OPINIÓN

Chechy Murillo

El hilo que cambió mi vida

En esta columna, una reflexión sobre cómo los oficios manuales, más allá de ser una fuente de ingresos, pueden convertirse en herramientas para transformar vidas, fortalecer la autonomía de las mujeres y construir comunidades con propósito.
4 de agosto de 2026 a las 5:07 p. m.

Todo empezó con moños.

No con una pasarela, una marca o un taller. Todo comenzó con tela y cinta, haciendo moños en mi casa, vendiéndolos de a poquitos y aprendiendo, casi sin darme cuenta, que con las manos también era posible salir adelante.

En ese momento no imaginaba que un pedazo de cinta iba a cambiar el rumbo de mi vida. Solo sabía que necesitaba crear, trabajar y encontrar una oportunidad. Muchas veces creemos que las grandes transformaciones empiezan con grandes decisiones, pero la mía comenzó con algo tan sencillo como hacer un moño.

En esta edición participaron 146 mujeres de distintos departamentos del país, lo que refleja la diversidad de proyectos sociales liderados por mujeres en ámbitos como la cultura, la sostenibilidad, el desarrollo comunitario y la educación, de ellas, 30 mujeres fueron seleccionadas como finalistas, recibiendo el reconocimiento por el impacto que generan en sus comunidades.
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Después llegaron las profes. Mujeres sabias que me enseñaron crochet y que compartieron conmigo mucho más que una técnica. Me enseñaron un oficio, pero también una forma de mirar la vida. Recuerdo especialmente una frase que marcó mi camino: “Si tú aprendes, enseña”.

Y entendí que el conocimiento solo cobra verdadero sentido cuando se comparte.

Así pasé de ser alumna a convertirme en profesora. De hacer moños pasé a enseñar crochet, macramé, intervención de prendas y diferentes manualidades. Con el tiempo descubrí que, en realidad, no estaba enseñando únicamente a tejer o a coser. Estaba ayudando a otras personas a descubrir capacidades que muchas veces ellas mismas no sabían que tenían.

Hoy hablo de moda con propósito y no es solo una expresión de moda o una estrategia de mercadeo. Lo hago porque esa frase resume mi propia historia.

Moda con propósito significa recordar de dónde vengo. Significa entender que detrás de cada prenda hecha a mano hay horas de trabajo, paciencia, creatividad y dignidad. Significa reconocer que la moda también puede convertirse en una herramienta para transformar vidas cuando pone a las personas en el centro y no únicamente al producto.

Vivimos en una época en la que todo parece ir demasiado rápido. Compramos ropa con facilidad, la usamos pocas veces y la reemplazamos casi sin pensarlo. Muchas prendas terminan desechadas cuando todavía tienen mucho por ofrecer. En medio de esa velocidad, los oficios manuales nos recuerdan otra forma de relacionarnos con las cosas: una más consciente, más responsable y, sobre todo, más humana.

Por eso creo que enseñar crochet, macramé o intervención de prendas también es una forma de resistencia. Es recuperar el valor del tiempo, del trabajo hecho con las manos y de los saberes que durante generaciones han pasado de una mujer a otra.

Enseñar crochet es enseñar paciencia.

Enseñar macramé es enseñar a sostener cuando todo parece deshacerse.

Enseñar a intervenir una prenda es demostrar que casi nada está perdido, que siempre existe la posibilidad de reparar, resignificar y volver a usar.

Con los años he comprobado que esos aprendizajes van mucho más allá de una técnica artesanal.

He visto llegar a mis clases mujeres cansadas, inseguras o convencidas de que ya era demasiado tarde para comenzar de nuevo. También las he visto salir con un bolso tejido entre las manos y una confianza completamente distinta.

He visto madres que, gracias a un ovillo de lana y a lo que aprendieron en un taller, comenzaron a generar ingresos para sostener a sus familias.

He visto jóvenes que dejaron de mirar una prenda usada como basura y empezaron a verla como una oportunidad para crear.

He visto mujeres que llegaron buscando aprender un oficio y terminaron encontrando una comunidad que las escuchó, las acompañó y les recordó que todavía podían creer en ellas mismas.

Por eso estoy convencida de que aprender un oficio no solo genera ingresos. También fortalece la autoestima. Nos devuelve la confianza en nuestras capacidades y nos demuestra que somos capaces de construir nuestro propio camino.

Eso también es independencia.

Eso también es libertad.

Cuando una mujer descubre que puede transformar un hilo en una pieza única, muchas veces también descubre que puede transformar su propia historia.

Por eso, para mí, la moda con propósito nunca ha significado únicamente hablar de sostenibilidad.

Es dignificar el trabajo artesanal.

Es valorar los saberes tradicionales.

Es crear oportunidades donde antes parecía no haberlas.

Es construir comunidad alrededor de un gancho, una aguja, un retazo de tela o un ovillo de lana.

Porque detrás de cada puntada siempre hay una historia.

Y detrás de cada historia hay una persona que decidió no rendirse.

Si dejamos de enseñar a tejer, a coser, a anudar o a transformar una prenda, no solo desaparecen unos oficios.

También corremos el riesgo de perder una parte de nuestra memoria colectiva.

Perdemos conocimientos que durante generaciones ayudaron a miles de mujeres a sostener sus hogares, a emprender y a encontrar una forma digna de salir adelante.

Como Mujer Cafam, he tenido la oportunidad de conocer historias extraordinarias de mujeres que transforman sus comunidades desde distintos lugares. Esa experiencia me ha confirmado que el cambio casi nunca empieza con grandes discursos. Empieza cuando alguien comparte un conocimiento, abre una puerta o cree en otra persona.

Eso fue lo que hicieron conmigo.

Y eso es lo que hoy intento hacer con cada mujer que llega a nuestros talleres.

Yo empecé haciendo moños de cinta.

Hoy tengo el privilegio de enseñar a otras personas a tejer su propio futuro.

Y después de recorrer este camino he comprendido que, a veces, un simple hilo puede convertirse en el comienzo de una nueva historia.

Porque cuando enseñamos un oficio no solo transmitimos una técnica.

Transmitimos confianza.

Transmitimos oportunidades.

Transmitimos autonomía.

Transmitimos esperanza.

Y si un nudo puede cambiar una vida, entonces vale la pena seguir enseñando todos los que hagan falta.

Cecilia Murillo (Chechy Murillo), fundadora y directora ejecutiva de la Fundación Moda y Flores