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| 4/20/2019 10:00:00 PM

Vivir de prisa, amar despacio: lo que está en juego cuando dos personas se encuentran

Esta película francesa retrata el romance entre un escritor y un estudiante durante el auge del sida, y ofrece una reflexión lúcida sobre los encuentros entre personas.

Reseña de Vivir de prisa, amar despacio Pierre Deladonchamps y Vincent Lacoste protagonizan una historia de amor en 1993. La película cuenta las historias de ambos sin el melodrama ligado a la enfermedad.

Título original: Plaire, aimer et courir vite

País: Francia

Año: 2018

Director: Christophe Honoré

Guion: Christophe Honoré

Actores: Pierre Deladonchamps, Vincent Lacoste

Duración: 132 min.

Calificación: 3 estrellas

En sus cartas, el poeta Rainer María Rilke hablaba de las dificultades del amor: “Que un ser humano ame a otro ser humano: esa es quizás la tarea más difícil que se nos ha confiado, la tarea máxima, la prueba final y demostración, el trabajo para el cual todos los demás son apenas preparación”.

Esta película del francés Christophe Honoré parece guiada por la misma idea porque deja ver tanto la grandeza de esta tarea como su inescapable dificultad. Ambientada en 1993, cuando la epidemia del sida hacía estragos en la comunidad LGBTI a nivel mundial, sigue el encuentro entre un escritor treintañero y un joven de 22, en una especie de historia de amor trabajosa y sin grandes fuegos pirotécnicos.

En parte, resulta extraña como película de amor porque dedica buena parte de su tiempo a construir las situaciones individuales de sus personajes, no el mundo común de los dos. De un lado está Jacques (Pierre Deladonchamps), el escritor que ha tenido un éxito relativo, que sufre de sida y que parece disgustado con todo lo que lo rodea —con excepción de su hijo Louis y su vecino Mathieu—. Del otro está Arthur (Vincent Lacoste), el joven de provincia huérfano de padre que aún no ha definido muy bien lo que hará con su vida, que no está seguro de su sexualidad, que le gusta leer novelas y sueña con irse a París a estudiar cine.

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Si no tenemos en cuenta su edad sino su enfermedad, pensaría uno que Jacques está al borde de la muerte mientras que Arthur comienza a vivir. Ese contraste, que podría ser tan evidente y dar para tanta lágrima forzada —¡la muerte!, ¡los violines!, ¡el llanto!—, se desarrolla acá por un camino sutil y esclarecedor. Como si la consciencia de que cada uno está en un momento diferente de su vida sirviera para desactivar las aristas más burdas al drama y encontrar la dinámica peculiar que se da en el diálogo entre generaciones.

En este sentido, esa oscilación entre la vida de uno y del otro, que en un comienzo puede desorientar, termina siendo la gran fortaleza de la película. Porque al construir con tanto cuidado los mundos individuales, con sus intereses y preocupaciones singulares, se logra transmitir lo difícil que es que dos individuos se encuentren en algún punto más allá de lo físico (sin negar esa posibilidad).

Un tema que se asoma una y otra vez es el sida. Y gracias al contraste entre el escritor y el joven, se logra ver cómo esta enfermedad que prácticamente acabó con una generación de personas LGBTI, en la siguiente tiene un peso más histórico que vivencial.

En todas estas dinámicas, en la forma como la historia se hace preguntas sobre la conexión entre la pasión y el amor, sobre cómo cada momento histórico forma a la gente, sobre las tensiones entre el individualismo y la solidaridad, esta película de amor y pasión termina siendo también un retrato sabio y lúcido de todo lo que está en juego en esos momentos raros, fundamentales para Rilke, en los que una persona se encuentra con otra.

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