Hay un momento en la vida de todo médico en el que aprende a pronunciar la palabra leucemia con serenidad.
Yo lo hice durante años.
Durante dos décadas expliqué diagnósticos, acompañé familias, ordené tratamientos y hablé de probabilidades. Hasta que un día esa palabra dejó de habitar únicamente mi consultorio y entró a mi casa.
Ese día dejó de ser estadística.
En Colombia hablamos de cifras, de incidencia, de protocolos. Pero casi nadie habla del silencio que queda después del diagnóstico. Del miedo que se instala en la habitación de un niño. Del impacto económico que golpea a familias que, muchas veces, ya eran vulnerables.
El cáncer infantil no solo enferma células.
Desestructura hogares.Empobrece familias.Aísla madres.Agota a padres que deben elegir entre trabajar o acompañar una quimioterapia.
Como médica, entendía el tratamiento.
Como madre, entendí el vacío.
Seis años después de perder a mi hijo por leucemia, comprendí que el dolor no podía quedarse en duelo: tenía que convertirse en propósito. Hoy lidero una fundación que acompaña a niños y adolescentes con cáncer y a sus familias. Y desde allí he confirmado algo que el sistema de salud aún no dimensiona: la supervivencia no depende solo de la medicina.
Depende del entorno.
Depende del apoyo psicosocial.Depende de que una madre no abandone el tratamiento porque no tiene cómo pagar el transporte.Depende de que una familia no tenga que elegir entre comer o costear un examen.
En los países desarrollados, la tasa de supervivencia del cáncer infantil supera el 80–85 % en muchos tipos de cáncer infantil, según la Organización Mundial de la Salud y St. Jude Children’s Research Hospital. En Colombia, puede estar entre 50 % y 60 %, dependiendo del tipo de cáncer y el acceso al tratamiento, según informes del Ministerio de Salud y Protección Social. La diferencia no siempre está en la ciencia, sino en las condiciones: diagnóstico oportuno, continuidad del tratamiento y apoyo integral a las familias.
El cáncer infantil en Colombia no necesita únicamente más protocolos.
Necesita más humanidad.Más articulación.Más compromiso empresarial.Más política pública enfocada en la realidad social de las familias.
Estas columnas no serán un espacio para cifras frías. Sino la oportunidad para hablar de lo que no se ve: de las madres cuidadoras que se convierten en enfermeras sin sueldo; de los hermanos que aprenden a crecer entre hospitales; de los médicos que también lloran; y de los niños que, aun en medio de la quimioterapia, enseñan más sobre valentía que cualquier tratado de medicina.
Porque para muchas familias, como la mía, el cáncer deja de ser una estadística el día que toca nuestra puerta. Ese día todo cambia: el lenguaje, las prioridades, el sentido mismo de la vida.
Desde entonces, mi voz no solo receta. También defiende.
Defiende a los niños que no pueden esperar.
Defiende a las familias que no deberían elegir entre tratarse o sobrevivir.
Porque ningún niño debería enfrentar esta batalla solo.
Y ninguna familia debería perderla por razones que sí podemos cambiar.
Karen García, directora y fundadora de la Fundación para la salud estudio bienestar y aprendizaje social - Funsebas
