OPINIÓN

Carolina Escobar Velásquez

El verdadero motor del desarrollo no está donde creemos

En esta columna, una reflexión sobre cómo la verdadera ventaja competitiva de una región no depende de sus recursos, sino de la capacidad de sus instituciones, empresas, academia y ciudadanía para construir relaciones de confianza y trabajar con un propósito común.
4 de agosto de 2026 a las 5:22 p. m.

La decisión del presidente electo de gobernar desde los territorios abre una conversación que trasciende la política. Nos invita a preguntarnos cómo queremos construir el desarrollo de Colombia durante los próximos años.

Gobernar desde las regiones no puede significar únicamente cambiar el lugar desde el cual despacha un presidente. Debe representar algo mucho más profundo: reconocer que la competitividad del país se construye en los territorios.

Hace más de tres décadas, el profesor Michael Porter revolucionó la forma de entender el desarrollo económico. Su planteamiento era sencillo, pero transformador: la ventaja competitiva no surge únicamente de los recursos naturales ni de las decisiones del Gobierno central. Surge cuando empresas, universidades, instituciones públicas y sociedad civil construyen verdaderos ecosistemas de innovación, productividad y confianza.

En otras palabras, no compiten los países. Compiten sus regiones.

Colombia ofrece ejemplos valiosos de esa realidad.

Perder es ganar un poco

Antioquia no se convirtió en uno de los principales motores económicos del país únicamente por su vocación empresarial. Durante décadas consolidó un ecosistema en el que el sector privado, las universidades, las cajas de compensación, los centros de innovación, las instituciones financieras y los gobiernos locales aprendieron a trabajar alrededor de objetivos compartidos.

El Eje Cafetero transformó un producto agrícola en una marca reconocida mundialmente gracias a la articulación entre productores, cooperativas, instituciones y el sector turístico.

Por su parte, el Valle del Cauca fortaleció su competitividad al combinar infraestructura logística, agroindustria, industria manufacturera y un sólido tejido empresarial.

Ninguna de estas historias explica, por sí sola, el éxito de una región. Sin embargo, todas comparten un mismo elemento: el desarrollo ocurre cuando los distintos actores dejan de competir entre sí y empiezan a construir capacidades colectivas.

Quizá ese sea el verdadero desafío del nuevo Gobierno. No basta con acercarse a las regiones; es necesario ayudarlas a fortalecer sus propios ecosistemas de desarrollo.

Lograrlo exige un cambio de mentalidad de todos.

El Gobierno nacional deberá actuar como articulador de una visión compartida. Las gobernaciones y alcaldías tendrán que fortalecer sus capacidades técnicas, mejorar la planeación y ejecutar con transparencia. El sector privado deberá asumir un papel aún más activo como inversionista, generador de empleo e impulsor de innovación. La academia tendrá el reto de acelerar la formación del talento que cada territorio necesita y las comunidades deberán participar activamente en la construcción de una visión de largo plazo que trascienda los períodos de gobierno.

Nada de esto será posible sin reconstruir la confianza.

Durante demasiado tiempo, la relación entre el Estado y la empresa privada ha estado marcada por la desconfianza mutua. Sin embargo, la evidencia internacional demuestra que los territorios más competitivos son aquellos donde ambos comprenden que sus roles son distintos, pero profundamente complementarios.

El Estado crea las condiciones. La empresa genera valor. La academia desarrolla conocimiento. La sociedad aporta legitimidad.

Cuando alguno intenta reemplazar al otro, el sistema pierde eficacia. Cuando todos trabajan de manera sincronizada, el impacto se multiplica.

Tal vez por eso el concepto más importante para los próximos años no sea la descentralización.

Sea la sincronía.

La capacidad de alinear propósitos, tiempos y capacidades alrededor de un objetivo común.

Porque una región no prospera cuando todos hacen lo mismo. Prospera cuando cada institución cumple de manera extraordinaria el propósito para el que fue creada y encuentra la forma de coordinarse con las demás.

Si gobernar desde los territorios logra convertirse en esa sincronía, Colombia habrá dado mucho más que un paso administrativo. Habrá dado un salto hacia un nuevo modelo de desarrollo, en el que la mayor ventaja competitiva del país deje de ser lo que posee y pase a ser la manera en que sus regiones son capaces de trabajar juntas.

Por eso, más allá del debate político, mi invitación es a que cada uno asuma un papel activo en esa construcción colectiva. Salir a votar siempre será un paso fundamental, pero el verdadero reto comienza al día siguiente: aportar, desde el lugar que ocupamos, nuestras capacidades para construir esa sincronía que convierte los esfuerzos individuales en un proyecto compartido.

Carolina Escobar Velásquez, CEO de la Fiduciaria Central