OPINIÓN

Catalina Hoyos

Nada en el cáncer es silencioso

Una mutación genética desencadenó un cáncer de ovario. Diez años después, una serie de síntomas persistentes en la familia llevó a hacerse nuevas preguntas sobre una enfermedad que puede esconderse detrás de molestias aparentemente comunes.
22 de septiembre de 2026 a las 9:24 p. m.

Soy portadora de una mutación en el gen BRCA1 que heredé de mi mamá, un síndrome que provoca cáncer de mama y ovario en las mujeres de mi familia materna. Una prueba genética me lo reveló hace años. ¡Fue la bendita paranoia la que me salvó!

Comencé cirugías preventivas. Una mastectomía bilateral me convirtió en lo que llaman una ‘previviente’ de cáncer de mama. Con mis ovarios no llegué a tiempo. Un mes después de una reconstrucción mamaria, aparecieron imágenes confusas y marcadores elevados. Mi ginecólogo oncólogo, Andrés Velásquez, no esperó certezas. Me llevó al quirófano.

Era cáncer de ovario estado IIIC. El tumor medía 5 centímetros, pero la enfermedad había salpicado distintas estructuras en mi abdomen. Me quitaron todo lo que se imaginan y lo que no se imaginan. Luego vinieron 18 quimioterapias. Desde el mismo día de mi diagnóstico me convertí en una sobreviviente.

Una prueba genética había empezado a salvarme la vida. Y, por supuesto, un médico que supo escuchar lo que unas imágenes aún no decían con claridad.

Diez años después, el cáncer de ovario vuelve a nuestra familia. Esta vez, se instaló en mi hermana mayor.

Ella no tiene mi mutación ni compartimos madre. Cuando empezó con gases, dolor abdominal y cambios digestivos, mi cabeza elucubró sobre otros órganos. Endoscopia. Colonoscopia. Nada. Dolor de espalda. Más gastroenterólogos. Nada.

¿Cáncer de ovario? Me parecía estadísticamente improbable que dos medio hermanas, sin compartir la mutación que explicaba mi caso, termináramos con la misma enfermedad.

Pero algo dejó de cuadrar.

Quienes hemos tenido cáncer adquirimos una paranoia particular. Le dije que, si nadie le ordenaba un TAC o un MRI, yo iba a conseguir que se lo hicieran. El TAC tampoco fue concluyente. Hablaba de unos nódulos peritoneales que, para mí, bastaron para saber que debíamos volver con Andrés.

Andrés la vio y otra vez actuó con su dulzura de siempre, pero sin titubeos. Le explicó que ese “bicho” se esconde en las imágenes y pocos las leen bien, pero que él tenía suficiente evidencia para abrirla y explorar. Que necesitaba ver en vivo y en directo qué era lo que tanto la agobiaba. En cirugía se encontraron masas ováricas importantes y enfermedad diseminada en el peritoneo. Algunas lesiones ni siquiera se habían visto en las imágenes. Vendrá la quimio y luego, si todo sale bien, otra cirugía.

El asesino silencioso había vuelto. Solo que se había disfrazado de gases, de digestión, de dolor de espalda.

Este es un llamado a escuchar a nuestro cuerpo. Cuando un síntoma no es normal, nos incomoda, persiste y nuestro cuerpo insiste en repetirlo, hay que dejar de explicarlo y empezar a buscar qué lo causa.

Hay que volver al médico. Preguntar otra vez. Buscar una segunda opinión. Cambiar de especialidad si es necesario. Y exigir imágenes. Ningún médico, por bueno que sea, puede diagnosticar una enfermedad sin imágenes y exámenes apropiados.

No creamos en médicos que nos toman el pulso, nos miran por encima, nos dicen que nos vemos radiantes y nos devuelven ignorando lo que sentimos. No creamos que todos los males modernos son atribuibles al estrés, la ansiedad o un colon irritable. Nuestro poder como pacientes es tan real como el de ellos como médicos.

Mi hermanita, mi ‘manita’, ahora enfrenta su propio camino. Haremos todo lo que diga la ciencia. Nos encargaremos de que se vea linda, de que siga siendo ella, de que el gran maestro no se apodere de su identidad. Tendremos conversaciones con él para hacerle entender que podemos establecer reglas de convivencia.

No habrá lenguajes guerreristas. No habrá nada que maldecir. No habrá batallas por ganar, sino procesos por vivir y capítulos de la vida por escribir.

Quizás de esta historia logremos algo bueno: recordar a otras personas que se conecten con su cuerpo y crean en él cuando este les dice insistentemente que algo no está bien.

Ni el cáncer de ovario ni ningún otro cáncer son lo suficientemente silenciosos como para que no podamos escucharlos.

Por: Catalina Hoyos, socia de Godoy