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| 4/25/2020 3:00:00 AM

El fascismo novelado de Antonio Scurati

La novela documental 'M. El hijo del siglo' cuenta el ascenso al poder de Benito Mussolini y recrea el clima político de Europa a comienzos del siglo XX.

'M. El hijo del siglo' de Antonio Scurati: la reseña de Luis Fernando Afanador El italiano Antonio Scurati obtuvo el premio Strega 2019 por esta novela. Foto: Fabrizio Villa / Getty Images
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M. El hijo del siglo
Antonio Scurati
Alfaguara, 2020
Libro digital

Un libro notable. Nos cuenta la llegada al poder de Benito Mussolini. Cómo se fue construyendo el fascismo, cómo eran Italia y Europa a comienzos del siglo XX. Pero lo hace como si los hechos estuvieran ocurriendo en el momento en que lo leemos. No hay una distancia histórica; no estamos lejos de lo que está sucediendo. La narración tiene la urgencia del presente, la urgencia de la crónica. Una suerte de work in progress de una dictadura. Y aunque conozcamos el desenlace, queremos saber qué ocurrió, llegar hasta el final. Probablemente –o vagamente– sabemos qué ocurrió, sin embargo, no sabemos cómo ocurrió. No sabemos los detalles: la insólita toma de Fiume, liderada por Gabriele D’Annunzio; el ambiente sórdido del barrio de Milán en el que funcionaba la oficinita del periódico Il Popolo d’Italia, crucial para el ascenso de Mussolini; la fascinante personalidad de Margherita Sarfatti, la amante principal de Il Duce, la gran dama veneciana que quizá lo inventó; la valentía de Giacomo Matteotti, el diputado socialista que denunciaba en solitario las atrocidades de los fascios, cuyo asesinato marcó el inicio de dos décadas de totalitarismo, locura y terror. 

En el comienzo, 1919, eran unos pocos. Los Fascios de Combate, un grupo de exaltados y de resentidos. Los desmovilizados de la guerra del 14, que habían derrotado heroicamente a los austríacos y habían regresado a un país empobrecido, que les incumplió la promesa de reforma agraria, que no les conservó los empleos. Y, algo peor en un país machista: se los entregaron a las mujeres. “Somos un pueblo de veteranos, una humanidad de supervivientes, de desechos”. Esa era su gente, lo tenía claro Mussolini. Que aún no era Mussolini sino el hijo del herrero, el bohemio prostibulario que desde un periódico alentó primero la participación de Italia en la guerra y ahora hurgaba en su resentimiento, en la humillación del Tratado de Versalles: la repartición de las superpotencias que excluía a Italia y le quitaba Fiume, un puerto sobre el Adriático.

De los Fascios de Combate nace el partido fascista incipiente y sin una retórica todavía convincente. Ese lenguaje persuasivo lo aprenderá Mussolini de D’Annunzio, el comandante del Fiume y primero en llamarse Duce, antes que él. El guerrero, pero sobre todo el poeta, que encandila a las masas con su verbo, con su ritmo encantatorio: “A las multitudes hay que hacerlas ondear”. Mejor aún, D’Annunzio le descubre que existen ‘las masas’: una fuerza maleable de la que no tenían conocimiento ni siquiera los políticos tradicionales. Después traicionará a D’Annunzio; la traición es parte de su ideario político: “Negociar, engañar, amenazar. Negociar con todos, engañar a todos”.  

Falta mucho por recorrer. Falta derrotar a los socialistas, que conoce bien: militó con ellos y trabajó en su periódico, L’Avanti. Aunque estén en su hora por el reciente triunfo de los bolcheviques y el auge del socialismo en Asia y en Europa, no son decididos como él. Se asustan con la cachiporra y el revólver: “A este proletariado le hace falta un baño de sangre”. Sin embargo, los socialistas siguen ganando las elecciones. Hasta que olfatea el miedo. El miedo de los pequeñoburgueses, de los empleados, ante la incertidumbre. Encuentra otro nicho, el definitivo punto de quiebre: “¡Qué cosa más maravillosa es el miedo, esa partera de la historia!”. De todas formas, se asombra: “Desde Milán, Mussolini festeja, pero queda boquiabierto frente al repentino cambio de bando de esos peones que hasta el día de ayer eran socialistas y ahora son fascistas”. Para llegar a Roma, solo falta que se le sumen los intelectuales y los liberales con su filosofía del ‘mal menor’, así como los industriales y terratenientes, desesperados con tanta huelga y tanto desorden. Esos que prefieren a Mussolini, a pesar de ciertas reservas, pero finalmente dicen: “Que la crisis se oriente hacia la derecha, hacia la derecha, hacia la derecha”.

Termina en 1925. Han pasado ligeras sus 827 páginas. Faltan dos novelas para completar la trilogía, que culminará en 1945 con la muerte de Mussolini. Queremos más libros de estos, rigurosamente investigados y maravillosamente escritos.  

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