Después del terremoto, mientras muchas personas buscaban cómo ayudar, otras comenzaron a hacerse una pregunta silenciosa: ¿estoy haciendo lo suficiente?
Empresas organizando campañas, familias recogiendo mercados, personas compartiendo cuentas para donar, ofreciendo servicios o viajando a las zonas afectadas. Yo también sentí la necesidad de actuar. Recaudé fondos entre familiares y amigos y salí a comprar alimentos, ropa, productos de aseo y suministros para las labores de rescate.
Lo hice con la convicción absoluta de que era lo que debía hacer. Fue una respuesta empática ante el dolor de quienes lo habían perdido todo. Pero, junto con esa movilización colectiva, apareció un sentimiento del que hablamos poco en medio de una tragedia: la culpa.
Culpa por no haber donado o por considerar que se donó ‘muy poco’. Culpa por seguir trabajando mientras otras personas perdieron sus casas y sus negocios. Culpa por continuar con la vida cuando, a unas horas de distancia, hay familias intentando reconstruir la suya.
¿Estamos obligados a ayudar? No siempre
En los aviones hay una instrucción que hemos escuchado tantas veces que probablemente ya no le prestamos atención. Si se presenta una emergencia y caen las máscaras de oxígeno, debemos ponernos primero la nuestra antes de ayudar a quien está sentado al lado.
Durante la primera semana después del terremoto coordiné ayudas y sentí un profundo deseo de viajar al Quindío, donde viví durante tres años. No conseguí vuelos y las restricciones para circular por carretera me impidieron hacerlo. Entonces apareció la culpa.
Hasta que entendí algo: emocionalmente no estaba bien. Había intentado sostener a otras personas mientras empezaba a descuidarme a mí misma. Tuve que parar y pedir ayuda.
Una persona sin oxígeno difícilmente puede salvar a otra. Esa misma regla debería acompañarnos cuando hablamos de solidaridad.
No todos estamos en capacidad de ayudar de la misma manera, en el mismo momento ni con la misma cantidad. Una persona endeudada no debería sentir vergüenza por no donar dinero. Quien intenta salvar su empresa no tendría que entregar los recursos que necesita para pagar la nómina. Una familia que atraviesa dificultades económicas no debe poner en riesgo su estabilidad para demostrar que tiene empatía.
La solidaridad que exige que participes activamente, para sostener a alguien más, difícilmente puede mantenerse en el tiempo.
Eso no significa que debamos ser indiferentes. Significa reconocer nuestros límites y ampliar nuestra idea de lo que significa ayudar.
Algunas personas pueden aportar dinero. Otras pueden ofrecer tiempo, conocimiento, contactos, difusión o trabajo. Una contribución de 20.000 pesos puede representar un esfuerzo enorme para alguien, mientras quienes cuentan con grandes patrimonios tienen una capacidad extraordinaria de producir impacto.
La familia Santo Domingo, por ejemplo, donó 100.000 millones de pesos para atender a las víctimas y apoyar las labores de reconstrucción. La ANDI comenzó la campaña Empresas Unidas por Colombia con 2.000 millones de pesos, equivalentes al 50 por ciento de los ingresos por inscripciones de su Congreso Empresarial. Al cierre del primer día, la iniciativa acumulaba más de 9.116 millones de pesos en aportes.
Son cifras que merecen ser reconocidas. Donar no convierte a alguien en una mejor persona, pero cada aporte debe entenderse de acuerdo con la capacidad de quien lo realiza. La solidaridad no debe medirse comparando cantidades ni sacrificios.
También debemos revisar qué entendemos por ayudar
Durante la emergencia, la solidaridad suele expresarse en mercados, albergues, donaciones y elementos de primera necesidad. Sin embargo, cuando las cámaras se van y las imágenes del terremoto desaparecen de las noticias, comienza una etapa menos visible, pero determinante: recuperar la capacidad de trabajar y producir.
Hay que reconstruir casas, hospitales y colegios. Pero también restaurantes, hoteles, tiendas, fábricas, fincas y pequeños negocios. Es necesario lograr que las personas vuelvan a trabajar, que las empresas puedan contratar, que el turismo regrese y que el dinero vuelva a circular en los territorios afectados.
Cuando las autoridades y las condiciones de seguridad lo permitan, comprar también será una forma de ayudar: Comprar en los negocios locales, viajar al Eje Cafetero o al Valle, reservar un hotel, comer en un restaurante, contratar empresas de la región, adquirir los productos de sus emprendimientos, mantener proveedores y crear empleos.
La solidaridad no puede terminar con la entrega de mercados durante la emergencia. También debe ayudar a que las personas recuperen su autonomía y vuelvan a generar sus propios ingresos.
Una economía que se reactiva también reconstruye vidas. Por eso, frente a esta tragedia, tal vez deberíamos reemplazar la culpa por una pregunta más útil: ¿Desde dónde puedo ayudar sin destruir aquello que también tengo la responsabilidad de cuidar?
Algunas personas podrán donar dinero; otras, tiempo, conocimiento o trabajo. Y para algunas, por ahora, la respuesta será ninguna. Reconocerlo es, incluso, acto de responsabilidad que no las convierte en personas indiferentes.
Ponernos primero la máscara de oxígeno no significa olvidarnos de quien está sentado al lado. Significa asegurarnos de que podremos seguir respirando para, cuando estemos en condiciones de hacerlo, extender la mano.
Ana María Diazgranados, mentora de empleabilidad y marca personal
