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| 8/4/2018 7:05:00 PM

Geopolítica: el regreso de los imperios

En medio de un presente agitado, el mundo ve cómo varios líderes prometen volver a una época supuestamente dorada, con un coctel de ingredientes peligrosos para las democracias: la nostalgia, el autoritarismo y el populismo.

La nostalgia se adueña de los populismos Para un líder populista un pasado imperial glorioso es razón de peso suficiente para querer repetir la historia en el presente.

Una reminiscencia es un recuerdo impreciso de un hecho o una imagen del pasado que viene a la memoria, lo que sobrevive de una cosa y sirve para recordarla. En uno de sus discursos, Mike Pence, vicepresidente de Estados Unidos, dijo que Donald Trump era una reminiscencia del personaje que gobernó a ese país entre 1901 y 1909. “Creo que Estados Unidos tiene un presidente cuya visión y energía nos hacen recordar a Teddy Roosevelt. Piénsenlo, así como el presidente Roosevelt exhortó a sus compatriotas a ‘atreverse a ser grandiosos’, el presidente Trump ha desafiado a nuestra nación a ‘ser grande otra vez’”.

Con esa referencia, Pence aplicó una tendencia nostálgica que en los últimos tiempos, y en múltiples países del mundo, alimenta el mito de un pasado idealizado en el que todo era posible, la paz imperaba y todos eran prósperos y felices. Varios gobiernos populistas y autócratas han echado mano de ese sentimiento para llegar al poder o para atornillarse ahí.

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Donald Trump gobierna Estados Unidos, el Reino Unido avanza para salir de la Unión Europea tras un proceso plagado de mentiras (el brexit), Vladimir Putin se consolida sin límites al frente de Rusia, Xi Jinping se atornilla en un poder absoluto en China y Recep Tayyip Erdogan asume todo el poder en Turquía. Esos y otros desarrollos llevan a múltiples analistas a buscar una narrativa que explique esta era turbulenta en la que la rabia ha sido la regla. Mientras que algunos creen que la rivalidad entre las grandes potencias mantiene el curso de la historia, otros ven en el nacionalismo la amenaza a las democracias liberales y a proyectos multilaterales como el europeo. Pero ninguna funcionaría sin ese combustible que las mantiene en marcha: la nostalgia.

Que Pence haya evocado a Roosevelt, para apoyar la doctrina trumpiana de “Estados Unidos primero”, no es casualidad. Teddy participó en la guerra hispanoamericana que comenzó el camino del imperialismo norteamericano, y luego como presidente propició la separación de Panamá de Colombia en 1903 y creó la doctrina del gran garrote (“Big Stick”). Estados Unidos comenzaba con él su tendencia al imperialismo, en medio de una prosperidad sorprendente que lo llevó, en pocos años, a ser la máxima potencia económica y militar del mundo.

El magnate que hoy habita la Casa Blanca, con un lenguaje soez hacia los inmigrantes, cabalga con el estandarte de la “nostalgia imperialista”, término acuñado por el antropólogo Renato Rosaldo en 1989, que hace referencia a “una dominación que parece inocente porque usa una pose de anhelo que captura la imaginación de las personas y oculta su complicidad con prácticas brutales”. Desde que Trump es presidente, las noticias de Estados Unidos corresponden con esa definición. No le ha importado llegar a extremos como separar familias o deportar personas provenientes de algunos países de Oriente Medio, y sus tendencias belicistas y su desprecio por la diplomacia parecen confirmarlo.

El fenómeno nostálgico abarca el mundo entero. En Rusia, por ejemplo, Putin se aseguró en marzo de este año un nuevo periodo con el que completará 24 años en el poder. Putin considera que la desaparición de la Unión Soviética “fue la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. Y desde que asumió el poder, en 2000, ha tenido el objetivo claro de devolverle a su país la dimensión internacional, no solo de la URSS, sino de la Rusia zarista.

