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| 6/9/2018 2:45:00 PM

Bita: la fragilidad salvaje que Colombia protegió

El río Bita se convirtió en el humedal Ramsar número 11 del país. Más de 800.000 hectáreas de la geografía de una región que cautiva por su diversidad será protegida bajo este instrumento internacional.

Bita: la fragilidad en estado salvaje del nuevo humedal Ramsar de Colombia El Bita es alimentado por 5.070 caños y se encuentra en la cuenca del Orinoco, en el Vichada. Foto: Javier Tobar - SEMANA

Nada ayuda más a proteger los pulmones de la tierra que reconocer que son frágiles a pesar de su inmensidad. Cultivar, respirar y contemplar al medio ambiente ha sido la pasión de colectivos e institutos que emprenden desde acciones simbólicas hasta políticas iniciativas que se convierten en la voz de una naturaleza en cuidados intensivos, para que la biodiversidad  del país sea resguardada como un tesoro.

El trabajo es un desafío y en cierta manera se está logrando. El día mundial del medioambiente trajo buenas noticias para Colombia. El gobierno nacional declaró el río Bita como el nuevo humedal Ramsar.  Con la designación, el río se convierte en un humedal con características especiales.

Por el rango, el gobierno velará para garantizar que se conserven sus condiciones ecológicas. La Convención de Ramsar, que entró a regir en el país desde octubre de 1998, velará por la preservación de las especies, muchas de ellas en vías de extinción. Según la cuarta edición de la Convención por los Humedales, el tratado, de carácter intergubernamental, trabajará para “la conservación y el uso racional de los humedales mediante acciones locales, regionales y nacionales y gracias a la cooperación internacional, como contribución al logro de un desarrollo sostenible en todo el mundo”.  

El Bita bien podría ser un laboratorio creado por la naturaleza. Puesto a disposición de científicos y ambientalistas que se dejan cautivar por cauce para realizar investigaciones. De acercamiento a este lugar, aparecen resultados que cada vez sorprende sobre lo inexplorada que puede estar la diversidad del país. El río ha unido a todo un gremio que como él, no se queda quieto.

El río se hace un lugar privilegiado en la cuenca del Orinoco, en Vichada. En la esquina de Colombia y con vista a Puerto Carreño, este afluente, cuyo cauce principal mide 510 kilómetros, es alimentado por 5.070 caños como si se tratara de venas que se juntan para armar un enorme cuerpo que alberga millones de especies en medio de bosques tupidos y poco o nada intervenidos.

El Bita es salvaje. Y, a la vez, frágil. Se ha mantenido en estado casi prístino dada la dificultad para llegar al lugar en el que se encuentra y a que la presencia humana es casi nula. Alberga una biodiversidad cuyo valor para la región, el continente y el futuro ha movilizado a gobierno, universidades, institutos de investigación, comunidad científica y entidades no gubernamentales en busca de la mejor forma de conservarlo.

En su primitividad, el Bita es una fuente utilizada por los seres humanos para su consumo. La cuenca también es el ecosistema de cientos de especies. 424 especies de plantas, 11 de crustáceos decápodos entre camarones y cangrejos, 3 de esponjas de agua dulce nunca antes estudiadas en Colombia, 34 de escarabajos coprófagos, al menos 87 de macroinvertebrados acuáticos, 254 de peces, 19 de anfibios, 38 de reptiles, 201 de aves y 63 de mamíferos.

Aunque este es un paso gigante para la preservación de la riqueza fluvial del país, en el camino todavía hay mucho río por recorrer. El esfuerzo del país, ha estado liderado por activistas que se han unido a proyectos para proteger, en este caso, al río Bita.

La promesa de proteger el río debe ser real. A pesar de su grandeza, las cadenas alimenticias, la microfauna, la pureza del agua pueden afectarse si la mano del hombre toca fondo.

La última expedición de científicos al Bita dejó 23.000 registros de especies. Un hervidero de biodiversidad en la punta del Escudo Guayanés, amenazado por la sobrepesca, el tráfico ilícito y las plantaciones forestales. Por eso la decisión del gobierno podría marcar un antes y después en las alertas que intimidan el equilibrio de la geografía.

Recorrerlo es entender que no hay nada en el planeta que se le parezca. 

El Bita, que se alimenta de más de 5000 quebradas y pequeños cauces que al confluir lo conforman, recorre 710 kilómetros de distancia desde su nacimiento en el municipio de La Primavera hasta su desembocadura en el río Orinoco.

Bita: fragilidad en estado salvaje

Atontada tras haber estado un par de días en una bolsa de tela, la tortuga galápaga tocó la arena, miró al cielo y al frente, y dando tumbos movió su caparazón hacia el monte. El pescador Guillermo Merchán corrigió su camino y la empujó suavemente hasta hacerla ver el agua clara de Barranco Blanco, en la cuenca baja del río Bita, en el Vichada. Emprendió camino hacia el agua y su torpeza en tierra contrastó con la agilidad con la que se perdió río abajo. La hembra, de unos dos años de edad, tuvo suerte, pues recobró la libertad.

