Durante años, en escenarios públicos, mesas de trabajo, juntas directivas y espacios de decisión, se ha repetido una pregunta que ya no debería seguir siendo retórica: ¿por qué, si el talento femenino es evidente, su presencia en el liderazgo territorial sigue siendo insuficiente o simbólica?
La respuesta, aunque incómoda, es clara: no es un problema de capacidad, es un problema de visión y, sobre todo, de decisión.
En Colombia y en muchas regiones de América Latina, los territorios enfrentan desafíos estructurales que requieren liderazgos sofisticados, integrales y profundamente conectados con la realidad social y económica. Sin embargo, seguimos operando bajo esquemas tradicionales que subestiman, o simplemente no priorizan, el rol estratégico de las mujeres en la toma de decisiones.
Y esto tiene un costo.
A pesar de que múltiples estudios han demostrado que el liderazgo femenino aporta mayor sostenibilidad, mejor gestión del riesgo, enfoque en el largo plazo y una visión más inclusiva del desarrollo, en la práctica su participación sigue limitada a espacios secundarios o condicionada a dinámicas políticas que poco tienen que ver con el mérito o la experiencia.
La participación de las mujeres en la toma de decisiones en los territorios es fundamental. El liderazgo femenino en espacios históricamente masculinos enriquece la perspectiva pública y refuerza la legitimidad democrática. Aunque su presencia ha aumentado, aún es incipiente: tras las elecciones de 2023, solo el 13,3 por ciento de las alcaldías y gobernaciones están lideradas por mujeres. Entre ellas se destaca mi departamento, donde hoy dos mujeres ocupan simultáneamente la Alcaldía de Ibagué y la Gobernación del Tolima, un hecho que debería inspirar a replicar este avance en otros territorios.
Incorporar más voces femeninas fortalece las soluciones a desafíos locales, al reflejar los intereses de la mitad de la población y al impulsar un desarrollo territorial más equitativo. Abrir espacios de poder es saldar una deuda histórica: tanto el Estado como la sociedad deben reconocer que la exclusión de las mujeres ha sido sistémica y derivada de una cultura machista y desigual. Remediar esta exclusión es un imperativo ético e implica garantizar igualdad real.
Las mujeres han demostrado a lo largo de la historia su capacidad integral y resiliente en todos los frentes. Muchas han sobresalido en sus comunidades compaginando responsabilidades familiares, cuidando sus familias y respondiendo por su trabajo con resultados notables. En Colombia, además, las mujeres asumen una doble jornada laboral: aparte de las ocho horas de trabajo remunerado, dedican aproximadamente 7 horas y 40 minutos a las labores del hogar. A pesar de esta carga extrema de responsabilidades, ellas siempre han cumplido con excelencia.
El resultado de no reconocer este liderazgo es evidente: territorios que avanzan a menor velocidad de la que podrían, oportunidades desaprovechadas y una desconexión persistente entre las políticas públicas y las necesidades reales de la población.
La causa principal de esta situación radica en la falta de una apuesta decidida por transformar la forma en que concebimos el liderazgo. Seguimos midiendo con las mismas reglas, evaluando con los mismos sesgos y asignando responsabilidades bajo estructuras que no han evolucionado al ritmo de las exigencias actuales.
El liderazgo femenino no puede seguir siendo tratado como una cuota, un discurso o un elemento decorativo dentro de los planes de desarrollo. Debe ser entendido como un activo estratégico para la competitividad regional.
Si realmente queremos avanzar, necesitamos pasar del discurso a la ejecución. Y eso implica decisiones concretas:
- Incorporar indicadores específicos de participación femenina en cargos de alto nivel dentro de los planes de desarrollo locales y regionales.
- Asignar presupuestos reales para programas de formación, mentoría y fortalecimiento del liderazgo femenino.
- Promover activamente la participación de mujeres en sectores estratégicos como infraestructura, tecnología, comercio y desarrollo económico.
- Diseñar políticas públicas que reconozcan las barreras estructurales que enfrentan las mujeres y que generen condiciones reales de equidad.
- Vincular al sector privado en la construcción de una agenda conjunta que impulse el talento femenino como motor de crecimiento.
Mientras sigamos viendo el liderazgo femenino como una excepción y no como una necesidad, los avances serán lentos y fragmentados. Los territorios que han logrado transformaciones reales no lo han hecho por casualidad, sino porque han entendido que la diversidad en la toma de decisiones no es un lujo, es una ventaja competitiva.
Hoy, en un contexto global donde la competitividad territorial depende cada vez más de la innovación, la adaptabilidad y la capacidad de generar valor sostenible, excluir o limitar el liderazgo femenino no solo es injusto, es estratégicamente ineficiente.
Estamos frente a una oportunidad que no podemos seguir postergando.
Los territorios que decidan apostar seriamente por el liderazgo femenino no solo estarán corrigiendo una deuda histórica, estarán construyendo una base más sólida, más resiliente y más competitiva para su desarrollo.
La pregunta ya no es si debemos hacerlo.
La verdadera pregunta es: ¿cuánto más estamos dispuestos a perder por no hacerlo?
Ángela María de la Pava, socia de Operaciones y Servicios Turísticos SAS
