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| 8/13/2019 4:10:00 AM

Fray Cristóbal de Torres, el hombre que fundó la Universidad El Rosario

La historia del claustro universitario está inevitablemente ligada a su fundador, quien fue un pionero y dio origen al proyecto educativo que celebra 365 años de existencia. Este martes, la tradicional institución recibe la Orden de Boyacá en el grado de Cruz de Plata.

Fray Cristóbal de Torres, el hombre que fundó la Universidad El Rosario Religioso, cortesano y educador: la trayectoria de Fray Cristóbal de Torres y Motones. Foto: Universidad del Rosario

Hablar de un personaje tan complejo y con un recorrido tan particular resulta siempre una experiencia demandante, en especial cuando solo se dispone de unas pocas páginas para resumir una historia que bien podría contarse en un libro entero. Por esta razón, no pretendo proporcionar el recuento detallado de todos los aspectos posibles acerca de la vida de fray Cristóbal de Torres, sino simplemente entender su historia en función de su trayectoria desde su temprana carrera eclesiástica en el Viejo Mundo hasta su llegada al Nuevo Reino de Granada y, por supuesto, la fundación del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario.

Cristóbal de Torres y Motones nació al norte de España, en la ciudad de Burgos, el domingo 27 de diciembre de 1573, hijo del matrimonio de Juan de Torres y Agueda de Motones. Ingresó, a temprana edad, a la orden de los dominicos, siendo ordenado el miércoles 28 de marzo de 1590. Durante su vida adulta temprana, desarrolló una exitosa carrera eclesiástica dedicada al mismo tiempo a la labor religiosa y al magisterio. Siguiendo esta vocación, llegó a ser encargado de impartir las cátedras de arte y teología en el convento de San Pablo, de su ciudad natal y, posteriormente, ser maestro de teología en las ciudades de Toledo y Toro. Posteriormente, en 1612, fue nombrado prior del convento de Burgos, dignidad que ocupó de nuevo en 1618.1

A pesar de esta distinguida carrera inicial, la trayectoria de Torres no estuvo exenta de tropiezos, como atestigua su disputa con las autoridades catedralicias de Córdoba, en el año de 1614. El 8 de diciembre de aquel año, predicó un sermón enfocado en la santificación de la Virgen María, entendida desde su lectura de santo Tomás de Aquino, cuyo contenido disgustó a las autoridades religiosas locales, las cuales se quejaron ante el obispo por esta causa.2 Muy probablemente, su salida de la ciudad de Córdoba no se produjera en los mejores términos; sin embargo, esto no fue motivo para que el avance de su carrera se estancara, ya que el 10 de enero de 1617 fue nombrado predicador de Palacio en la corte de Felipe III, cargo que continuó desempeñando en el reinado de Felipe IV, quien sucedió a su antecesor, en 1621.3 Durante su periodo en la corte, se desempeñó no solo ejerciendo sus funciones religiosas, sino también sirviendo como consejero espiritual de destacadas figuras de la época, como el duque de Lerma o el conde duque de Olivares.4 Adicionalmente, vale la pena mencionar que durante su tiempo en la corte impulsó la devoción a la Virgen, promoviendo la oración del rosario dentro del Palacio.5 Allí permaneció hasta 1635, cuando se trasladó al Nuevo Reino de Granada para ocupar la posición de arzobispo de Santafé.

