OPINIÓN

Fadia Badrán

¿Puede la IA hacer un gran vino? ¿Puede la IA tener alma?

Detrás de una botella hay un equipo entero que comparte una misma idea de lo que se quiere contar. Hacer vino es tener algo que transmitir, y aunque la tecnología ayude con la eficiencia del proceso, un vino siempre necesita identidad.
20 de agosto de 2026 a las 4:28 p. m.

Hay algo que me da curiosidad de la inteligencia artificial y es que parece que cada día puede hacer un poco más.

Nos escribe, nos responde, nos recomienda qué comer, qué escuchar, qué comprar y ahora también está entrando en lugares donde, hasta hace muy poco, pensábamos que la tecnología tenía poco que decir.

Uno de ellos es el viñedo. Entonces me hice una pregunta: ¿puede la inteligencia artificial hacer un gran vino?

La respuesta para mi es no, pero sí puede optimizar el proceso.

¿Estamos bebiendo vinos cada vez mejores o cada vez más parecidos?

Un ejemplo que conozco perfectamente es Pérez Cruz, en Chile. Es una de las bodegas que está utilizando esta tecnología de una manera muy interesante, especialmente a través de drones que permiten observar sus viñedos con un nivel de detalle impresionante.

La botella que nunca abrimos

Desde el aire pueden detectar diferencias entre las distintas zonas de una parcela, identificar dónde la uva tiene mayor rendimiento, qué plantas necesitan atención y cómo está evolucionando cada sector. Toda esa información permite tomar decisiones más precisas y mejorar las cosechas.

Y esto es un cambio enorme, porque una viña puede parecer, a simple vista, un paisaje uniforme: hileras de plantas, una al lado de la otra, pero debajo de esa aparente igualdad, hay cientos de pequeñas diferencias.

Vinos naturales: entre el ¡wow! y el “no, gracias”

Una planta puede estar dando una uva extraordinaria y unos metros más adelante otra puede estar teniendo un comportamiento completamente diferente. La tecnología nos permite ver esas diferencias.

Pero aquí viene lo interesante: verlas no significa necesariamente saber qué hacer con ellas, ahí entra el enólogo.

Porque hacer vino no consiste solamente en encontrar la uva perfecta, también hay que decidir cuándo recogerla, cómo trabajarla, cuánto intervenir y, muchas veces, cuándo no intervenir; el enólogo tiene algo que ninguna máquina puede aprender completamente: experiencia. Ha visto años buenos y malos, ha probado la misma parcela en diferentes cosechas, conoce cómo responde una viña cuando llueve más, cuando hace demasiado calor o cuando la temporada se comporta de una manera inesperada, y también tiene intuición, esa palabra que parece tan poco tecnológica, pero que en el vino puede ser fundamental.

La tecnología puede hacer que el trabajo sea más eficiente, pero el vino necesita algo más que eficiencia, necesita identidad; porque un gran vino no es solamente el resultado de una suma de datos, también es un lugar, una cosecha, una historia y una persona que tomó decisiones.

Y quizá esa sea la paradoja más bonita de todo esto: cuanto más tecnología tenemos para entender el vino, más importante se vuelve la persona que sabe interpretarla.

A mi no me preocupa que los drones sobrevuelen los viñedos, no me preocupa que un algoritmo analice una cosecha en segundos. Al contrario, me parece fascinante. Lo que no quisiera es que algún día una máquina pueda decidirlo todo.

Porque entonces podríamos tener un vino técnicamente perfecto, pero y ¿el alma?

Yo sigo creyendo que para hacer un gran vino hace falta algo que ninguna tecnología puede entregar por sí sola: la experiencia, la sensibilidad y la historia de quienes están detrás de esa botella; porque el enólogo no solamente decide cuándo cosechar o cómo vinificar, también pone su mirada, sus años de aprendizaje, sus aciertos y sus errores, pone su memoria, su intuición y generalmente, hasta sus emociones.

Y no está solo, detrás de una botella hay un equipo entero: personas que trabajan la tierra, que cuidan las plantas, que cosechan, que están en la bodega y que comparten una misma idea de lo que quieren contar, porque eso también es hacer vino: tener algo que transmitir.

Una botella puede hablar de un lugar, de una cosecha, de una familia, de una tradición o de la manera en que un equipo entiende una determinada tierra y esa historia no la escribe un algoritmo.

La tecnología puede ayudar a encontrar la mejor uva, puede ayudarnos a entenderla, puede ayudarnos a tomar mejores decisiones, pero después tiene que llegar alguien que diga: “Esto es lo que queremos contar”. Y entonces empieza lo verdaderamente humano.

Porque al final, quizá un gran vino no es el que tenga más tecnología detrás, sino el que consiga que, cuando alguien lo pruebe, pueda sentir que detrás de esa botella había personas que tenían algo que decir.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a hacer mejor vino, pero la historia, la emoción y el alma que hay dentro de él siguen teniendo nombre y apellido y por ahora, ese nombre sigue siendo el del enólogo y el de todo el equipo que está detrás de la botella.

Fadia Badrán, fundadora y CEO del Grupo Madero