Son las siete de la noche y, en algún hogar de Colombia, alguien hace cuentas en silencio. La pregunta no se dice en voz alta, pero está ahí: ¿si mañana yo falto, qué pasa con los míos?
No es una inquietud abstracta. En Colombia, 8,2 millones de hogares, el 45,4 por ciento, la cifra más alta registrada, dependen de una única jefatura de hogar, es decir, de una sola persona que sostiene económicamente a toda la familia. Si ese ingreso desaparece, el impacto va mucho más allá del dolor: también se desvanece la estabilidad sobre la que se construyó ese hogar, que puede caer en la pobreza de un día para otro.
Y, sin embargo, es una conversación que solemos evitar. Hablamos de ahorro, de vivienda, de educación y de inversión. Planeamos vacaciones, compramos tecnología y pagamos suscripciones que hacen más cómoda la vida cotidiana. Pero pocas veces nos detenemos a pensar qué ocurriría con quienes dependen de nosotros si mañana ya no pudiéramos estar.
Existe una herramienta diseñada precisamente para responder esa pregunta: el seguro de vida. Lleva más de un siglo acompañando a las familias en sus peores momentos. Y aun así, menos del 3 por ciento de los colombianos cuenta con uno. Tenemos el riesgo a la vista y la solución inventada desde hace generaciones. Pero entre ambos persiste una brecha que aún no hemos logrado cerrar.
Conviene ser honestos sobre las razones. En los últimos años, los microseguros han cumplido una función valiosa: acercaron la protección a millones de personas históricamente excluidas y democratizaron una conversación que antes parecía reservada para unos pocos. Fueron un primer peldaño necesario. El reto ahora es subir al siguiente nivel.
Porque cuando una familia pierde a quien genera el ingreso principal, no necesita únicamente un alivio puntual. Necesita tiempo. Tiempo para reorganizarse, adaptarse y reconstruir su estabilidad. Tiempo para que una tragedia personal no se convierta también en una tragedia financiera. La protección de los próximos años deberá ser capaz de preservar ese piso mínimo cuando la vida cambia de forma inesperada.
Este fenómeno no es exclusivo de los seguros de vida. Refleja una realidad más amplia en la región. La brecha de protección aseguradora en América Latina alcanzó los 315.945 millones de dólares en 2024, equivalente a un mercado potencial 2,5 veces superior al volumen actual de la industria. Mientras Chile registra una penetración cercana al 4,6 por ciento de su PIB, Colombia se ubica alrededor del 3,3 por ciento. La diferencia no está en la necesidad de protegerse ni en el deseo de cuidar lo que se ha construido. Está, en gran medida, en el acceso.
He pasado buena parte de mi carrera observando este desafío desde dentro de la industria y cada vez estoy más convencida de algo: no se trata de un problema de producto. Las personas entienden perfectamente el valor de proteger a su familia, su salud o su patrimonio. Lo que ha faltado es una forma sencilla, cercana y accesible de llegar hasta ellas.
Durante décadas diseñamos soluciones para quienes ya sabían que necesitaban protección, tenían cómo buscarla y confiaban en los canales tradicionales. Millones quedaron por fuera, no por falta de necesidad, sino porque nadie les construyó un camino.
Porque, en el fondo, las personas no buscan pólizas. Buscan tranquilidad. Buscan saber que si se enferman podrán acceder oportunamente a un médico; que si ocurre una emergencia tendrán respaldo; que si un golpe inesperado llega a casa no perderán todo lo que les tomó años construir.
Esa diferencia cambia por completo la conversación. Durante años edificamos economías enfocadas en el consumo. El próximo gran desafío será construir una economía de la protección.
El mundo ya empezó a moverse en esa dirección. La industria incluso tiene un nombre para este modelo: embedded insurance, o seguro integrado. La idea es simple y poderosa: la protección deja de ser algo que las personas deben salir a buscar y pasa a estar disponible en los espacios donde ya toman decisiones todos los días, cuando abren una cuenta, adquieren un electrodoméstico, contratan un plan o realizan una compra.
En distintos mercados, millones de personas acceden hoy a protección integrada de forma natural en su consumo cotidiano. En México, por ejemplo, este modelo lleva más de una década funcionando a gran escala. La protección dejó de ser un trámite y se convirtió en parte de la vida diaria.
La oportunidad para América Latina es enorme. No porque falten productos ni tecnología, sino porque todavía hay millones de personas que nunca han tenido acceso real a una solución adecuada para su realidad. La pregunta ya no es si el mercado existe. Existe y es inmenso. La verdadera pregunta es quién será capaz de acercar protección a quienes siguen fuera del sistema, a quienes necesitan tranquilidad pero no saben dónde encontrarla, a quienes creen que proteger a su familia está fuera de su alcance cuando muchas veces no lo está.
La señal ya está sobre la mesa. En Colombia, los seguros masivos representan más de una tercera parte de las primas emitidas y continúan creciendo. El reto ahora es ir más lejos: diseñar pensando primero en quienes todavía no tienen ninguna protección y, precisamente por eso, son quienes más la necesitan.
Durante años medimos el progreso de una sociedad por su capacidad de consumo. Quizás llegó el momento de medirlo también por su capacidad de resistir una crisis. Porque una sociedad más fuerte no es aquella donde más personas pueden comprar, sino aquella donde menos personas lo pierden todo cuando la vida cambia de un día para otro.
La tranquilidad no debería ser un privilegio de unos pocos. Debería caber también en la canasta básica.
Caterine Rojas Vanegas, Head de Canales Masivos de Zurich Colombia — lidera los canales de bancaseguros, retail y affinity en Zurich Seguros Colombia.
