La idea que terminó rebautizando el partido de mi papá nació una noche, hacia las once, comiendo hamburguesas. Fue en mi apartamento, en Rosales, en Bogotá, en una de esas reuniones en las que uno habla de todo y de nada, cuando Jonathan Ferney Pulido (Jota Pe Hernández) soltó, como quien no quiere la cosa: “¿Y ustedes por qué no agarran ese nombre?”.

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El nombre era Partido Republicano y venía acompañado de un logo con un águila y dos colores: azul y dorado. Jota Pe los había reservado para un partido propio que no logró crear y decidió regalárnoslos. Cuando le pedimos autorización para contarle a María Fernanda Cabal que la idea había sido suya, respondió: “Dígale el nombre, el logo y los colores”. En política, en la que no se regala ni la hora, eso no se olvida.

A Jota Pe, mi papá lo quiso desde antes de que fuera rentable quererlo. El 13 de marzo de 2022, apenas abrieron los puestos de votación, lo entrevistaron saliendo de votar y dijo sin titubear que al Senado había votado por Jota Pe, número 54 de la Alianza Verde. Lo que nadie sabe es que ese número se lo había escrito mi mamá en la mano, con advertencia de esposa: “Pilas, que se le olvida y pierde el voto”. Esas lealtades viejas no se olvidan: Jota Pe siempre nos aconsejó para conservar la personería del partido y, de tanto hablar con Camilo Larios, el director, terminó haciéndose amigo de la casa.

Rodolfo José es uno de los hijos que más acompañó a Rodolfo Hernández en su campaña presidencial. Tras su muerte, se puso al frente del partido y aspiró al Senado. Foto: Suministrada a SEMANA/API.

Su sueño era crear un partido político tras la escisión de la Alianza Verde, pero la iniciativa fracasó. Según él, el partido lo presionó para apoyar a Iván Cepeda y, ante su negativa, bloqueó el proyecto. La ironía la confesó Catherine Juvinao, a quien sí le abrieron la puerta por respaldar a Cepeda, a la que había cuestionado durante cuatro años junto con Claudia López.

En política, parece, cuesta más la coherencia que la pirueta. Hoy Jota Pe sigue atado al Verde, esperando salir sin perder la curul por doble militancia. Dice, en público y en privado, que apenas la ley se lo permita se viene, porque aquí tiene amigos de verdad. Le creo.

Rebautizar el partido de un muerto suena a atrevimiento. Lo sé, porque el muerto es mi papá, quien falleció el 2 de septiembre de 2024 de cáncer de colon a los 79 años en un hospital de Piedecuesta. No voy a adornar esa parte; hay cosas que no mejoran con adjetivos. Nos quedó una personería jurídica y una pregunta incómoda: ¿se hereda un partido o lo único que se hereda es el trabajo de sostenerlo? Cada vez que alguien dice que este es “un partido heredado”, me acuerdo del primer millón de pesos que recibió la Liga de

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Gobernantes Anticorrupción: lo puse yo. Heredar es recibir sin poner. Yo puse.

Pudimos detenernos cuando aseguramos el umbral electoral. La Liga lo superó dentro de la coalición Alma, junto con Colombia Justa Libres, ADA y Cambio Radical, que obtuvo más de 1,4 millones de votos al Senado. Lo conseguimos en coalición, bajo las mismas reglas que rigieron para buena parte del Congreso. Pero no paramos. Yo mismo fui candidato al Senado en esas elecciones legislativas: me rompí un ligamento de la rodilla en diciembre; hice la campaña entera incapacitado y aun así saqué casi 20.000 votos.

Rodolfo José, María Fernanda Cabal y Jota Pe Hernández, el día en el que se oficializo la transformación de la Liga de Gobernantes Anticorrupción al Partido Republicano. Foto: SUMINISTRADAS A SEMANA-API.

La conversación que siguió fue más doméstica que ideológica: nos preguntamos qué haría mi papá. La respuesta era incómoda de tan evidente: fue, hasta el final, un hombre de retos. Quedarnos quietos habría sido traicionar lo único que de verdad nos dejó, que no es el nombre ni el color ni el ave –eso es carrocería–, sino tres palabras: no robar, no mentir, no traicionar. “Algún día me voy a morir”, nos repetía a Camilo Larios y a mí. Lo importante, insistía, no era él, sino el sueño: una Colombia mejor, basada en el trabajo. Hasta el último suspiro preguntó por el partido.

