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| 1/6/2018 10:15:00 PM

The Crown, fantasías reales

La espectacular serie sobre la reina Isabel II toma amplias libertades históricas para efecto dramático. ¿Qué es verdad y qué es mentira de lo que apareció en la pantalla?

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The Crown es una fiel representante de las producciones ‘basadas en hechos de la vida real’. Parte de eventos, reuniones y conversaciones históricamente comprobadas y luego echa mano de la dramaturgia pura y dura para cohesionar la historia. Por medio de diálogos, silencios, música, y un montaje que hilvana magistralmente los giros narrativos, trasciende la televisión. Por eso, The Crown tiene el mérito de volver apasionante la historia de la reina Isabel II, que parece ser una de las más aburridas del mundo.

La fórmula del creador, Peter Morgan, funciona a las mil maravillas. Usa la impresionante recreación de los lugares que recorrió la familia real entre la posguerra y los años sesenta, y los hechos y escándalos que la agitaron, para hacer de la reina y quienes orbitaban a su alrededor seres de carne y hueso con penurias, frustraciones y aventuras. Pero si bien el público la ha recibido muy bien, muchos comentaristas creen que Morgan se extralimitó en ciertos apartes. El historiador Hugo Vickers, quien publicó recientemente el libro The Crown - Truth & Fiction, y Peggy Noonan, columnista de The Wall Street Journal, entre otros escritores y youtubers, han dedicado textos, columnas y videos a anotar las imprecisiones históricas de la serie. SEMANA presenta una selección de las más interesantes.

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Las aventuras del príncipe Philip

En la serie, el personaje más ajetreado para efectos dramáticos es sin duda Felipe de Edimburgo. En la primera temporada, el marido de la reina se queja mucho por su papel de segundón, y aparece que se negó a arrodillarse ante la corona, lo que nunca sucedió. En la segunda temporada sigue recibiendo garrote. Morgan sugiere que Felipe forzó a la reina a nombrarlo príncipe, un hecho ficticio, y su imagen empeora por cuenta de las aventuras que la serie sugiere. Estas no necesariamente son falsas, pero es un hecho que jamás estuvo con la bailarina Galina Ulanova, una manzana de discordia para el matrimonio real. A pesar de que Felipe ha negado cualquier affaire y ha dicho, “¿Cómo hubiera podido? Un detective me acompaña día y noche desde 1947”, Peter Morgan explota que fue bastante mujeriego y poco discreto (entre sus amantes se mencionan princesas y actrices). En la época, el divorcio era imposible para la realeza, y los cónyuges llevaban vidas relativamente independientes para que la unión se extendiera tanto como fuera posible. Como centenares de reyes en el pasado, Felipe vivió esta especie de acuerdo tácito, y su esposa miró para otro lado.

El perdón de Jackie Kennedy

Jackie Kennedy y la reina se conocieron en 1961, durante una cena informal que la reina le ofreció a la pareja presidencial estadounidense en el palacio de Buckingham. En la serie, Isabel II, algo opacada por el brillo de Jackie, le da un tour personalizado del palacio, le muestra sus lugares más privados e intercambia palabras entre secas y neutras con su invitada sobre la timidez, los animales, la fama. Después del encuentro la reina queda encantada, pero esto cambia cuando oye que, en otra cena, Jackie había dicho que “El palacio estaba en ruinas, la monarquía es anacrónica, y la reina, poco curiosa, poco inteligente y poco memorable”. Robert Lacey, consultor histórico de la serie, dice que hasta ese punto los diálogos y circunstancias “son imaginados, pero posibles”. En la realidad, Gore Vidal aseguró que Jackie creía “pesada y resentida” a la reina, y Cecil Beaton escribió en sus diarios que Jackie había quedado profundamente desilusionada de la monarca y su palacio.

