SEMANA: Vivimos un momento de país con las emociones a flor de piel. ¿Cómo transitarlo de la mejor manera?
Santiago Rojas: En todo momento difícil en la vida, lo clave es despertar la empatía. Daniel Goleman, quien desarrolló el concepto de inteligencia emocional, habla de dos tipos de empatía: la emocional y la cognitiva. Tenemos que aprender a jugar con las dos. La primera nos permite sentir lo que siente el otro. Sabemos que le duele y recordamos que a nosotros también nos dolió. La segunda consiste en intentar comprender qué piensa la otra persona y por qué piensa de una manera distinta antes de juzgarla. Eso nos permite dejar de ver al oponente, como ocurre en un partido de fútbol, como un enemigo. El adversario simplemente representa la otra propuesta dentro del juego de la vida. No hay que eliminar al otro, sino entender que representa la otra mitad necesaria para mantener el equilibrio.
SEMANA: El país está dividido de manera muy simétrica y las visiones de país parecen opuestas. ¿Cómo se logra así la empatía?
S.R.: Hay que distinguir entre la manera como una persona piensa y quién es esa persona. Antes que cualquier cosa, somos humanos y colombianos. Y eso nos lleva a tener una identidad. Me gusta explicarlo con lo que ocurre en Venezuela; ahí se siente un patriotismo de propósito. ¿Qué significa? Que puedo estar motivado por ayudar a Venezuela porque reconozco su dolor y quiero acompañarlo. Eso es muy distinto a un patriotismo de identidad, que diría: “Como no soy venezolano, no me interesa”. En varios lenguajes ancestrales de nuestros pueblos indígenas existe una idea muy poderosa: “Yo soy tú, tú eres yo, somos lo mismo”.
SEMANA: ¿Hay alguna explicación biológica de por qué se generan esos sentimientos de división?
S.R.: El ser humano tiende naturalmente a dividirse. Colombia tiene una historia marcada por la desigualdad, la corrupción y un largo conflicto armado que ha dejado muchísimas víctimas. Esa realidad no puede desconocerse. Quiero explicar cómo funciona el cerebro. Existe una característica fundamental: la identidad tribal. Eso significa que nos sentimos profundamente identificados con un grupo, un equipo de fútbol, una religión o un partido político. Esa identidad tribal libera dopamina y genera bienestar entre quienes sentimos como propios. Al mismo tiempo, activa una estructura cerebral llamada amígdala, no la de la garganta, sino la del cerebro, encargada de detectar amenazas. Cuando sentimos que nuestra identidad tribal está siendo atacada, inmediatamente aparece el rechazo. Dejamos de razonar con tranquilidad.
SEMANA: ¿Y cómo responde el cerebro a esa sensación de amenaza?
S.R.: Ahí entra en juego un fenómeno conocido como sesgo de confirmación. Cuando el cerebro se siente amenazado, busca ahorrar energía y evita abrirse a nuevas ideas. Rechaza cualquier concepto diferente y puede reaccionar con mucha agresividad.
SEMANA: ¿Cómo se transforma este sentimiento en algo más positivo?
S.R.: Tres caminos. El primero, el arte: la misma fiesta del fútbol, un carnaval, etcétera. El segundo es construir un propósito nacional que despierte devoción, no por un político o un líder, sino por un propósito colectivo. Y el tercero es la educación: enseñar cómo funciona el ser humano para entender cómo transformar estas dinámicas. La inteligencia emocional y la empatía pueden enseñarse desde la infancia. Este país se ha matado innecesariamente durante demasiados años. La vida siempre debe estar primero.
SEMANA: Usted ha sido el médico y el confidente de muchos poderosos, ¿cómo se trabaja esto desde esos liderazgos?
S.R.: El propósito de cualquier gobernante, ya sea en una ciudad, un departamento o un país, debe ser lograr que todos los ciudadanos se sientan parte de ese proyecto común. Solo así ese propósito nacional del que estamos hablando puede ser verdaderamente compartido. Hay un proceso que me gusta mucho explicar. Nosotros tenemos que aprender a escuchar, no para responder, sino para comprender. Eso es lo que más deberíamos enseñar. La neurociencia hoy dice que la capacidad más importante del ser humano no es simplemente pensar, sino desarrollar la metacognición. Es decir, la capacidad de pensar sobre nuestros propios pensamientos. Pero aparece un concepto todavía más interesante: la metacognición favorece la tolerancia a la ambigüedad.