El cambio de nombre, además, ya lo había pensado él cuando aún estaba vivo. A mi papá le gustaba un nombre de mejor recordación: le encantaba Nuevas Ideas, el de Bukele, y seguía a Milei con La Libertad Avanza. En nuestra segunda convención estuvimos a punto de cambiarlo. Así que cuando Jota Pe puso “republicano” sobre la mesa, la pieza encajó sola. La primera a la que le consultamos fue a mi mamá, Socorro, que es de decisiones cortas: dijo que le encantaba y se acabó la deliberación. Por poco no sale: el trámite coincidió con el relevo del CNE y se aprobó (Resolución 3894 del 18 de agosto de 2026) en la última sesión del tribunal saliente. Por cosas de Dios, justo a tiempo.

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Faltaba una figura visible, y entonces apareció María Fernanda Cabal. Mi papá siempre le estuvo agradecido. Todavía circula un video en el que ella llama desde un teléfono fijo para pedir votos por “el empresario Hernández”. El contacto se dio a través de Jorge Figueroa Clausen, amigo de mi papá, quien nos presentó a José Félix Lafaurie, y este, a su vez, nos acercó a Cabal. Fue, y perdón por la cursilería, amor a primera vista. En la segunda reunión le revelamos el nombre y quedó anonadada: ella venía hablando de valores republicanos y trabajaba, por su lado, un logo que también era un águila. No hubo que convencerla; bastó mostrarle que ya pensábamos igual. Sin condiciones. Con Lafaurie funcionan por contraste: él, metódico, revisa la letra menuda; ella, la leona, pelea de frente.

Mi papá comparaba la Liga con un equipo de fútbol –el logo viejo se parecía al de La Liga española–, y estoy seguro de que con Cabal y Jota Pe en la misma nómina habría dicho que eso era como tener a Cristiano y a Messi jugando juntos.

Jota Pe Hernández, senador de la Alianza Verde, no forma parte del Partido Republicano, pero lo más posible es que jurídicamente lo haga en los próximos meses. María Fernanda Cabal fue la primera militante de la colectividad. Foto: GUILLERMO TORRES-SEMANA/JUAN CARLOS SIERRA-SEMANA

La practicidad de Cabal nos dejó un momento de comedia. Para entrar al Republicano tenía que renunciar primero al Centro Democrático –en el que su propia escisión se había topado con el clásico silencio administrativo– y anunció la renuncia para el sábado 3 de octubre a las tres de la tarde, la misma fecha y hora de nuestro lanzamiento. Ella lo sabía de sobra. Lo cómico fue ver a los periodistas persiguiendo los dos actos como si fueran distintos –la renuncia, por un lado, y el bautizo del partido, por el otro–, corriendo de un lado a otro sin caer en cuenta de que, a esa hora, eran exactamente el mismo. Nadie se lo esperaba. Elegimos Bucaramanga por homenaje: ahí arrancó mi papá, ahí nació Jota Pe, ahí está la sede. El centralismo que tanto lo fastidiaba no iba a tener la última palabra sobre dónde se bautizaba su casa.

Cabal se presentó como primera militante y pidió “una derecha con carácter”; Jota Pe aplaudió desde la silla del que todavía no puede firmar. Puede ser una alternativa para 2030, aunque el enfoque, por ahora, es ganar en 2027.

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En el acto pasaron un video homenaje a mi papá. Aguanté bien hasta que empezaron a desfilar, rápidas, las fotos de los lives de Hable con el ingeniero, en los que yo lo acompañaba uno por uno. Ahí lloré, y no me da pena escribirlo. Entre el águila en la tarima y la gente de la Liga en primera fila, había una ausencia que ningún discurso podía llenar. Se hace raro inaugurar la casa del padre sin el padre.

La última reunión con Cabal, una semana antes del lanzamiento, la hicimos en un restaurante de Bucaramanga. No en cualquiera: en el que había sido la sede de la campaña presidencial de mi papá y que hoy, sin que nadie lo planeara, se llama El Republicano. El nombre que Jota Pe guardó en secreto, el que a mi papá le habría gustado, llevaba años colgado de una fachada, esperándonos. Me gusta pensar que no lo escogimos nosotros; que estaba ahí desde antes, y que lo único que hicimos fue llegar a tiempo a sentarnos a la mesa.