar lo más pronto posible y resguardarse en un refugio antibombas. Sin embargo, Juan Pablo Barragán y su esposa se dan la vuelta y vuelven a dormirse. Ya forma parte de la rutina.
Hace poco más de cuatro años que comenzó la “operación militar especial”, un eufemismo con el que el presidente de Rusia, Vladímir Putin, le declaró la guerra a Ucrania y desató una sangrienta invasión con la intención de desmilitarizar a su vecino país y adueñarse de las provincias de Lugansk y Donetsk. Desde entonces, al menos 25.000 civiles ucranianos y más de 200.000 soldados de ambos bandos han muerto, mientras que más de 7 millones de personas tuvieron que huir del país.
Siguiendo el destino opuesto, Juan Pablo Barragán es un joven colombiano de 27 años que hace unos meses vive en Ucrania, aunque la actual es su tercera estadía en el país en guerra. En diálogo con SEMANA, narra el día a día en Kiev, la capital ucraniana, donde ha sido testigo del ambiente de alerta constante que tiene la población ante el miedo de un bombardeo de las fuerzas rusas.
Su historia empieza en 2022, cuando estudiaba su maestría en Cincinnati, en los Estados Unidos, donde conoció a Sasha, con quien hace pocos meses se casó. “Nos enamoramos allá. A ella le salió trabajo presencial en Ucrania, con temas relacionados con la guerra, y a mí me salió un trabajo virtual, luego otro y luego otro. Yo tenía la flexibilidad de mudarme, mientras ella no tenía la posibilidad de irse. Entonces decidimos que yo me viniera para poder seguir estando juntos”.
“Por las noches se escuchan bombardeos. Cuando hay alarmas aéreas, suena una alerta en el celular y una sirena gigante en toda la ciudad. En teoría, uno debería ir al refugio, pero cuando pasa casi todos los días, todas las semanas, uno se acostumbra y muchas veces sigue durmiendo. A veces se escucha la defensa aérea, a veces explosiones cuando interceptan misiles. A veces uno se asusta, pero ya la mayoría de las veces no”, explica a SEMANA sobre la cotidianidad de la guerra.
Juan Pablo cuenta que se considera una persona afortunada, pues Kiev es la ciudad más atacada por los bombardeos rusos, pero también la más protegida del país. Insiste en que no ha tenido que vivir la guerra como muchas otras personas para quienes el conflicto llegó hasta la puerta de sus casas. Sin embargo, muchas noches los sonidos le recuerdan que a pocos kilómetros de donde vive se sigue luchando por la supervivencia del país.
Sus familiares desde Colombia le escriben preocupados cuando escuchan o leen de fuertes ataques rusos contra la capital ucraniana. Y dice que, si bien existe ese sentido de alerta permanente, en las calles se siente cierta normalidad; la ciudad vive repleta de militares, donde se ven muchas más mujeres soldado, ya que la gran mayoría de hombres enlistados están luchando en el frente.
“Todo el mundo tiene un familiar en el frente. Todo el mundo ha perdido a alguien o conoce a alguien que perdió a alguien. Esa es la atmósfera de vivir en un país en guerra: todo el mundo está conectado con ella”, sentencia Juan Pablo Barragán sobre el ambiente en Ucrania, donde sostiene que, a pesar de la cercanía del conflicto, él mantiene una vida muy civil.
De sus compatriotas que han llegado a Ucrania a combatir junto al ejército del país, destaca su valor para enfrentar en el campo de guerra a las fuerzas rusas. “Yo soy colombiano y llegué por razones muy distintas a las de muchos paisanos que están aquí, a quienes les ha tocado perder un brazo, una pierna o compañeros”, dice. “Tal vez lo más difícil es la sensación constante de que uno no está haciendo suficiente. Saber que hay gente muriendo todos los días y sentir que tú haces muy poco. También es duro sentir que uno, de alguna manera, carga la responsabilidad de representar bien lo que está pasando”.
Por su trabajo con varias ONG, en las que constantemente habla de la guerra con protagonistas del conflicto, cuenta los desafíos que vive: “El año pasado di una conferencia sobre justicia transicional de Colombia acá en Ucrania. Y siempre está ese temor de no malrepresentarlos, de no minimizar lo que viven, sobre todo porque uno apenas se está metiendo en el mundo ucraniano y no domina completamente el idioma”.
“También es difícil interactuar con militares. Hay una brecha enorme entre ser civil y ser militar. Ellos han pasado por un infierno que uno ni siquiera empieza a imaginar. Recuerdo decirle a uno: ‘Nos vemos en febrero’. Y me respondió: ‘Hay que ver si seguimos en febrero’. Esa fue una frase que me marcó por todo lo que significaba, ya que uno no puede comprender el trauma completo de dichas personas”.
El invierno añade otra capa de dificultad. Rusia ha atacado la infraestructura energética y los cortes de electricidad son frecuentes. En Ucrania, la luz está conectada al sistema central de calefacción. Este año hubo días de menos 20 grados. “Es un frío tan fuerte que menos 3 parece delicioso. Y a veces no hay ni electricidad ni calefacción”.
“Entonces la rutina cambia: toca dormir con diez capas encima, calentar una cobija eléctrica cuando hay luz para que conserve algo de calor cuando se va. Cargar todos los dispositivos apenas vuelve la electricidad. Trabajar desde cafeterías cuando no hay luz en casa. En una cafetería donde estuvimos con Sasha hubo un corte de luz y las dos chicas que servían café fueron inmediatamente a prender un generador industrial. La vida sigue. La rutina sigue”, cuenta a SEMANA.
También reflexiona y asegura que la vida se vuelve más rápida. Ya que se siente la necesidad constante de vivir en el ahora. Cuenta que muchas veces ya no es “vamos a esquiar cuando tengamos tiempo”, sino “vamos el próximo mes, cuando se pueda”. Todo es “cuando se pueda”. La sensación de peligro ha hecho que las personas en Ucrania aprecien más todo lo que se pueda hacer.
La guerra se cuela en la cotidianidad de las personas sin discriminar sus vidas: si va a una librería, el libro más vendido es sobre guerra. Se compran chocolates y el 50 por ciento de las ganancias va para el ejército. Si es una fiesta en alguna discoteca, en lugar de pagar cover, se pide donar a un batallón o a una unidad médica. Todo el mundo siente que tiene que estar haciendo algo, ayudando de alguna manera. Donando ropa, enviando suministros médicos al frente. La solidaridad se integró a la rutina de los ucranianos.
Hace dos años que visitó el país por primera vez, y ahora siente que existe un sentimiento de cansancio y dolor más profundo que cuando conoció Ucrania. Antes el mensaje era “Estamos sufriendo, ayúdennos”. Ahora asegura que es más difícil de articular, sosteniendo que existe un dolor colectivo más silencioso y más agotado de la población local.
Finalmente, señala que el sentimiento colectivo en Ucrania es: ¿cuánto va a durar esto? ¿Cuándo se va a acabar? Pero el panorama no es fácil. Para los ucranianos, que se acabe no significa firmar un papel. Significa garantías reales de seguridad. Porque si no, pueden volver a atacar en cualquier momento y Rusia no parece estar dispuesta a ceder en sus intereses de mantener el país bajo su control. “Mientras tanto, sigue muriendo gente”, cierra esta conversación Juan Pablo Barragán desde Kiev, Ucrania.