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| 6/16/2018 7:00:00 PM

Trump y Kim Jong -un, los nuevos mejores amigos

Como en un episodio más de su ‘reality’, Donald Trump colmó de adulaciones a Kim Jong-un tras darles la espalda a sus aliados. Ambas acciones lo aíslan aún más de sus viejos amigos y dejan servido el terreno para un actor silencioso que va por todo en Asia oriental: China.

La reunión entre Donald Trump y Kim Jong-un por un acuerdo El magnate aseguró que tras conversar durante casi una hora a puerta cerrada, habían firmado un acuerdo “muy completo”.

Las fotos, las sonrisas y los apretones de manos en la cumbre que sostuvieron los líderes de Estados Unidos y Corea del Norte evidenciaron un show mediático que, según sus palabras, derivó en un acuerdo sobre lo fundamental para la paz en la península coreana. Es cierto que con la reunión cara a cara con Kim, Trump se metió en la historia como el único presidente gringo en negociar de frente con un líder de Corea del Norte, pero sorprendió que tratara como su mejor amigo a alguien que muchos no bajan de dictador asesino.

El magnate aseguró que tras conversar durante casi una hora a puerta cerrada, habían firmado un acuerdo “muy completo”. A grandes rasgos, el documento señala cuatro puntos esenciales: establecer nuevas relaciones bilaterales, garantizar un régimen de paz estable, un compromiso de Corea del Norte para lograr su desnuclearización completa y la repatriación de los prisioneros de guerra estadounidenses que aún están en territorio norcoreano.

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El acuerdo no incluye una promesa firme de verificación del programa nuclear de Kim, por eso analistas sugieren que la cumbre no produjo un acuerdo mínimamente firme, sino una guía para allanar el camino hacia varias discusiones futuras. Aunque el objetivo principal en Singapur era abordar el desarme nuclear norcoreano, las dudas surgieron cuando ninguna de las dos delegaciones mencionó un plan o un cronograma para dicho compromiso.

A cambio de las concesiones gaseosas de Kim, Trump aceptó en una rueda de prensa detener los “juegos de guerra provocativos” con Corea del Sur. Muchos, en varias latitudes, se tomaron la cabeza a dos manos. Eliminar esos ejercicios militares significa en la práctica garantizar a mediano plazo la salida de las tropas de Estados Unidos de Corea del Sur, lo que tiene consecuencias para la seguridad de aliados como Japón, Corea del Sur, Filipinas e incluso Australia (ver mapa). Se trataría, en todo caso, de una baza a jugar muy al final del partido, no en las primeras de cambio, y casi sin que se lo pidieran. Además dijo que quería retirar las tropas estadounidenses para enviarlas a casa porque eso “ahorraría mucho dinero”, aunque Corea del Sur aporta la mitad del presupuesto de los soldados estadounidenses en ese país. Y mientras tanto, las palabras “verificable e irreversible”, que formaban parte de los irrenunciables de Trump antes de la reunión, no aparecen por ningún aparte en el acuerdo firmado.

A pesar de lo absurdo, a nadie sorprendió que Trump le haga semejantes regalos a un Kim Jong-un que parece la caricatura de un tirano tradicional, mientras que le muestra los dientes al primer ministro canadiense, Justin Trudeau, a quien tildó de deshonesto y débil. Antes de embarcarse hacia Singapur, el magnate rechazó de tajo el texto final sobre el acuerdo al que el G7 había llegado en Quebec (Canadá), una clara señal hacia sus aliados de que el padrinazgo gringo en materia económica puede tener los días contados. Al parecer a Trump lo seducen más los autócratas con largo prontuario: en la misma semana había pedido el reingreso de Rusia al G7, país que se quedó fuera del grupo en 2014, una vez Vladimir Putin decidió anexar la península de Crimea, hasta ese año parte del territorio ucraniano. Con cada paso, el inquilino de la Casa Blanca parece agregarle un nuevo ingrediente a una receta diseñada para perder a sus aliados.

