OPINIÓN

Adriana Bocanegra Triana

Cuando ganar un juicio significa perder una familia

En el derecho de familia, la mayor victoria no siempre es una sentencia favorable. A veces, la verdadera victoria es evitar que una familia llegue a necesitarla.
20 de agosto de 2026 a las 1:43 p. m.

A los abogados nos enseñan a ganar.

Nos forman para construir estrategias, desvirtuar argumentos, interpretar normas, convencer a un juez y obtener una decisión favorable para nuestro cliente. El éxito profesional suele medirse en procesos ganados, sentencias favorables y recursos exitosos. Y esa lógica tiene sentido en muchas áreas del derecho.

Pero el derecho de familia no funciona bajo las reglas de una competencia.

Adriana Bocanegra, la abogada que busca reivindicar a las madrastras

Aquí no se discuten únicamente bienes, contratos o intereses económicos. Aquí llegan personas con historias rotas, hijos confundidos, duelos inconclusos y emociones que, muchas veces, terminan ocupando el lugar que debería tener la razón.

Por eso siempre me ha inquietado una pregunta: ¿qué significa realmente ganar un proceso de familia?

¿Gana el padre que obtiene la custodia mientras su hijo deja de hablarle a la madre? ¿Gana la madre que consigue una cuota alimentaria más alta mientras el resentimiento convierte cada visita en un nuevo enfrentamiento? ¿Gana quien obtiene una sentencia impecable, pero pierde la posibilidad de construir una relación sana con la otra persona que seguirá siendo madre o padre de sus hijos?

Jurídicamente, quizá sí.

Humanamente, tengo serias dudas.

Confesiones de una madrastra, un pódcast para derribar prejuicios

Con demasiada frecuencia confundimos la justicia con la victoria. Creemos que un fallo favorable resuelve el conflicto, cuando en realidad apenas resuelve la controversia jurídica. El expediente se cierra, pero las emociones siguen abiertas. El juez dicta sentencia, pero nadie puede ordenar que desaparezca el resentimiento, el miedo o la frustración.

Ese es el gran límite del derecho: puede proteger derechos, distribuir responsabilidades y resolver controversias, pero no puede reconstruir, por sí solo, las relaciones humanas.

Y, sin embargo, seguimos litigando como si pudiera hacerlo.

En los últimos años he visto procesos donde las partes invirtieron meses —e incluso años— tratando de demostrar quién era el mejor padre, la mejor madre o el cónyuge más correcto. Al final, uno ganó el litigio. Pero ambos perdieron la posibilidad de construir una relación respetuosa que les permitiera acompañar juntos el crecimiento de sus hijos.

Los únicos verdaderamente derrotados fueron quienes nunca eligieron estar allí: los niños.

Tal vez hemos construido una cultura jurídica que premia demasiado la confrontación y demasiado poco la capacidad de dialogar.

No se trata de romantizar la conciliación ni de desconocer que existen casos en los que la intervención judicial es indispensable, especialmente cuando hay violencia, abuso o una vulneración grave de derechos. En esas circunstancias, acudir a los jueces no solo es legítimo: es una obligación.

Pero también existen innumerables conflictos que escalan porque nadie enseñó a las personas a conversar antes de demandar, a negociar antes de atacar o a escuchar antes de responder.

En esos casos, el proceso judicial termina siendo el escenario donde se expresa un problema que nunca fue realmente jurídico.

La negociación, la conciliación y la mediación no son mecanismos para renunciar a los derechos. Son herramientas para ejercerlos de manera más inteligente y responsable. Su propósito no es producir acuerdos a cualquier precio, sino ayudar a que las personas comprendan que, después del conflicto, la vida continúa.

En una familia, casi nunca existe un “para siempre” después de una sentencia. Los padres seguirán coincidiendo en ceremonias de grado, cumpleaños, consultas médicas, matrimonios y, algún día, quizá alrededor de sus nietos. La pregunta no es si volverán a encontrarse. La pregunta es cómo llegarán a ese encuentro.

Como sociedad, deberíamos dejar de admirar únicamente a los abogados que ganan grandes litigios y empezar a reconocer también a quienes logran evitar que una familia termine destruyéndose en un proceso que pudo resolverse mediante el diálogo.

Porque la verdadera grandeza del derecho no consiste en producir más sentencias, sino en contribuir a que existan menos conflictos irreparables.

Quizá esa sea la transformación que hoy necesita el derecho de familia: pasar de una justicia que resuelve expedientes a una justicia que también construya paz.

No será un cambio sencillo. Exigirá formar abogados con mayores habilidades para escuchar, negociar, mediar y comprender las emociones que acompañan cada conflicto familiar. Exigirá jueces que sigan garantizando derechos, pero también una sociedad que entienda que no toda diferencia debe convertirse en una batalla.

Al final, el mejor proceso no siempre es el que termina con una sentencia ejemplar. Muchas veces es aquel que nunca tuvo que llegar a un juzgado porque las personas encontraron, a tiempo, el valor para dialogar.

Porque un juez puede decidir quién tiene la razón.

Pero solo las personas pueden decidir si quieren seguir teniendo una familia.

Adriana Bocanegra Triana, fundadora & CEO de Abogados Corporativos Bocanegra Triana, autora del libro La valentía de ser madrastra y presidenta cofundadora de Fundación Nexum Apex, ‘Conectando mujeres que lideran’.

abogada y catedrática del Área de Familia. Autora del libro La Valentía de Ser Madrastra