Cultura

No solo es Barranquilla. Así se vivieron los otros carnavales que celebró Colombia en febrero

Estas fiestas coloridas y alegres revelan un país diverso, que encuentra en sus territorios la fuerza de su identidad colectiva.

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20 de febrero de 2026, 5:40 p. m.
Durante varios días previos al Miércoles de Ceniza, la llamada “Perla del Pacífico” ardió  simbólicamente en música, comparsas y desfiles que exaltaron la herencia afrodescendiente.
Durante varios días previos al Miércoles de Ceniza, la llamada “Perla del Pacífico” ardió simbólicamente en música, comparsas y desfiles que exaltaron la herencia afrodescendiente. Foto: Carnaval del Fuego - API

Mientras los reflectores del país suelen apuntar al Carnaval de Barranquilla, en distintas regiones de Colombia otras celebraciones laten con la misma fuerza, aunque con acentos, ritmos y memorias propias.

Lejos de competir entre sí, estos carnavales paralelos revelan una nación que se celebra desde múltiples orillas: el Pacífico afro, el suroccidente campesino y el río Magdalena. Aquí el festejo no es sólo espectáculo, es identidad viva.

En el litoral nariñense, el Carnaval del Fuego convierte a Tumaco en un estallido de tambores, marimbas y danzas que sacuden la brisa del Pacífico. Durante varios días previos al Miércoles de Ceniza, la llamada “Perla del Pacífico” ardió simbólicamente en música, comparsas y desfiles que exaltaron la herencia afrodescendiente. Lo que comenzó décadas atrás como una iniciativa comunitaria solidaria tras un incendio en la estación de bomberos, hoy es una de las expresiones culturales más potentes del sur del país.

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Las calles se llenaron de color, las playas se volvieron escenario y la noche vibró con la llamada Noche Afro, donde agrupaciones locales reivindicaron ritmos tradicionales que han sobrevivido a la exclusión y al olvido institucional. “Es una fiesta que muestra nuestra riqueza histórica y nuestra diversidad”, señalaron voceros locales en distintas ediciones, subrayando que el carnaval es también una plataforma para dignificar el Pacífico colombiano. Aquí el fuego no destruye: ilumina una identidad que se niega a apagarse.

Alcaldía de Jamundí - API
Cada febrero, cuando el calendario ya dejó atrás la Navidad tradicional, esta comunidad afrodescendiente celebra su propia Navidad alrededor de una imagen del Niño Jesús de piel negra. Foto: Alcaldía de Jamundí - API

Navidad en febrero

En el Valle del Cauca la historia toma un giro profundamente simbólico en Celebración del Niño Dios Negro, en el corregimiento de Quinamayó, jurisdicción de Jamundí. Cada febrero, cuando el calendario ya dejó atrás la Navidad tradicional, esta comunidad afrodescendiente celebra su propia Navidad alrededor de una imagen del Niño Jesús de piel negra.

La tradición, con más de siglo y medio de historia, nació en tiempos de esclavitud, cuando los ancestros no podían festejar en diciembre y trasladaron su celebración a otra fecha. Desde entonces, la fe se mezcla con la memoria y la música.

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“Esta es la Navidad que nos gusta”, repiten los habitantes, reivindicando una herencia que no solo es religiosa sino también política y cultural. Durante varios días, las procesiones, la danza de la juga; que une a la comunidad en ronda y los encuentros familiares convierten al pueblo en un símbolo de resistencia festiva. Quinamayó no solo conmemora un nacimiento sagrado; celebra la posibilidad de existir con dignidad y alegría en sus propios términos.

Más hacia el centro del país, el río Magdalena marca el pulso del Carnaval Cultural y Reinado de la Subienda, en Honda, Tolima. Allí, la fiesta no gira en torno a un personaje mítico ni a una comparsa multitudinaria, sino a un fenómeno natural: la subienda de peces que cada año remonta el río y ha sostenido históricamente la economía local.

Alcaldía de Honda - API
Desde hace más de seis décadas, la ciudad ribereña transforma ese momento en un carnaval que combina concursos de pesca, lanzamientos de atarraya y muestras gastronómicas. Foto: Alcaldía de Honda - API

Desde hace más de seis décadas, la ciudad ribereña transforma ese momento en un carnaval que combina concursos de pesca, lanzamientos de atarraya, muestras gastronómicas y la elección de una reina que simboliza el vínculo entre la mujer, el río y la tradición.

Las calles coloniales se llenan de visitantes, los pescadores se convierten en protagonistas y el Magdalena deja de ser solo paisaje para convertirse en eje narrativo de una celebración que honra el trabajo y la memoria colectiva. La subienda no es solo abundancia de peces; es metáfora de una comunidad que, año tras año, vuelve a levantarse y a celebrar lo que la une.

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Estos carnavales, aunque menos mediáticos, amplían la mirada sobre lo que significa celebrar en Colombia. Desde el fuego simbólico del Pacífico hasta la Navidad afro en febrero y la fiesta ribereña del Magdalena, el país demuestra que su riqueza cultural no cabe en una sola tarima ni en un único desfile.

En cada región, la celebración es un acto de afirmación, una manera de decir que Colombia es más grande, más diversa y más compleja de lo que suele contarse. Y quizás ahí radica su mayor fortaleza: esa capacidad de festejar la vida desde múltiples acentos, recordándonos que la mejor Colombia también se construye bailando, creyendo y compartiendo memoria.