En Europa ya están acostumbrados a esa actitud de Trump. Al fin y al cabo está cumpliendo su promesa de poner a “Estados Unidos primero” en todos los ámbitos posibles. Que se comporte de esa forma con los países europeos ya no sorprende; de hecho, por ese continente se pasea Steve Bannon, su exestratega pero fiel seguidor, expandiendo su evangelio antieuropeo: a Bannon, los partidos de extrema derecha le han organizado eventos en París, Praga y Budapest. Allí han alabado sus ideas populistas, y su petición de convertir a Europa en lo que él llama una “confederación de Estados libres e independientes” tiene cada vez más apoyo.

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Si con esas acciones en Europa algunos no salen del asombro, en China celebran las decisiones de Trump en su región, que les entrega objetivos políticos buscados durante años sin necesidad de poner botas sobre el terreno. La presencia de tropas de Estados Unidos, incómoda para los intereses chinos, suponía la contención del gigante asiático. Actualmente hay alrededor de 28.000 soldados estadounidenses en Corea del Sur, así como otros 49.000 en Japón. Con un vacío de esas dimensiones, China entra con más fuerza a la conversación sobre la hegemonía militar en esa parte del Pacífico. Aunque según pareció demostrar el viernes, Trump quiere aumentar su guerra comercial contra medio mundo. Por eso anunció para el 6 de julio nuevos aranceles por 50.000 millones de dólares a China, los cuales afectarán a 1.300 productos de ese país en el mercado. Sin temor a una guerra comercial, Beijing respondió de inmediato con aranceles a 106 productos importados de Estados Unidos por los mismos 50.000 millones de dólares.

Y es que Xi no da un paso en falso. Fue él quien consolidó el encuentro Trump-Kim mucho antes de hablar de la cumbre de Singapur. El líder norcoreano sostuvo en Beijing una reunión a finales de marzo con el presidente chino. Después de hablar con él, Kim cambió su actitud agresiva y se declaró dispuesto a reunirse con Trump tras varios meses de amenazas mutuas. Quedó claro que los intereses geopolíticos de Xi lo llevaron a fabricar la llave que terminó por abrir la puerta al acuerdo de Singapur.

Por eso no sorprende que el dictador norcoreano haya llegado a la cumbre en un avión chino, ni que desde 2013, como dijo en un discurso de Año Nuevo, esté abogando por “un cambio radical en la construcción de una potencia económica basada en la ciencia y la tecnología”. Aunque puede parecer un objetivo demasiado ambicioso, Kim está más cerca ahora de servirle de espantapájaros del gobierno chino y ahora cuenta con la aprobación de Trump al otro lado del hemisferio. Con las dos potencias más importantes del mundo en los bolsillos, Kim camina más seguro hacia el fin del aislamiento en el que su país ha estado sumido por décadas.

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Por más que se empeñe en decir lo contrario, Trump no sacó mayor cosa de la cumbre de Singapur, más allá de desactivar una guerra que él mismo estaba provocando. Para que su acuerdo llegue a algo concreto, se requerirían desarrollos que parecen improbables. Como le dijo a SEMANA el experto en seguridad Dan Steinbock, “crear una estrategia seria en la Casa Blanca para las conversaciones que vienen, anular el riesgo de un posible juicio político contra la administración Trump, que los republicanos pierdan pocos escaños en las elecciones legislativas de noviembre y que el pueblo surcoreano apoye los esfuerzos recientes con la elección de un candidato moderado en los comicios de 2022”.

Ese podría ser el ambiente propicio para una nueva era de autócratas en la que Trump, cada vez más perfilado como uno de ellos, siga estrechando lazos con gobernantes afines. El magnate ignora la influencia que tienen sus acciones en el mundo y no recuerda al pensador francés Alexis de Tocqueville, quien decía que Estados Unidos “dejará de ser grande cuando dejen de ser buenos”.

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