OPINIÓN

María Eugenia Saldarriaga

La inteligencia emocional como escudo invisible para una salud mental inquebrantable

Hablar de inteligencia emocional es una necesidad en entornos laborales que exigen rendimiento constante, pero que aún le dan la espalda al bienestar emocional de las personas. Sin salud mental, no hay productividad sostenible ni equipos verdaderamente fuertes.
30 de enero de 2026, 10:31 p. m.

La fortaleza mental se construye con cada pequeño paso que damos hacia adelante. Por eso es importante respirar, soltar y seguir. Ya que todo lo que hoy duele, mañana se convertirá en aprendizaje. En ese proceso, la inteligencia emocional se convierte en un factor determinante para el liderazgo, la productividad, la competitividad y la sostenibilidad de los equipos de trabajo de alto desempeño.

Imaginemos un lugar de trabajo donde las personas se sientan sanas, activas, comprometidas, alegres y genuinamente valoradas. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, invertir en el bienestar de los empleados genera impactos físicos, mentales y emocionales positivos, al tiempo que reduce aproximadamente un 28 por ciento de las incapacidades por enfermedad y aumenta en un 33 por ciento los niveles de confianza dentro de los equipos.

Sin embargo, la realidad dista de ese ideal. Una encuesta realizada en Argentina, Perú y Colombia por la consultora Team Consultor reveló que solo el 46 por ciento de los trabajadores se siente respaldado, a pesar de que cerca del 80 por ciento de las empresas afirma contar con programas de salud. Por eso, es imperativo reducir la brecha que existe entre la mente y el cuerpo, crear espacios de trabajo sanos, ambientes saludables y entornos prósperos, solidarios y seguros para los equipos y sus familias. No podemos hablar de individuos, si el tema es la salud mental y la inteligencia emocional.

Entender las dimensiones de la inteligencia emocional nos enseña que el bienestar emocional se centra en gestionar de manera eficaz y eficiente nuestros sentimientos y emociones. En el trabajo, este aspecto se suele pasar por alto. Se necesita de capacidad mental para seguir el ritmo del trabajo bajo presión, plazos estrictos, clientes exigentes y listas interminables de tareas pendientes.

A esto se suma que en el diario vivir, las personas descuidamos nuestro bienestar psicológico, físico, mental y emocional, sumando un burnout (especialmente a las mujeres que cubren temas relacionados a la economía del cuidado, lo cual es una trampa en la productividad del bienestar) el agotamiento general y la falta de compromiso e interés. En este proceso debemos empoderar al equipo, para que se sientan seguros compartiendo sus temores y emociones. Fomentar la comunicación abierta, respetuosa y asertiva y dar apoyo para que todos se sientan valorados, es uno de los primeros pasos.

¿Cómo se manifiestan las emociones en nuestro cuerpo?

Todos tenemos una representación corporal de nuestras emociones, fomentar la práctica de la escucha corporal diaria y prestar atención a cómo se sienten las emociones en el cuerpo, nos puede enseñar a entenderlo. Cuando entendemos el propósito de cada emoción, trascendemos y tomamos decisiones que van más allá de la sabiduría, la tristeza y el miedo.

La tristeza, por ejemplo, nos enseña a procesar pérdidas y a pedir ayuda cuando la requerimos; el miedo es una alarma que nos lleva a protegernos y estar alerta. Lo importante es que sepamos distinguir entre el miedo real y el imaginario, y para esto es necesario desarrollar dinámicas de grupo sobre experiencias que hayamos tenido con estas emociones desde un lugar seguro y respetuoso. A partir de esto, podemos diseñar e implementar estrategias iniciales para gestionar la preocupación excesiva y reflexionar en qué momento el miedo nos ha protegido y nos ha limitado.

La ira y la alegría también cumplen un rol fundamental. La ira nos ayuda a establecer límites y a detectar injusticias, siempre que sepamos gestionarla de manera constructiva. La alegría, por su parte, motiva, genera bienestar y fortalece vínculos. Cultivar alegría no implica ignorar los problemas, sino aprender a reconocer pequeños momentos cotidianos que aportan sentido y conexión. Ejercicios de visualización, reflexiones grupales y la identificación consciente de respuestas alternativas ante situaciones de conflicto son prácticas que ayudan a reconocer esos micromomentos que sostienen el bienestar.

Existe además un fenómeno frecuente en los entornos laborales, la adaptación al exceso de confianza. Este sesgo nos lleva a sobreestimar nuestras capacidades, subestimar los riesgos e ignorar señales de alerta. Frases como “nunca ha pasado nada” se convierten en excusas para tomar decisiones apresuradas, omitir normas de seguridad o justificar comportamientos poco éticos. Combatir este sesgo requiere buscar retroalimentación, evaluar riesgos de manera objetiva, apoyarse en datos y aceptar que cometer errores es parte del aprendizaje.

Cuando somos capaces de evaluarnos de forma crítica, cuestionar nuestras propias suposiciones y buscar evidencia que contradiga nuestros puntos de vista, tomamos decisiones más responsables. Basar las decisiones en hechos, experiencias comprobadas y análisis reales, y no solo en la intuición, permite gestionar los riesgos con mayor conciencia y madurez. El aprendizaje continuo y la apertura a la retroalimentación fortalecen tanto el desarrollo personal como el profesional.

Desde mi experiencia, la humildad y no pensar que “me las sé todas”, me han llevado a adoptar una mentalidad paralela de que “algo siempre puede salir mal”, especialmente en tareas habituales, las cuales deberían ser mecánicas en todo sentido, por eso soy tan estricta y perfeccionista en los procesos de revisión y análisis de todo lo que hago.

Las habilidades blandas y las emociones están profundamente conectadas a través de la inteligencia emocional. Estas competencias socioemocionales nos permiten comprender, gestionar y expresar nuestras emociones y las de los demás, facilitando la comunicación, el trabajo en equipo y la colaboración efectiva en entornos exigentes. Un estudio de la Universidad de Harvard señala que cerca del 85 por ciento del desempeño exitoso de un profesional está relacionado con el manejo adecuado de sus emociones y el desarrollo de habilidades personales.

Hablar de inteligencia emocional es hablar de personas empáticas, colaborativas y conscientes, capaces de construir relaciones laborales sanas y sostenibles.

María Eugenia Saldarriaga, directora de proyectos especiales, estratega en gestión de intangibles y consultora experta en marketing, reputación e imagen corporativa, marca, lealtad y fidelización.



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