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"Perdón no es olvido": La dura carta que Ingrid Betancourt le envió a la JEP

La ex candidata envió una conmovedora misiva en la que asegura que las Farc intentan justificar el secuestro ante la Jurisdicción Especial para la Paz. "Resulta entonces acomodada la versión de hacer de las víctimas las responsables del maltrato al que nos sometieron".


Este domingo, la columna de María Isabel Rueda en el diario El Tiempo puso sobre la mesa una pregunta: "¿Alguien se ha leído el excelente documento de Íngrid Betancourt ante las ‘confesiones‘ del secuestro de las Farc ante la JEP?". La periodista se refería a una carta que ha pasado desapercibida que envió la ex candidata presidencial a la Jurisdicción Especial para la Paz. En esta, ella critica duramente la posición que ha tomado este organismo con el macrocaso que estudia los secuestros que cometieron las Farc y sobre los cuales ella entregó un testimonio.

En octubre de 2018, Betancourt se presentó via Skype ante la JEP y relató allí el calvario que fue su secuestro. Su relato se prolongó por más de dos horas y le arrancó las lágrimas a casi todos los magistrados que estaban presentes. En diálogo con SEMANA, Betancourt aseguró que había decidido dar testimonio ante la JEP como "un intento casi desesperado por lograr que finalmente se le haga justicia a los secuestrados de las Farc. Nunca antes la Justicia colombiana nos había invitado para escucharnos. Se había dado la sensación de que todo estaba dicho, sin haber oído el relato de las víctimas, y por ello se formó en el inconsciente colectivo una visión parcializada de los hechos".

Íngrid Betancourt escribió para SEMANA un texto sobre por qué decidió contar su historia en la JEP: "Las Farc eran una guerrilla machista y misógina", Íngrid Betancourt

Sin embargo, esa sensación de justicia se ha ido desvaneciendo. Betancourt le envió una dura carta a la magistrada que lleva el caso, Julieta Lemaitre, en la que resume su desazón por lo que ha sido el desarrollo de ese caso. Ingrid dice que lamenta haberse enterado por el diario El Espectador, que también publicó su respuesta, sobre cuál era la versión que el bloque oriental había entregado sobre su cautiverio y no por la misma autoridad judicial. 

Esta es la carta completa: 

Tenía entendido que mi acreditación como víctima en el caso 001 de la cual fui notificada el 18 de febrero 2020, tenía por objeto crear precisamente esos canales institucionales.

Relaciono a continuación mis observaciones preliminares sobre esta publicación a la espera de recibir el documento oficial por parte de la JEP.

1.  Las Farc presentan el secuestro como una actividad regulada por ellos mismos con lo cual invierten la responsabilidad del delito. Así pues, según ellos, mis intentos de fuga los obligaron a encadenarme y a someterme a otros castigos que mencionan parcialmente. Olvidan que yo estaba en derecho de buscar recobrar mi libertad. Resulta entonces acomodada la versión de hacer de las víctimas las responsables del maltrato al que nos sometieron.

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2. No les corresponde a las Farc expedir certificados de buena conducta sobre sus víctimas. Ni a nosotras conformarnos con que lo hagan.

3. Ellos hablan de “retención”, término preliminar aceptado por la JEP, que desafortunadamente incide sobre la valoración de la conducta punible al inferir que se trata de un procedimiento administrativo de carácter transitorio. Parece lógico que el término “secuestro” sea el apropiado pues indica un acto violento y delictivo de usurpación de vida. Esto conlleva a hacer una pregunta: ¿acaso en una investigación por asesinato, por ejemplo, la justicia le cambiaría la denominación al delito refiriéndose a una investigación por suspensión de actividad física permanente mientras se condena al criminal?

4. Las FARC se apropiaron de mi vida, de mi tiempo familiar y laboral, de mi recorrido político y de mi voz, para usarme como escudo militar, moneda de cambio y plataforma mediática. Ahora siguen haciéndolo, usándome para justificar sus comportamientos delictivos ante la JEP.