El nombramiento de fray Cristóbal en la corte resultó ser beneficioso para su carrera, puesto que le permitió obtener una posición de mayor prestigio y cercanía con las esferas del poder. La importancia de esta institución social durante el Antiguo Régimen no puede ser en modo alguno subestimada, ya que resultaba íntimamente ligada al ejercicio del poder y al éxito o caída en desgracia de aquellos que se relacionaban con ella. Hacer parte de la corte no consistía en simplemente ocupar el cargo para el que se era designado y cumplir con una lista de funciones predeterminadas; era verse inmerso en un entramado de alianzas, conflictos de interés y relaciones de poder no necesariamente estables. Tener éxito allí implicaba no solo demostrar competencia en el ejercicio de las funciones asignadas, sino también habilidad para navegar las redes de poder propias de la corte.6 Evaluar el éxito de Torres y Motones en este espacio resulta una tarea compleja, teniendo en cuenta que su posterior nombramiento como arzobispo en el Nuevo Reino de Granada lo dejaba en una posición un tanto ambigua: por una parte, perdía el acceso directo al principal centro político del Imperio español; por otra, se le nombraba en un cargo en el que tendría un nivel de autonomía considerablemente superior, a la vez que se convertía en una figura clave del poder regional, aun estando en un sector periférico de los dominios hispánicos. 

La llegada de fray Cristóbal al nuevo mundo se vio motivada por el fallecimiento de Bernardino de Almansa, por ese entonces arzobispo de Santafé, el 27 de septiembre de 1633. Al quedar vacante esta posición, Felipe IV decidió nombrar al dominico en su remplazo. El proceso tuvo la alargada duración propia de la época, por lo que solo hasta enero de 1635 pudo concluirse. Una vez finalizados los procedimientos en España, Torres y Motones se dirigió al Nuevo Reino de Granada en compañía de su hermana Ana María y sus sobrinos, y llegaron a Cartagena de Indias en agosto de aquel año. De allí procedió a viajar por el río Magdalena hasta Honda, y luego prosiguió por tierra hasta Santafé, adonde llegó el 8 de septiembre.7 

De su periodo como arzobispo resulta imprescindible incluir su reforma dirigida a administrarle el sacramento de la comunión a la población indígena, pues con ello logró una importante modificación en las relaciones entre ese sector de la población colonial y las instituciones religiosas de la época. Del mismo modo, cabe resaltar su respaldo al asilo de beneficencia dedicado a niños expósitos y a mujeres abandonadas por sus cónyuges y su intervención en la organización de la vida conventual neogranadina. Finalmente, vale la pena mencionar que su devoción a la Virgen, de la que ya había dado muestras tanto en su etapa cortesana como en su estancia en Córdoba, se hizo presente en su carrera en suelo americano, no solo en el cumplimiento de sus funciones sacerdotales, sino también en el proceso de fundación del Colegio Mayor, puesto bajo la protección de esta figura religiosa.8

Posiblemente, la más relevante de todas las acciones del arzobispo en el contexto general del periodo colonial es la inclusión de la población indígena en el sacramento de la eucaristía. El debate en torno al lugar específico de los grupos indígenas dentro del Imperio español fue uno de los más intensos dentro del periodo de dominación ibérica, no solo porque enfrentó a sectores altamente poderosos e influyentes dentro de la sociedad de la época, sino porque constituía uno de los pilares fundamentales sobre los cuales el proyecto colonial proclamaba su legitimidad. Las tensiones iniciales se desarrollaron en torno al grado de humanidad de los grupos indígenas, lo cual tenía importantes implicaciones en cuanto al tratamiento que recibirían por parte de los españoles: si se les consideraba hombres viviendo por fuera del catolicismo simplemente por no conocerlo, entonces debían ser evangelizados; mientras que si se determinaba que eran hombres inferiores, desprovistos de alma o perpetradores de crímenes contra la naturaleza (como sodomía o canibalismo), entonces resultaría legítimo reducirlos a la esclavitud en guerra justa y disponer de ellos como se pensara conveniente. El punto de mayor relevancia de esta polémica fue la Disputa de Valladolid, en 1550, en la que ambas posiciones, defendidas respectivamente por Bartolomé de Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda, fueron puestas en debate directo.