SEMANA: ¿Qué significa eso?
S.R.: Sé que suena extraño, pero, en palabras sencillas, es la capacidad de sostener dos ideas contradictorias al mismo tiempo sin sentir la necesidad de resolverlas inmediatamente. Es decir, poder conversar con una persona que piensa distinto a mí y, en lugar de defenderme de inmediato, escucharla, sin necesidad de imponer una sola verdad. Eso ocurre también en el duelo, que es un tema que conozco muy bien. A veces hay tristeza por la muerte, pero cierta tranquilidad porque las personas dejan de sufrir. La capacidad de experimentar emociones aparentemente opuestas es precisamente la tolerancia a la ambigüedad.
SEMANA: ¿Qué le recomendaría a Abelardo De La Espriella en este momento?
S.R.: Yo no lo conozco personalmente. Sin embargo, creo que cualquier gobernante debe entender que trabaja para todos los colombianos y que gobierna para todos. Hay una ley espiritual que dice que toda enfermedad es el resultado de la pérdida de la libre circulación de la vida en alguna parte del cuerpo. Cuando no llega la sangre, cuando no llegan los nutrientes, aparece la enfermedad. Con el Estado sucede algo parecido. El Estado tiene que llegar a todos los territorios. Que los ciudadanos sientan esa presencia es una fuerza que genera bienestar. Desmond Tutu y Nelson Mandela lograron sanar los conflictos porque despertaron la empatía. Como alguna vez dijimos: “El universo es la unidad de lo diverso”. Eso es precisamente lo maravilloso de la naturaleza. Lo importante es que exista un propósito común: que a Colombia le vaya mejor.
SEMANA: ¿Y a quienes perdieron, comenzando por Gustavo Petro e Iván Cepeda?
S.R.: Siempre hay algo fundamental ante una pérdida y es hacer un duelo. Es decir, sanar la pérdida y no quedarse estancado en ella. Hoy sabemos, gracias a la evidencia científica, que cuando una persona no elabora una pérdida, queda atrapada en ese momento. El ser humano vive, aproximadamente, entre 12 y 18 pérdidas importantes a lo largo de su vida, y no todas tienen que ver con la muerte. Existen al menos ocho tipos distintos de pérdidas. En este caso, hay una pérdida de futuro, porque existía una proyección. También se pierde una expectativa: la posibilidad de gobernar o de que ocurriera aquello que se esperaba. Además, solemos construir muchas expectativas que, cuando no se cumplen, generan sufrimiento. Cuando uno pierde algo, en realidad no pierde solamente a esa persona o ese proyecto. Lo que pierde son todas las expectativas que había construido alrededor de ello. Pierde una ilusión, una identidad, una idea de bienestar. ¿Y qué tiene que recuperar? Precisamente su bienestar. Su centro. Pero esta reflexión también va para quienes ganan.
SEMANA: ¿En qué sentido?
S.R.: En que no deben sentirse superiores. Hay que ser igualmente coherente cuando se gana y cuando se pierde. La vida está hecha de ciclos. A veces uno está arriba y otras veces está abajo. Si soy respetuoso cuando gano, también debo serlo cuando pierdo.
SEMANA: En estas elecciones a todos nos pasó que, en un chat familiar o de amigos, por las elecciones, hubo rupturas que parecen irreconciliables. ¿Cómo se pasa esa página?
S.R.: Siempre que uno va a recomponer una relación después de una crisis, debe buscar aquello que nos une. Una historia compartida. Desde una perspectiva evolutiva, los conflictos tienen un propósito: enseñarnos a resolver las diferencias de una manera distinta y más creativa. Colombia es un país muy devocional. Pero esa devoción no debería estar puesta en individuos, líderes, políticos o figuras públicas. Cuando tengo un familiar, mi propósito es cuidar ese vínculo. Entonces, ¿para qué destruirlo por una discusión política? No tiene sentido que destruyamos nuestras relaciones por la política, por un equipo de fútbol o por cualquier diferencia ideológica. No dañemos matrimonios, familias, amistades, empresas ni vínculos por pensar diferente.