5. Dicen ellos, que su intención al encadenarme era salvarme la vida. El mayor peligro que yo corría no eran los bichos ni la selva, eran ellos, su violencia, y su decisión de matarme –si era necesario, como me lo repetían–, y como les sucedió a los diputados del Valle.

6. Pretenden presentarse como una organización que escuchaba y atendía las solicitudes de los secuestrados. La verdad es que estábamos en manos de hombres y mujeres perdidos en la selva, sin Dios ni ley, que hacían con nosotros lo que les parecía. Con excepción de Joaquim Gomez (quien mejoró nuestras condiciones de cautiverio por unos meses), el secretariado llevaba una contabilidad fría y deshumanizada de nuestras vidas, cubriendo sistemáticamente los desmanes de su tropa, así como lo hacen hoy con este relato.

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7. Obligarme a hacer las necesidades frente a un guerrillero, como explican ellos, para impedir mi fuga, es una justificación inaceptable. La razón era otra y revela la gravedad del delito y su complejidad síquica: la complacencia en el odio, la sed de dominación, el machismo, y la estimulación grupal del sadismo.

8. Hacernos asear en público también daba la oportunidad para conductas insultantes, violencias, y terribles abusos que siempre hubieran podido ser evitados. Hasta el último día del secuestro, con el último baño previo a mi liberación, fui objeto de esos insultos, y de esa violencia. No era una diferencia cultural como quieren presentarlo. Era una venganza contra un ser humano convertido por ellos en el símbolo de su enemigo personal y social.

9. ¿Hacerme marchar encadenada con otro secuestrado para prevenir incidentes? No. El encadenarnos por el cuello en las marchas era muy peligroso porque al cruzar caños pasando en equilibrio sobre troncos resbaladizos, podíamos morir ahorcados si el compañero se caía. Iban armados hasta los dientes, por una selva indómita, nadie hubiera pensado en fugarse (¿hacia dónde?) durante una marcha. El encadenamiento era parte de su obsesión con el castigo para quebrarnos sicológicamente.

10. Dicen que las cadenas las retiraban. A los secuestrados militares y a mí, nos mantuvieron encadenados durante años. No era una medida esporádica. John Fran Pinchao duró meses limando sus cadenas: cuando lo rescataron todavía le colgaban al cuello.

11. Dicen que me aislaron para que me cuidaran guerrilleras mujeres y que me reunieron al grupo por solicitud mía. No me solicitaron mi opinión ni aceptaron que la diera. Hicieron conmigo lo que les pareció, sin importarles ni mi sufrimiento ni mis súplicas.

12. Hablan de espacios para hacer yoga, de artículos de belleza, de comida y medicamentos. Con los cambios de comando nos ponían a hacer una lista de implementos de aseo, a sabiendas que nunca llegaría nada. Solo en dos ocasiones se produjo el milagro, en una de esas ocasiones me llegó la Biblia enviada por Jojoy. De resto fuimos testigos que para ellos había todo, mientras nos mantenían encadenados, sin siquiera atendernos con los medicamentos que tenían en reserva.

13. Mencionan los nidos de Congas. Efectivamente me hicieron dormir encima de nidos burbujeantes de hormigas mortales. Dicen ellos que ocasionalmente sucedió porque por las noches no las podían detectar. Aun en la oscuridad se ven brillar, se sienten y se oyen las caudales de bichos crujiendo al moverse. La verdad es que las buscaban de día –por orden del comandante– para obligarme a permanecer encima de ellas. Su ensañamiento fue producto de un sadismo personal combinado con fanatismo ideológico, en un espacio humano donde la arbitrariedad de los fusiles hacía oficio de ley. (¿Sabe alguien lo que es dormir sobre una marea de bichos enloquecidos, encaramándosele a uno de noche por todos lados...?).

Si bien estas observaciones han implicado una inmersión muy dolorosa en el pasado, corresponden al deber de memoria, responsabilidad de las víctimas. Para que esto no vuelva a suceder.

Una vez acceda al documento completo formularé mis observaciones de manera sistemática.

Por ahora solo quiero añadir que perdón no es olvido. Tampoco es impunidad.

Atentamente,

Íngrid Betancourt

Vea el video en el que Ingrid Betancourt recuerda la Operación Jaque