Posiblemente, vivirá algo más de 50 años porque su caparazón le da para aguantar las mordidas de nutrias, jaguares y babillas. Entonces su información genética le permitirá poner sus huevos dos veces cada año, en un mismo sitio, para que sus crías nazcan siempre en luna llena. Merchán almorzó la palometa que acababa de pescar, en vez de la galápaga que se le enredó en el anzuelo, y con su acción piadosa con un animal en peligro de extinción contribuyó a la esperanza para que un lugar como el Bita no termine depredado.

Sobran razones para el optimismo. “Este no tiene comparación con otro río en el planeta. No hay otro que se le parezca”, dice Brigitte Baptiste, directora del Instituto Alexander von Humboldt. Lo dice porque el 95 por ciento de sus bosques de galería y sabanas inundables son naturales. Y porque sus 710 kilómetros alimentan más de 5.000 quebradas, cruzan aves boreales, australes y neotropicales y concentran la mayor riqueza de mamíferos del país (63 especies), la más amplia diversidad de especies de escarabajos coprófagos del Escudo Guayanés (34 especies) y 3 especies de plantas únicas en Colombia y el mundo.

Una reciente expedición de 50 científicos comandada por el Humboldt y la Fundación Omacha, cuyos resultados quedaron consignados en el libro Biodiversidad del río Bita, encontró allí, además, 8 nuevos registros de camarones y plantas, e identificó 2 especies de esponjas, entre otros.

“El Bita es vida”, dice el biólogo Fernando Trujillo, director científico de Omacha, quien lleva 22 años estudiando una de las especies más carismáticas de este río: el delfín rosado o ‘jaguar del agua’. Trujillo compara el nacimiento del Bita con venas que se juntan entre morichales en un lugar conocido como La Primavera, para formar “el génesis de la vida” que describe miles de meandros hasta desembocar en el Orinoco, muy cerca de Puerto Carreño, en la última esquina del Escudo Guayanés.

Hace unos años, Trujillo planteó, con otros científicos, aplicar al Bita la figura de río protegido como una alternativa para blindar esa riqueza. La idea era gestionar la cuenca, teniendo en cuenta factores como la importancia de enseñar a la gente a conocer y apreciar la riqueza ecológica del territorio para que ella misma asuma la responsabilidad de protegerla. A la iniciativa se sumaron varias entidades de orden nacional y local y organizaciones ambientales.

Jacinto Terán, motorista y pescador de Puerto Carreño, parece resumir en su historia ese propósito. Conoce el Bita desde hace 50 años y hoy trabaja con Omacha sensibilizando comunidades para que cuiden las tortugas. “Yo no le voy a decir que no me como unos cuantos huevos de tortuga al año. Me crie aquí. Pero soy responsable en el consumo: no como su carne y le explico a la gente que si se la comen, ¿quién va a poner los huevos? El problema empieza cuando se comen 20 en lugar de una”, dice. No es un tema menor: en el Bita viven al menos ocho especies de tortugas de río.

Terán, tal vez sin quererlo, define así el manejo sostenible del consumo, precisamente lo que quiere la comunidad científica que hagan los pobladores de la cuenca del Bita. La ventaja es que, a diferencia del Magdalena o el Bogotá, poca gente vive allí (menos de un 3 por ciento de su territorio tiene asentamientos). En la cuenca media no hay más de 2 o 3 caseríos muy pequeños, con muy pocos ranchos.

A Jacinto lo mueven sus nietos y la vida de esos animalitos. “Si acabamos las tortugas, después los nietos pequeños y las generaciones que vienen no van a ver nada”, reflexiona, mientras limpia su bote, amarrado en el muelle de Puerto Carreño.

“Espacio de migración para aves boreales, australes y neotropicales. Hogar de jaguares, pumas, primates, dantas, delfines y peces ornamentales. Refugio de paso de fauna acuática en constante éxodo. Territorio con la mayor riqueza de mamíferos del país, y la más amplia diversidad de especies de escarabajos coprófagos en el Escudo Guayanés. Lugar con tres especies de plantas únicas en Colombia y el mundo. Punto geográfico con ocho nuevos registros de camarones y plantas”. A través de estas características describe al río Bita la primera gran evaluación biológica de fauna y flora adelantada por el Instituto Alexander von Humboldt y la Fundación Omacha, con el apoyo de la Gobernación del Vichada.

Capture y libere

Alberto*, un pescador deportivo que conoce el Bita hace 25 años, tiene un lema para sus acompañantes: “Pavón vivo vale más que pavón muerto”. El pavón es el emblema del Bita y la pesca deportiva. Sus colores verde, negro y naranja aparecen en camisetas en el aeropuerto, en tallas indígenas en las ventas callejeras de Carreño, en esculturas y pinturas en hoteles y restaurantes.