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Lo ha logrado evocando un pasado militar lleno de éxitos y acudiendo a la identidad del pueblo ruso. La opinión pública internacional no lo baja de autócrata y lo comparan con zares de la Rusia imperial, mientras él no tiene inconveniente en rehabilitar figuras tan siniestras como Iván el Terrible, un genocida que ahora tiene estatua en Moscú. Actitudes como esa resultan explicables si se tiene en cuenta que bajo el régimen de Putin suelen morir misteriosamente los políticos y los periodistas que se oponen a su régimen de hierro; entretanto, su imagen favorable llega al 60 por ciento.

Se mantiene en esos niveles porque ha logrado ilusionar a los rusos con su antigua grandeza al “recuperar” Crimea y grandes extensiones de Ucrania, mientras las repúblicas bálticas y hasta Polonia ponen sus barbas en remojo, sin que Occidente haya podido hacer nada al respecto. De esa forma, Putin se ha reafirmado ante su pueblo como un líder como los de antes, que logra lo que se propone sin reparar en detalles. Y al parecer, eso complace a sus seguidores.

Algo parecido sucede en Turquía, donde el presidente Recep Tayyip Erdogan es el hombre más poderoso del país desde la fundación de la república en 1923. Mientras que lo acechan escándalos de persecución a la prensa, a los homosexuales y a minorías étnicas como los kurdos, él se da el lujo de incrementar su influencia: hace menos de un mes asumió el cargo de jefe de Estado con plenos poderes ejecutivos y eliminó la figura del primer ministro. Erdogan, un nostálgico sin remedio de la grandeza del Imperio otomano, tiene en la cabeza un afán expansionista que ha salido a la luz en diversas ocasiones. Desde 2002 su partido, el de la Justicia y el Desarrollo, se ha basado en ideologías expansionistas, como el neootomanismo, el cual hace parte del proyecto Nueva Turquía. “Los límites físicos no corresponden a las fronteras del corazón de Turquía”, declaró en 2016.

Xi Jinping, el hombre fuerte de China, también combina política con nostalgia desde que asumió el poder en 2013, y su figura ya suscita comparaciones con Mao Zedong, el fundador de la China comunista. A nivel interno, Xi es hoy el presidente de la República Popular y de la comisión militar central; hacia afuera, China cumple el rol de segunda potencia económica mundial con todo listo para ser la primera a mediano plazo por cuenta de un plan de infraestructura sin precedentes. La nueva Ruta de la Seda, conocida como One Belt, One Road (OBOR), incluye proyectos como aeropuertos, puentes y estaciones espaciales en tres continentes. Un ambicioso plan que tiene al mundo mirando a China con asombro. Xi no solo evoca al pasado comunista, sino la grandeza del milenario Imperio Central.

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Europa no es ajena a esa tendencia. Tal vez la salida del Reino Unido de la Unión Europea demostró la fuerza que podía llegar a tener el populismo de derecha en ese bloque. Los promotores del brexit acudieron con frecuencia no solo a las mentiras, sino al fantasma de la antigua grandeza del Imperio británico, a la que consideraban incompatible con la soberanía compartida de la Unión, dirigida, además, por una serie de burócratas desde Bruselas. Esos sentimientos se repiten en varios partidos que aspiran al poder, como los ultraderechistas de Alemania. Y no hay que olvidar que, en épocas recientes, los serbios lanzaron la sangrienta guerra de Yugoslavia con la mente puesta en revivir la Gran Serbia, que perdieron en el siglo XIII.

Otto von Bismarck, canciller de Alemania de 1871 a 1890, dijo una vez que la tarea del estadista era escuchar los pasos de Dios marchando a través de la historia, mientras trataba de atrapar parte de lo que arrasaba a su paso. Muchos líderes del mundo actual parecen mirar a un pasado que idealizan no para estudiarlo, sino para quedarse a vivir en él. Los ciudadanos los siguen y por eso predomina la confusión en el presente y la desorientación sobre el futuro. 

Poco ha cambiado...

Líderes del planeta basan su estrategia en la mano dura y en las promesas de recuperar una grandeza histórica perdida. Esa forma de actuar les garantiza más seguidores que añoran un pasado glorioso, siempre idealizado, en el que hombres fuertes, llámense zares, emperadores, sultanes o presidentes, garantizaban la prosperidad y la paz sin tener que reparar en detalles como los derechos de los demás pueblos. Un peligro para la democracia. 

EDICIÓN 1997

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