Finalmente, la posición de Las Casas fue favorecida como la política oficial de la Corona; pero esto no trajo consigo la evangelización pacífica que el dominico buscaba, puesto que uno de los actores clave para este proceso fueron los encomenderos: españoles que tenían a su cargo a un grupo de indios a los que debían proteger y procurarle acceso a la doctrina católica a cambio de tributos periódicos. A pesar de que estas fueran sus funciones, en la práctica los abusos cometidos contra los indios fueron frecuentes, por lo que Las Casas intentó infructuosamente conseguir que las encomiendas fueran suprimidas y que se dejara directamente a la Iglesia en control del proceso de evangelización.9 Las Casas pensaba que una vez los encomenderos estuvieran fuera de la lucha por el poder y la riqueza regional, sería posible que la Iglesia realizara un proceso de evangelización pacífico y libre de abusos; sin embargo, no debe perderse de vista que algunas de las arbitrariedades más notables contra los indígenas fueron cometidas por los mismos representantes del clero.10

Lo anterior es importante para situar históricamente la medida tomada por el arzobispo: la población indígena era, en teoría, reconocida como apta para ser parte de la comunidad cristiana. Sin embargo, de hecho, era excluida de esta, al negársele uno de los sacramentos fundamentales de la vida católica. Al autorizar la comunión de los indios, fray Cristóbal de Torres contribuyó a la mejora de la posición social de las comunidades indígenas, lo cual, si bien no necesariamente bastó para favorecerlos materialmente de forma inmediata, sí resultó ser un recurso para el reconocimiento social de estos grupos humanos, enmarcados en todo momento en el contexto de una sociedad dominada por el catolicismo.11

Otro de los legados eminentemente duraderos de su estancia en América es la fundación del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. A su llegada al Nuevo Reino, ya existían dos instituciones educativas de importancia: la Universidad de Santo Tomás y la academia Javeriana, que para ese entonces no contaba aún con el título de universidad. En este contexto, Torres y Motones buscó crear una nueva institución educativa de orientación tomista y dirigida por religiosos que impartiera cátedras de derecho canónico, leyes y medicina. Inicialmente, se buscó tener diez colegiales en cada campo de la institución, dedicados al trato político y a la conservación de la vida, según sus especialidades. Con este proyecto en mente, y una vez obtenida la aprobación real en 1651, se adquieren los terrenos y se da inicio a las obras, que culminan en 1653. El proceso de consolidación del Colegio Mayor no resultó exento de polémicas y disputas internas, en especial con otros miembros de la orden de Santo Domingo, que reclamaban para sí una mayor participación en la dirección de la institución. La pugna finalmente se resuelve a favor del fundador, quien a través de la creación de las constituciones del Colegio Mayor, se aseguró de que la institución quedara en manos de los estudiantes, medida que sigue vigente hasta hoy.12

A pesar de dejar indicadas las normativas que regirían el Colegio Mayor, el arzobispo no llegó a verlas ratificadas, pues falleció el 8 de julio de 1654, a la avanzada edad de 80 años y luego de haberse desempeñado por casi dos décadas como arzobispo en Santafé. Se dispuso que sus restos fueran enterrados inicialmente junto al altar mayor de la Catedral, para ser luego trasladados a la capilla de la Bordadita, adjunta al Colegio del Rosario, cuando fuera posible.

El traslado de los despojos mortales del fundador tardó mucho más de lo previsto, pues fue solo en 1739, cuando el Rosario se aproximaba a cumplir un siglo y medio de actividades. Sin embargo, la llegada de sus restos a su lugar de reposo definitivo no fue el primer vestigio de su presencia dentro de los muros de la institución, puesto que le había legado su biblioteca, compuesta de 224 volúmenes escritos en español, latín y portugués, y distribuidos entre derechos civil y canónico, astronomía, filosofía, medicina, historia y teología.13 Esta valiosa colección se encuentra actualmente en la biblioteca antigua de la universidad, en cuyo archivo histórico reposan otros relevantes documentos para el pasado de la institución. La conservación de la biblioteca del fundador es uno de los más visibles homenajes que la institución le ha rendido a fray Cristóbal, junto con la estatua erigida en su honor a principios del siglo xx y que hasta el día de hoy continúa en el centro del claustro.14 Sin embargo, el reconocimiento más notorio y visible que la institución le ha ofrecido a su instaurador ha sido su funcionamiento ininterrumpido por tres siglos y medio, periodo durante el cual ha producido individuos de gran valor para el desarrollo no solo de la universidad, sino de la sociedad tanto colonial como republicana.