Al Bita vienen muchos pescadores deportivos. Cifras de la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca indican que entre 800 y 1.000 de ellos entran para vivir la experiencia de cada temporada anual, a comienzo de año. En su mayoría se trata de extranjeros que ven en el Bita el reto de lo salvaje y de paso le inyectan recursos al turismo y a guías, lancheros y pescadores que viven el resto del año de lo que ganan en esas travesías. Alberto interpreta con sus palabras la frase de la campaña de la Fundación Orinoquia: capture y libere.

Steve Jensen, de la Fundación Orinoquia, ONG con sede en Puerto Carreño, cría pavones en cautiverio para liberarlos y repoblar el río. El “capture y libere” que plantea la fundación también lleva un mensaje de respeto hacia la especie, conocida por la forma como lucha al picar el anzuelo. Un mensaje que implica usar anzuelos de una pata en lugar de tres, para no hacerle tanto daño al pavón y no agotar al pez en la pelea, junto con una serie de prácticas que aseguren que quede vivo y pueda reponerse de la faena.

La pesca deportiva incomoda a quienes la ven como un maltrato innecesario. Luis Ángel Trujillo, por ejemplo, quien trabaja en Carreño con víctimas del conflicto y con temas sociales asociados a pescadores, dice que “el pavón queda maltrecho, vulnerable ante predadores naturales, incapaz de retomar su rumbo”. Y agrega que “luego de las temporadas se ven pavones muertos en las orillas de la cuenca baja”.

El científico Carlos Lasso, del programa Ciencias de la Biodiversidad-línea de recursos hidrobiológicos, pesqueros continentales y fauna silvestre del Humboldt, lideró parte de la investigación del libro Biodiversidad del río Bita. Dice que es necesario evaluar el estado de conservación de los pavones para establecer su sostenibilidad en la pesca deportiva

De jaguares y pinos

Germán Garrote, biólogo español experto en felinos e investigador asociado a Omacha, destaca la saludable presencia de jaguares en la cuenca alta del Bita, famosos por tener la mordida más poderosa del reino animal. “Subsisten dada la oferta de presas: roedores, dantas, venados, entre otros, es decir, naturaleza en equilibrio”, explica. Y también, por la oferta de agua y refugio.

La reciente expedición científica al Bita evidenció la presencia de especies claves como nutrias, jaguares, pumas y dantas. Pero en sus conclusiones dice que su conservación depende de la manera como se manejen potenciales riesgos como el incremento de la agroindustria forestal con especies vegetales afines a los incendios como el pino silvestre, la acacia y el eucalipto, y que aminoren los efectos causados por el cambio climático y los conflictos entre grandes felinos y la producción ganadera.

A menos de dos horas de Carreño, por la vía que conduce a Villavicencio (ubicada a dos días en carro), aparecen varios paisajes: sabana quemada, plantaciones forestales, fincas ganaderas, plantaciones de marañón. Sobresalen las extensas zonas quemadas. “Eso arde semanas y hectáreas hasta que en alguna plantación cortan el fuego”, explica Abigail Cruz, transportador y guía de turismo y pesca

Los 16.000 habitantes de Carreño, que parece suspendido en los años cincuenta entre gigantescos y centenarios árboles de mango, saben del Bita. Lo conocen. Lo tienen a cinco minutos en el delta donde desemboca también el Meta. Valoran su abundancia, pero tienen poco clara su fragilidad.

En el río Bita existen ocho especies de tortugas. Seis acuáticas y dos terrestres. Del total, cuatro se encuentran en estado de amenaza. Estos reptiles son fundamentales para el equilibrio de los ecosistemas porque, entre otras funciones, contribuyen con la dispersión de semillas que permiten que la capa forestal del río se renueve y se mantenga en condiciones propicias para la vida.

Roberto* sube a remo a 5 minutos de Puerto Carreño a sacar cuchas, peces ornamentales muy demandados para los acuarios. Ocho, diez inmersiones y saca una o dos pegadas en las piedras. Saca 150 a 200 por temporada que le pagan a 700 pesos. “Si son punta diamante me las pagan a 5.000 pesos”, dice, y se queja por la creciente escasez.

Como muchos, tiene los pectorales templados a punta de caretear por años “sacando ornamentales que se llevan para la capital”; usa una gruesa cadena de oro y lleva una maleta en la que guarda la hamaca, el toldillo y un chinchorro o red de agujero pequeñísimo en la cual cae toda clase de animales en una noche. Extraoficialmente, se dice que del Bita sale la mayor cantidad de peces ornamentales de Suramérica para el exterior. La arawana azul, endémica del Bita, tiene una gran demanda en el mercado asiático. Ya se encuentra en el listado de las más amenazadas por el tráfico ilegal

Lo cierto es que el Bita se ha mantenido salvaje y estable hasta hoy. Por allá no pasaron ni el conflicto armado ni los grupos ilegales. En su cauce repleto de playas se ven la noches más profundas, iluminadas e infinitas acompañadas por el resoplido de las toninas y el zumbar de millones de insectos. Allá todo es infinito. 

*SEMANA publica parte del especial multimedia Bita: fragilidad en estado salvaje que puede navegar aquí

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