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Entonces vienen una serie de amaños históricos. The Crown sugiere que, impulsada por el desprecio de Jackie, la reina se postula para visitar Ghana y repeler los acercamientos soviéticos a ese país de la Commonwealth británica. Una vez allá, la reina logra su cometido al bailar foxtrot con el primer ministro Nkrumah. En efecto, la reina sí viajó, sí bailó, y sí mantuvo a Ghana lejos de la Unión Soviética, pero esto no tuvo nada que ver con la primera dama. Más importante, la serie muestra que Jackie le pidió una audiencia a la reina, pero en esta jamás se excusó por los comentarios ni le explicó las circunstancias en las que sucedieron. Por último, The Crown presenta a John F. Kennedy drogado y molesto a punto de violentar a Jackie por haberle robado el protagonismo en Francia. La historia dice que sucedió al contrario. El presidente quedó impresionado por la forma como su esposa desarmó a un amargo Charles de Gaulle con su carisma y no hay evidencia alguna de que consumiera drogas o fumara.

Cara a cara con el crítico

En el capítulo 5, un discurso anticuado de la reina en la fábrica de automóviles Jaguar (que jamás dio) indigna de tal manera a lord Altrincham que de inmediato usa las páginas del National and Evening Review para publicar un ataque a las maneras retrógradas de la monarquía y de la reina. Tal como lo muestra la serie, lord Altrincham sí escribió el artículo y causó tremendo revuelo, y un monarquista extremo sí lo golpeó en la cara al salir de una entrevista en televisión en la que explicó que pretendía llevar a la monarquía a la par de los tiempos, no destruirla. Como en el caso de Jackie Kennedy, The Crown inventó una reunión entre lord Altrincham y la reina, en la que este le comunica sus sugerencias y ella, estoica, las recibe. Se asegura que los consejos del lord fueron bien recibidos en la vida real, pero la serie establece que la primera intervención televisada, que humanizó a la monarquía, no fue producto de sus consejos.

Primeros y frágiles ministros

En la serie, la reina trata a sus primeros ministros como a niños chiquitos cuando a duras penas tiene 30 años, lo cual resulta inverosímil. En los primeros episodios, la reina trata a Anthony Eden con una confianza reservada, no fluida como solía ser con Churchill, pero su apoyo a la intervención en Suez (que sale de la peor manera y resulta humillante) le debilita la salud, acelera su salida de la política y le cuesta el respeto de la monarca. Aun así, Eden queda mejor parado que su sucesor, Harold MacMillan, retratado como un maquinador en la vida pública y como crédulo y débil en su vida privada. En la vida real MacMillan era un político que hasta sus adversarios admiraban, un ‘gigante’ que consideraba a la reina su confidente, una realidad que la serie omite por completo. En lo que respecta a su vida personal, MacMillan sí vivió en un matrimonio atormentado, del que prefirió nunca salirse a pesar del affaire confeso de su mujer con otro político.

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El motivo del fotógrafo

La serie muestra con fidelidad la activa vida sexual de Antony ‘Tony’ Armstrong-Jones, el fotógrafo que seduce y se casa con la princesa Margarita. The Crown presenta sus tríos con sus amigos Jeremy y Camilla Fry, sus calientes relaciones con la bailarina y modelo Jacqui Chan, y también el romance que vive con la princesa Margarita. Pero peca en varios detalles. Los tríos son producto de la imaginación del guionista, yArmstrong-Jones ya conocía a la familia real, no era un fotógrafo desconocido para la princesa como lo presenta la serie. Más crítico aún, plantea que Armstrong-Jones se casó para poner en su lugar a su madre, o al menos ganarse su respeto, algo que en la serie es poco claro, pues esta le dice con cara neutra “Ojalá no haya hecho todo esto por mí”. En realidad, la señora estaba muy a gusto con el compromiso de su hijo.

El tío nazi

Hay bastante creatividad en el capítulo sobre las simpatías nazis del exrey Eduardo VIII. Es un hecho que admiraba a Alemania, pues al fin y al cabo la mayoría de los reyes ingleses, incluyendo su padre, se habían casado con princesas alemanas. También está probado que admiraba a Hitler, al cual visitó antes de la guerra en un encuentro que se volvió noticia mundial. Pero no hay ninguna prueba de que le haya suministrado información confidencial al gobierno nazi, hecho que lo hubiera convertido en un traidor. Por lo tanto, el encuentro con la reina, en el que ella se niega a darle un cargo público y lo despide como un traidor, resulta exagerado. Desde que Eduardo VIII abdicó, se pensó que era difícil tener dos reyes simultáneamente, y por eso lo obligaron a vivir en el exterior.

EDICIÓN 1888

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