*Universidad de Tulane, Nueva Orleans

1 Alberto E. Ariza Sánchez, Fray Cristóbal de Torres, O. P., Arzobispo de Santafé de Bogotá, fundador del Colegio Mayor del Rosario 1573-1654 (Bogotá: Kelly, 1974).

2 Ibid.

3 Ibid.

4 J. H. Elliott, El conde-duque de Olivares: El político en una época de decadencia (Barcelona: Austral, 2014).

5 Ariza Sánchez, Fray Cristóbal de Torres.

6 Elliott, El conde-duque de Olivares; Jonathan Brown y John Huxtable Elliott, Un palacio para el rey: El Buen Retiro y la corte de Felipe IV (Madrid: Taurus, 2003). Para una aproximación más teórica a la corte y su rol en la vida europea, véase Norbert Elias, La sociedad cortesana (Distrito Federal: Fondo de Cultura Económica, 2017), http://public.eblib.com/choice/publicfullrecord.aspx?p=5045758.

7 José Restrepo Posada, Genealogía episcopal de la jerarquía eclesiástica en los países que formaron la Gran Colombia, 1513-1966 (Bogotá: Lumen Christi, 1968).

8 José Manuel Groot, Historia eclesiástica y civil de Nueva Granada: escrita sobre documentos auténticos (Bogotá: M. Rivas, 1889); Ariza Sánchez, Fray Cristóbal de Torres.

9 Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destruición de las Indias (Madrid: Cátedra, 1984).

10 Uno de los ejemplos más claros de esta situación fueron los juicios que el obispo Juan de Zumárraga emprendió contra líderes indígenas no instruidos en el catolicismo durante la conquista temprana de México. Respecto a esto, véase: Patricia L. Don, Bonfires of Culture (s. l.: University of Oklahoma Press, 2018).

11 La historiografía dedicada al tema de las poblaciones indígenas tras la conquista española es considerablemente amplia, por lo que solo puedo aspirar a mencionar aquí algunos trabajos fundamentales. Para el lector interesado en la historia social de estos grupos véanse: James Lockhart, Los nahuas después de la Conquista: Historia social y cultural de los indios del México central, del siglo xvi al xviii (México, D. F.: Fondo de Cultura Económica, 2013); Jorge Augusto Gamboa Mendoza, El cacicazgo muisca en los años posteriores a la conquista del psihipqua al cacique colonial (1537-1575) (Bogotá D. C.: Instituto Colombiano de Antropología e Historia, 2017); Steve J. Stern, Los pueblos indígenas del Perú y el desafío de la conquista española: Huamanga hasta 1640 (Madrid: Alianza, 1986). Si se busca una aproximación desde los aspectos culturales, véanse: Nathan Wachtel, Los vencidos: Los indios del Perú ante la conquista española (1530-1570) (Cusco: Ceques, 2017); Tzvetan Todorov, La conquista de América: El problema del otro (Madrid: Siglo xxi, 2010).

12 Ariza Sánchez, Fray Cristóbal de Torres.

13 Jaime Restrepo Zapata, La biblioteca de fray Cristóbal de Torres: A partir de los libros que conserva la Biblioteca Antigua del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. (Bogotá: Editorial Universidad del Rosario, 2015).

14 Fernando Mayorga García, La estatua de Fray Cristóbal de Torres: en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, (Bogotá: Editorial Universidad del Rosario, 2013).

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