OPINIÓN

María Claudia López

El silencio que a las mujeres nos costó siglos

Las mujeres son mayoría en Colombia, pero siguen siendo minoría en los espacios donde se toman las decisiones, se administra el dinero y se define el rumbo del país. Entre silencios normalizados, violencias heredadas y estructuras diseñadas para excluirlas, la lucha ya no pasa solo por abrir espacios, sino por dejar de pedir permiso para ocuparlos.
30 de abril de 2026 a las 5:20 p. m.

Cincuenta y dos millones de colombianos. De ese universo, según el DANE, las mujeres somos el 51 por ciento. Una cifra que debería traducirse en orgullo, representación y poder real. Una cifra que, sin embargo, pocas veces vemos reflejada en los lugares donde se decide el rumbo del país: donde se escriben las leyes, se mueve el dinero y se construye el futuro.

Para entender dónde estamos hoy, hay que mirar hacia atrás. No con nostalgia, sino con honestidad brutal.

Policarpa Salavarrieta tenía 22 años cuando fue fusilada en la Plaza Mayor de Santafé. La mataron de espaldas al pelotón porque se negó a arrodillarse. Era estratega, era indispensable, pero durante décadas su figura fue reducida a la de una heroína romántica, casi decorativa. Manuela Sáenz salvó la vida de Bolívar en 1828 y él mismo la llamó ‘la libertadora del Libertador’. Aun así, cuando él murió, fue desterrada y borrada. Colombia la ignoró durante más de un siglo; solo en 2010 el Congreso le rindió honores póstumos: 154 años después. María Cano recorrió el país a lomo de mula organizando sindicatos en una época en que las mujeres ni siquiera podían votar. Fue perseguida, encarcelada, silenciada y murió en 1967, olvidada y en la pobreza. El patrón se repite con una precisión devastadora, no porque ellas no hicieran lo suficiente, sino porque el sistema que las rodeaba nunca estuvo diseñado para recordarlas.

Hoy, aunque somos el 51 por ciento de la población, ocupamos apenas el 30 por ciento de los cargos de elección popular. En las juntas directivas de las empresas más grandes del país, la participación femenina alcanzó un máximo histórico en 2025: 25,6 por ciento. Solo el 13,2 por ciento de las empresas colombianas tienen a una mujer como presidenta o CEO. Y hay una cifra que no debería caber en ningún titular de un país que se llama democrático: el índice de impunidad en casos de feminicidio ronda el 98 por ciento. De cada cien mujeres asesinadas por el hecho de ser mujeres, solo dos casos terminan en condena. ¿Cómo se sostiene eso? Se sostiene porque lo hemos permitido. Porque hemos normalizado tanto, durante tanto tiempo, que ya no distinguimos dónde termina la costumbre y dónde empieza la complicidad.

Fui parte del silencio

Entre los 20 y los 28 años trabajé en la industria farmacéutica. Era buena en lo que hacía y los resultados lo demostraban. Pero aprendí muy pronto que eso no bastaba: ser mujer en ese entorno significaba navegar, además del trabajo, una corriente invisible de poder masculino que nadie nombraba y todos ejercían. Recuerdo una reunión en Santa Marta. Más de doscientas personas, un directivo se levantó de la mesa ejecutiva y me invitó a viva voz a sentarme con ellos. Yo tenía 23 años. Me levanté incómoda, dije que iba con una amiga y salí de allí en cuanto pude. Cada vez que me lo encontraba después, la dinámica era la misma: él con el poder, yo calculando cómo salir ilesa. Callé. Seguí siendo políticamente correcta, como se esperaba, y cuando por fin se fue de la compañía, lo que sentí no fue victoria, sino alivio, que es una forma mucho más triste de terminar una historia.

No cuento esto para victimizarme. Lo cuento porque lo normalizamos hasta el punto de la complicidad pasiva. Y esa complicidad no viene solo de los hombres ni del silencio: a veces viene de nosotras mismas. Hace poco asumí la presidencia del consejo de administración del conjunto donde vivo, después de seis meses de trabajo intenso que nadie más quiso hacer. Lo que no esperaba era encontrar a una vecina (una mujer) haciendo campaña activa para que no me eligieran, trabajando para opacarme en un cargo que ni siquiera es remunerado, que es puro servicio. Mi reacción no fue rabia. Fue una tristeza profunda y reconocible, porque ese comportamiento no es la excepción: es un patrón heredado. Nos enseñaron a competir por un espacio escaso, a creer que, si otra brilla, una se apaga. Esa lógica no la inventamos nosotras: nos la instalaron. Pero ya es hora de desinstalarla.

Porque la alternativa existe. He visto lo que pasa cuando las mujeres deciden construir en lugar de competir: se multiplican. Se abren puertas. Se celebran logros ajenos sin que eso reste nada propio. He comprobado que la generosidad entre mujeres no es ingenuidad: es la estrategia más poderosa que tenemos. Y mi esperanza es que el movimiento que hoy toma forma en Colombia, ese Me Too que empieza a sacudir industrias, medios y conversaciones, no se diluya en seis meses. Que sea el comienzo de algo real y permanente: mujeres uniéndose no desde el victimismo, sino desde el poder positivo de visibilizarnos, de ocupar los espacios que nos corresponden y de entender, de una vez por todas, que cuando una gana, ganamos todas.

Este no es un artículo de queja. Es un llamado. Vota por mujeres preparadas, sin disculparte por ello. Ábrele la puerta a la que viene detrás de ti. Nombra el acoso cuando lo veas, aunque te tiemble la voz, aunque quien lo ejerza tenga poder. Y si tienes una historia guardada desde hace años, cuéntala ahora. No cuando llegue el momento perfecto. El momento perfecto no existe, y mientras lo esperamos, otras siguen callando solas.

El 30 por ciento de la participación de las mujeres en el Congreso no cambia solo. El 98 por ciento de impunidad en feminicidios no cede solo. Cambia cuando nosotras decidimos, una a una y todas juntas, que ya fue suficiente.

María Claudia López Lasprilla, directora Fundación Red Conciencia Social